María Luisa Jiménez: «El bar Manolo ha sido mi vida, vine sin nada y gracias a él lo tengo todo»

María Luisa Jiménez, fundadora del bar Manolo.
María Luisa Jiménez, fundadora del bar Manolo. / F. DE HERA
María Luisa Jiménez, hostelera

La asociación de vecinos de la Parte Vieja le entregará este sábado, en la ermita de Santa Elena, el premio Txapelaundi

IRATI JARAIRUN.

El viaje de luna de miel al País Vasco hizo que María Luisa Jiménez (1932), más conocida como Mari, y su marido José Antonio González, ambos asturianos, se enamorasen del lugar. Fue tal el enamoramiento, que decidieron trasladarse aquí, abrir el famoso bar Manolo de la calle Mayor y dedicar una vida entera a la hostelería y al cuidado de la gente del barrio. Este sábado, después de más de 50 años de la apertura, Alde Zaharra-San Juan Auzo Elkartea otorgará a Mari el premio Txapelaundi, por tanto tiempo de entrega y atención a los vecinos del barrio.

-¿Cómo abrieron el bar Manolo?

-Vinimos a pasar la luna de miel, nos gustó tanto Euskadi que decidimos quedarnos. Con mi suegro, cogimos este local, que entonces se llamaba El Roca, y a los dos años lo renovamos y le cambiamos el nombre por el de bar Manolo. Yo me dediqué por completo a la cocina y mi marido, a la barra. Esto fue cuando yo tenía 27 años y ahora tengo 85, así que imagínate...

-¿Por qué cree que le han dado el Txapelaundi Saria? ¿Cuál cree que ha sido su mayor contribución al barrio?

-(Responde emocionada) Pues trabajar aquí toda la vida... Sin descanso, de noche, de día y en festivos. Estar atenta a las necesidades de los clientes, cuidar mucho a la gente. Todavía vienen personas dándome las gracias por todas aquellas veces que cerrábamos el bar y les preparábamos bocadillos. A los más pequeños, los metía en la cocina y les daba cositas de comer y ahora todos ellos son mayores y me quieren muchísimo, y yo a ellos.

-¿Qué ha sentido cuando ha sabido que el premio era para usted?

-Me he emocionado mucho, no me lo esperaba. Me lo ha dicho mi hijo, que se entera de todo, y ha sido un momento muy bonito. El premio me lo dan el sábado, día 19, en la ermita de Santa Elena.

-¿Qué significa para usted la Parte Vieja?

-Todo. Aquí me lo han dado todo, momentos increíbles, muy buenos. Hay muchos clientes de toda la vida que siguen viniendo, tenemos consumidores fieles que no fallan. Personas que hemos querido y nos han querido mucho, el bar ha sido mi vida. Vine sin nada y gracias al Manolo ahora lo tengo todo. Tengo, incluso, una cuadrilla de más de veinte personas a la que les llamo 'mis niños' que son clientes de toda la vida. La gente del bar es mi otra familia, igual que Euskadi, no dejo que nadie hable mal de aquí, porque es el lugar que me ha dado la vida.

-¿Qué ha cambiado en la hostelería desde que empezó a trabajar?

-Antes era mucho 'currele', más que ahora, o por lo menos de diferente manera. Hace años, hacíamos pintxos para la Caja de Ahorros, para la Aduana, para el banco, para los colegios... Me acuerdo que se acercaban los profesores de La Salle. Mi marido y yo estábamos siempre a tope. Lo que más hacíamos era la tortilla de patata, las anchoas al ajillo, hígado encebollado, empanadillas, mejillones rellenos... Venían también los pescadores de Fuenterrabía a traer la merluza.

«Todavía vienen personas dándome las gracias por haberles cuidado tanto tiempo»

-¿Recuerda a algún personaje peculiar o famoso que fuese habitual o pasase por el bar?

-Por aquí ha pasado todo tipo de gente, me acuerdo que venían los enanitos del circo desde Bayona y se tenían que subir a las sillas para pedir en la barra. Eran muy majos. Y no sé, así famosos... López Ufarte, el jugador de fútbol, venía mucho por aquí. Nos hicimos muy amigos, incluso nos invitó a su boda en San Sebastián.

-¿Y alguna anécdota curiosa del barrio?

-Me acuerdo de que, hace ya varios años, se hacía un torneo de fútbol de los bares de Irun, y nosotros éramos los que, al final de temporada, les preparábamos la cena. Alguna vez también ganamos. Lo pasábamos muy bien. Recuerdo cómo me traían regalos los jugadores del equipo Manolo, era algo muy bonito que ya no se hace. También te puedo contar que cuando me operaron del pie, el anestesista me reconoció. La verdad es que mucha gente me para por la calle para darme besos, gente mayor que ahora ya tiene hijos y que venía cuando apenas tenían 10 años. Me han invitado, incluso, a bodas de clientes habituales.

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