El trineo de viento logra sus objetivos científicos en la Antártida

Los cuatro expedicionarios españoles en la Antártida/R. Larramendi
Los cuatro expedicionarios españoles en la Antártida / R. Larramendi

La expedición liderada por Ramón Larramendi completa su ruta por la meseta del Polo Sur y demuestra que la investigación de cero emisiones es posible

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Los cuatro veteranos expedicionarios españoles llegaron a la costa de la Antártida en el verano austral, con un trineo de once metros de largo plegado y disperso en 400 kilos de piezas. En la base Novoleskaya abordaron una avioneta para cruzar las montañas Reina Maud, que protegen la gran meseta helada que corona uno de los ejes de la Tierra. Ése era el escenario donde se pondría a prueba un trineo ideado por Ramón Larramendi que, en vez de tracción animal o mecánica, funcionaba con la fuerza del viento.

El esfuerzo de dos décadas llegaba así a la prueba final: ¿es posible hacer investigación de cero emisiones? En esta excursión, se harían mediciones para diez proyectos científicos de instituciones como la Agencia Espacial Europea, que les encargó probar los sensores del Rover que irá a Marte en 2020. Durante casi dos meses, Hilo Moreno, Manuel Olivera, Ignacio Oficialdegui y Larramendi compartieron un sistema de tiendas, diseñadas y cosidas por ellos mismos, de poco más de cuatro metros cuadrados, sobre una estructura de madera de fresno laminado con algo de fibra de vidrio, también ideada por ellos. «Llegamos aquí después de 20 años trabajando», dice Larramendi, que hace unos años recorrió 14.000 kilómetros de Groenlandia en un kayac tirado por perros. «Estamos acostumbrados al aislamiento e intentamos que la vida allí sea lo más parecida a la de casa».

Ramón Larramendi con uno de los aparatos de la Agencia Espacial Europea durante la travesía
Ramón Larramendi con uno de los aparatos de la Agencia Espacial Europea durante la travesía / R. L.

A menos de 30 grados centígrados, que bajaban una decena de grados más en las horas más frías, hicieron turnos de trabajo de nueve horas, en pareja, con seis horas de descanso común. Siempre de día, como corresponde a esa parte del planeta en esa época del año, uno de los entretenimientos fue la lectura. Cada uno suele llevar tres libros que se intercambian. Libros de papel, a pesar del peso. Entre los elegidos por Larramendi estaba 'El guardián entre el centeno'. Para comer, la comida liofilizada encargada especialmente, con menú de cocido madrileño y lentejas. Además, el jamón serrano y el chorizo no faltó.

La expedición enfrentó dos grandes retos. El primero, técnico. El trineo de viento había sido probado con anterioridad con nueve prototipos. Pero ninguno había sido tan grande ni había llevado tanta carga: 2.000 kilos de equipos científicos, además de los cuatro tripulantes y lo necesario para sobrevivir. «El trineo acabó la expedición y podíamos volver a cruzar la Antártida», dice Larramendi, triunfal. «Se comprobó que era un método de investigación limpio y barato».

El segundo desafío fue geográfico. La ruta contemplaba ascender el Domo Fuji, la segunda cima más empinada –3.800 metros de altitud– de ese paraje blanco. La dificultad estaba en que mientras más alto, menos viento. «Funcionamos 24 horas», recuerda Larramendi, al hacer un recuento de los objetivos alcanzados. «Siempre habían dos personas moviendo el trineo o haciendo ciencia».

Sin embargo, Larramendi tenía otras incertidumbres que sólo podían disiparse sobre el terreno. «El trineo se retuerce cuando está en movimiento, porque la superficie es irregular y tiene desniveles constantes de un metro, a los que la larga estructura debe adaptarse», explica. «También nos preguntábamos si los equipos funcionarían a esas temperaturas y después de los golpes de la travesía, y si tendrían suficiente energía solar. El resultado fue que acabamos con las baterías llenas y los equipos no sufrieron. Sólo perdimos un termómetro». Calibraron antenas del sistema Galileo, captaron partículas del aire, hicieron perforaciones para tomar muestras del hielo a cuatro metros de profundidad. «La conclusión es que se puede hacer una investigación limpia en regiones inexploradas y que el trineo de viento puede incorporarse al programa español de investigación».