Los sastres de la piedra

Uno de los alumnos cincela un bloque de granito en los talleres de la Escola de Canteiros de Poio (Pontevedra)./M. PATXOT
Uno de los alumnos cincela un bloque de granito en los talleres de la Escola de Canteiros de Poio (Pontevedra). / M. PATXOT

La desgracia de Notre Dame ha devuelto la visibilidad a los canteiros gallegos. Son maestros del cincel y el martillo que trabajan por todo el mundo: Capitolio, Big Ben, la Sagrada Familia... «Picamos en la Luna si hace falta», dicen sus profesionales

Antonio Corbillón
ANTONIO CORBILLÓN

Los mejores cuchillos de cocina son japoneses. Los relojes más precisos se montan en Suiza. Cuando se trata de recuperar el patrimonio labrado en piedra, desde muchos lugares del mundo miran hacia Pontevedra. Galicia lleva muchos siglos sacándole vida al granito, uno de los minerales más duros y exigentes. También agradecido.

De ahí la tradición de las sagas de canteros (canteiros), que se parecen a las militares. Se traspasan de padres a hijos. Un oficio duro y callado, pero orgulloso. Y en vías de extinción. «El buen cantero no mendiga», dicen los viejos. Incluso manejaban su propio diccionario: el 'verbo dos canteiros'. El latín de la piedra. Una jerga de tres mil palabras que les permitía hablar sin que les entendieran los profanos.

Incluidos los alienígenas, porque «los gallegos ponemos piedras hasta en la Luna si hace falta», bromea Javier Diéguez, vicepresidente de la Asociación de Canteiros de Poio (Pontevedra), localidad en la que se ubica la «mejor escuela de cantería del mundo», proclama orgulloso el presidente de este colectivo de amanuenses de la roca, Manuel Sestelo.

El incendio y destrucción de Notre Dame les ha sacado de su letargo. Profesionales gallegos formados en Poio se han ofrecido para trabajar en la restauración de la catedral parisina. «Fue idea de un compañero y estamos esperando a que nos llamen», confirman Soutelo y Diéguez.

Nadie se acordaba hasta ahora de que España tiene el mayor patrimonio pétreo de Occidente y de que alguien tiene que mantenerlo. Tampoco de que, cuando se reabra la fachada del pórtico del Obradoiro en Santiago en el Año Santo 2021, su renacido esplendor llevará la firma de una brigada de maestros que han dejado miles de horas durante ocho años sobre esta Biblia de granito. Algunos se han formado en la no muy lejana Escola de Canteiros de Poio.

Y, sin embargo, la piedra engarza bien con otro tópico gallego: la emigración. La mano discreta de estos 'escribientes' está dejando su huella por el mundo. Santiago Rey López, otro exalumno del mismo centro, vive el 'Brexit' británico en la pared de al lado. Después de limpiar las paredes de Westminster, sede de la Cámara de los Comunes, ahora trabaja en su reloj, el Big Ben. «Hay que hacer todo a mano. Estamos junto al Parlamento y tampoco se puede hacer mucho barullo», explica. Llegó a la City hace cinco años y no le preocupa el 'divorcio' político. «Las paredes son de arenisca. En cinco años habrá que volver a arreglar todo. Yo ya no me voy de Londres».Este canteiro vigués se está haciendo un experto en patrimonio londinense. Antes estuvo en la catedral de San Judas y en Greenwich Royal.

El reto está en Barcelona

Pero si hay un proyecto que pone a prueba a los mejores, es la Sagrada Familia de Barcelona. Allá se marchó hace once años Alejandro Muelle junto a un par de colegas. Misma escuela, misma generación de canteiros. En la cumbre del modernismo catalán, un profesional encuentra su desafío. «Me encargo de los ajustes de las piezas. El reto es que ninguna se mueva», explica Muelle, que se siente como «un sastre de la piedra».

La formación que reciben en la Escola de Poio, con 4.600 horas de trabajo directo sobre la piedra, no tiene parangón. «Este oficio se aprende a base de cincel y martillo. Nadie aprende sin romper algún trozo», argumenta Javier Diéguez, que ha ejercido como profesor en varios talleres.

Pero sus estudios no están homologados. «Legalmente, vale más un curso de un mes en el INEM que cinco años en Poio», denuncia Manuel Soutelo. Cuando Alejandro y sus colegas llegaron a la Ciudad Condal les pusieron como prueba una pieza que necesitaba un mes de trabajo. «Lo hicimos en una semana», recuerda.

Estos jóvenes se sienten herederos de una tradición que podría exhalar las últimas bocanadas. Apenas quedan dos o tres escuelas en España y la más importante, la suya, languidece por la ausencia de un título oficial. En las últimas dos décadas habrán salido de los talleres de Poio unos 1.600 alumnos. El centenar de matriculaciones anuales ha bajado a 10 o 12. «Es la gran contradicción -lamenta Manuel Sestelo-. Nos siguen llamando porque no hay otros. Y somos de lo mejor».

Tras finalizar sus cinco años de estudios, Alejandro Muelle dedicó otro lustro a trabajar por su cuenta. Incluso ganó varios concursos. Fiel al dicho de no mendigar, decidió «ampliar horizontes». Y el más atractivo lo dibujaban las agujas góticas de la Sagrada Familia. Habla de su trabajo sobre las superficies duras y rugosas como si escribiera sobre una pared. «La piedra, si está mal hecha, queda para toda la vida. Cuando algo sale mal, no se acuerdan de tu nombre, sino de tu centro. 'Eso es del gallego', dicen. Si lo hacemos bien, le damos fama a esa escuela. Y ahora no nos devuelve nada. Nos tiene a la intemperie», lamenta.

La cantera gallega no se conforma con surtir de mano de obra a quien los reclama. También crean empresas. Rosa y Manuel Seara, inmigrantes pontevedreses en Washington (EEUU) desde 1978, crearon Lorton Stone para trabajar en restauración. Lograron un contrato en lo más emblemático: el Capitolio, un edificio neoclásico de granito, mármol y piedra caliza que fue inaugurado en 1800.

Rosa y Manuel pidieron una lista de canteiros a los directivos de Poio y varios han probado fortuna al otro lado del Atlántico. Maestros jóvenes como Manuel Rial y Francisco Castro. Se marcharon hace dos años. «Todo el que quiere trabajar, va a trabajar», explicaba Rial antes del viaje. El mayor reto no era el cambio o el idioma sino justificar su profesionalidad. «Es casi imposible llevar cartas de recomendación cuando sueles trabajar a la sombra, de autónomo». Llegan a aceptarles recortes de prensa. Además del reto, los salarios se multiplican. De los poco más de mil euros que se cobra como miembro de una cuadrilla en España, a los seis mil que pagan los americanos.

Las piezas de estos artesanos han llegado a todo el mundo. Porque hay gallegos en todo el planeta. Cuando se pide a los canteiros de Poio que hagan memoria se les escapan algunos nombres y lugares. Fortaleza (Brasil), Ushuaia (Tierra de Fuego, Argentina), Maracaibo (Venezuela), Manila (Filipinas), Montevideo (Uruguay), varias ciudades de México... Y, por supuesto, La Habana Vieja, donde miembros de la Escola de Canteiros han trabajado y asesorado en la rehabilitación de edificios. Muchos encargos son piezas no muy grandes, desde hórreos a cruceros, que se fabrican en Galicia y se envían después a su destinatario.

La variedad de encargos alcanza no solo a las cumbres católicas como la Sagrada Familia o el Obradoiro santiagués. Javier Diéguez moldea piezas para la primera universidad budista de Europa. «Estará aquí, muy cerca de Orense (en Ventoselo)», aclara. La eternidad de la obra de un 'cantero largo' («el que con pocos golpes hace mucho») no entiende de creencias.