Una ballena en La Mancha

'Paloma', como se llama la ballena azul de 23 metros, que es la joya del museo de ciencias naturales de Los Yébenes. / Óscar Chamorro | Virginia Carrasco

En los Yébenes (Toledo) conviven cinco taxidermias, razón de que sea el único pueblo de España con un Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un cetáceo de 23 metros de largo es la estrella de centro

José Antonio Guerrero
JOSÉ ANTONIO GUERREROMadrid

Un vídeo sexual de Olvido Hormigos colocó en el mapa a Los Yébenes. Pero, con perdón de la exconcejala, de monterías y cornamentas saben un rato en su pueblo. En este rincón de Toledo dominan como pocos el arte de poner cuernos. Sin ironías. Porque Los Yébenes es territorio de caza mayor desde tiempos remotos y en sus montes corren los ciervos y abundan gamos, corzos y muflones. De ese tesoro cinegético viven 50 empresas y la mitad de sus seis mil vecinos.

Tanta testa brincando por sus bosques permite entender que funcionen a pleno rendimiento cinco empresas de taxidermia, algo insólito en España, y la razón de que Los Yébenes sea el único lugar fuera de Madrid con un Museo Nacional de Ciencias Naturales. Los visitantes que se dejan caer por allí alucinan cuando se tropiezan con una ballena de 23 metros varada en sus salas. El ejemplar, o mejor dicho su impresionante esqueleto, es la estrella del museo, y su presencia arrastra una curiosa historia en la que, precisamente, aparece implicada la saga más antigua de los taxidermistas de Los Yébenes, la familia Garoz.

Ramón Garoz, en el centro, y su hermano Juanjo, a la izquierda, junto con los otros tres trabajadores de la taxidermia Garoz, la más antigua del pueblo.
Ramón Garoz, en el centro, y su hermano Juanjo, a la izquierda, junto con los otros tres trabajadores de la taxidermia Garoz, la más antigua del pueblo. / Óscar Chamorro

Hace diez años los Garoz, que llevan desde 1947 naturalizando la vida salvaje, ganaron un concurso para restaurar tres mil animales disecados del Museo Nacional de Ciencias Naturales, en la capital. El centro, que depende del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), quedó muy satisfecho con el trabajo y desde entonces se estableció una buena conexión entre las dos partes.

Un día a los Garoz les llegó la noticia de que en una nave donde el museo almacena piezas que ya no le caben, llevaban largo tiempo arrumbados los restos mezclados de ocho rorcuales que habían aparecido en las costas catalanas en el siglo XIX.

Sin ser científicos, los Garoz supieron separar unos huesos de otros hasta completar el esqueleto entero de uno de aquellos colosos del mar. Entonces propusieron a los conservadores del CSIC rescatar del olvido semejante patrimonio y mostrarlo al público.

Y qué mejor lugar para exhibirlo que un pueblo como Los Yébenes, donde los taxidermistas sabrían cómo modelar y montar aquella gigantesca estructura, y donde a los alumnos de la comarca no se les presentan demasiadas oportunidades de desplazarse a Madrid, pese a que apenas dista hora y media en coche.

Así que se firmó un convenio entre el CSIC y el Ayuntamiento, y hoy 'Paloma', como han bautizado al cetáceo los yebenenses, deja con la boca abierta a un viajero que lo último que espera encontrarse entre este mar de olivos que baña Los Yébenes es una 'Moby-Dick' de aires quijotescos.

Fruto del acuerdo, el CSIC presta al museo local piezas que le sobran y que de otro modo sólo servirían para adornar sus sótanos. Entre osos, alces, pingüinos, reptiles, anfibios y un sinfín de invertebrados se alza majestuosa 'Paloma', a la que hubo que retorcer la cola pues sus 23 metros superaban con creces las dimensiones del pabellón de exposiciones.

La milla de oro de la caza

Los talleres de taxidermia de Los Yébenes deben su razón de ser a la caza del ciervo, tan presente en cada rincón del pueblo en forma de esculturas en calles y plazas o de estofado en los bares. Jabalíes, conejos, liebres, perdices, linces, águilas reales... completan la fauna de las 68.000 hectáreas del término municipal, uno de los más extensos de Castilla-La Mancha y entre los 30 primeros del país, lo que llama la atención teniendo en cuenta el discreto tamaño de su núcleo urbano.

En ese agreste territorio que se adentra en los Montes de Toledo se reparten 48 grandes fincas de caza mayor. Entre sus propietarios figuran empresarios, banqueros, hombres de negocio y aristócratas de renombre y con cuentas corrientes tan interminables como sus quintas. Al aire limpio de esta 'Marbella invernal' se asoman escopetas de la 'jet' nacional y rifles que no necesitan presentación. Hace unos meses pateó esta 'milla de oro' cinegética el hijo mayor de Trump. El rey Juan Carlos es otro de los asiduos. Suele acudir invitado a la finca de Juan Abelló, con tan buen gatillo para los negocios (decimotercera fortuna de España con 2.250 millones de euros) como para los venados (abatió en 2004 un ciervo de 228 puntos, récord de España).

Juanjo Garoz trabaja en una cabeza de cabra hispánica.
Juanjo Garoz trabaja en una cabeza de cabra hispánica. / Óscar Chamorro

Así que los vecinos de Los Yébenes andan más que acostumbrados a ver desfilar en procesión los todoterreno que bajan del monte cargados de piezas cobradas en las balaceras de fin de semana. Antes de proseguir en dirección a Madrid, hacen un alto en alguna de las taxidermias del pueblo, donde se queda el cráneo con su cornamenta y la piel para su transformación en el trofeo que luego colgarán en la pared de sus salones.

«No te puedes ni imaginar la cantidad de extranjeros que vienen a España a cazar, gente muy importante», comenta Ramón Garoz, hijo y nieto de taxidermistas, que a sus 41 años gestiona el negocio familiar junto a su hermano mayor, Juanjo.

La fama de los Garoz ha traspasado fronteras y reciben encargos de todos los continentes. El 80% de sus trabajos son para clientes extranjeros.

Esta misma mañana les ha llegado un cajón de madera con un argali de Altai (un carnero salvaje de Asia) dentro. O mejor dicho lo que queda del bicho: el cráneo limpio, desinfectado y envuelto en plástico; las cuernas, y la piel «seca y salada» doblada como un mantel. Y con todos los permisos sanitarios y los certificados de la aduana de Barajas. Este macho en concreto fue abatido por un empresario italiano «muy conocido» en las montañas de Mongolia, a tres mil metros de altitud.

El misterioso cliente italiano

– ¿Quién es ese cliente italiano?

– Ja, ja, ja, no te lo puedo decir. Es el dueño de una importante marca de coches...

– ¿Ferrari?– No, no. Más importante, pero no me tires de la lengua, no insistas; que aquí la discreción es la norma.

Además de los hermanos Garoz, (el padre, Juan, de 70 años, se ha retirado de la primera línea), tres empleados ayudan en las tareas de encurtido, limpieza y secado de las pieles, y a dejar bien pulidas las calaveras. Trabajan en cadena y el último paso lo da Juanjo, de 44 años, el más artista de la familia, el que modela las figuras de los animales (desde la testa de una cabra ibérica a las hechuras de un guepardo de Namibia) y devuelve la vida a lo que antes parecían despojos, como si sus manos de taxidermista mediaran entre la bala y la inmortalidad. Juanjo y Ramón rematan la faena enfundando la piel al molde que han creado, colocando los ojos de cristal y esmerándose en los detalles finales (acertar con el pelaje del hocico o la posición de las orejas) que darán la expresión definitiva al trofeo.

Los Yébenes alberga también un museo de caza con 800 piezas, entre ellas la mejor colección de aves europeas

Previamente las pieles han sido sumergidas una semana en piletas donde se curten en una solución de ácido fórmico, agua y sal. «Antiguamente, hará siglo y medio o más, se conservaban en arsénico y no veas la cantidad de taxidermistas que morían».

Bajo la pócima de las bañeras se oculta todo un zoo inerte. Adrián, uno de los trabajadores, mete sus brazos tamaño XXL bajo el agua y extrae los 90 kilos de piel de un cocodrilo, incluida cabeza y mandíbulas. Salta a otra pileta, introduce un palo y va extrayendo pieles al azar, la de una gacela del Atlas, la de una jirafa de África del Sur, la de una hiena de Zambia... Convertir esos jirones sin forma definida en las piezas perfectamente montadas que el cliente se lleva a casa tiene un precio. Un animal entero (han montado hipopótamos, leones, rinocerontes...) cuesta de mil a 2.500 euros, según el tamaño, la postura y los complementos. Solo el cráneo de un ciervo con su cornamenta sale por cien euros, y si es la cabeza y la pechera con la piel, unos cuatrocientos. En un año pueden despachar de trescientos a un millar de encargos (obviamente no es igual naturalizar un jabalí que un búfalo). Muchos les llegan de cazadores que han soltado un dineral (tienen en el taller un markhor de Astor cazado en Pakistán por un cliente que pagó «de 80.000 a 120.000 euros por la jornada de caza, incluyendo los permisos estatales»), pero también de zoos y centros de recuperación, donde los animales han muerto de viejos o de enfermedad. Antes de partir a su destino final, se desmonta cada pieza, se envuelve bien y se identifica.

Suena un móvil. Es el de Ramón. Mira de reojo la pantalla y se disculpa. «Perdona, es un cliente importante». Podría ser un financiero de altos vuelos, un noble inglés o el ministro de algún país africano. Por ejemplo, el de Petróleo de Nigeria, que estuvo de caza en Gredos y abatió una cabra hispánica que mandó a Los Yébenes para disecarla. Las taxidermias de los Garoz pueden acabar decorando un humilde club rural de cazadores o la mansión de un millonario, pero también reciben encargos de museos públicos y privados. Hace poco han suministrado animales para un pabellón de Ciencias Naturales de Catar y han concursado para la dotación de un museo en Hungría.

Para no caer en la rutina, por muy artesanal que esta sea, Juanjo y Ramón no dejan de actualizarse explorando nuevas técnicas, buscando pegamentos más naturales o unos ojos artificiales más expresivos («los alemanes en esto son los mejores»). Hace unas semanas que han regresado de Reno (EE UU), donde han compartido experiencias con Mike Boyce, uno de los mejores taxidermistas del mundo. «Nosotros estudiamos Bellas Artes, pero este oficio tan especial y raro tiene mucho de autodidacta y de aprender de los que saben, como mi padre y mi abuelo. Tienes que saber de anatomía y tener una base de escultor, pero también de herrero, carpintero, curtidor, pintor...», explica Ramón. Su hermano, que luce en su muñeca el tatuaje de un ciervo prehistórico, asiente mientras cubre con piel el molde de un venado. A ambos les gusta definirse como «escultores científicos».

De Alaska a Camerún

Dicen que el sentimiento del cazador (puede que hasta el de 'mea culpa') se reconforta cuando su presa perpetúa su descanso hasta la eternidad al 'revivir' con la taxidermia. De ser así los Garoz han aliviado muchos corazones, incluidos los suyos propios pues muchos de los ejemplares que han naturalizado han caído muertos bajo la mira de sus fusiles. Han recorrido el planeta cazando osos polares en Alaska o elefantes en Camerún. «Siempre con los permisos correspondientes», puntualizan para dejar claro que ellos no están metidos en el mismo saco que los traficantes ilegales de animales.

En sus antiguos talleres han montado un museo de caza, que, en palabras de Jorge Lobo, científico del CSIC y exvicedirector de colecciones del Museo Nacional de Ciencias Naturales, «es de lo mejor de España en su género». La instalación impresiona. Cuenta con 800 piezas, de las que 450 son pájaros, la mejor colección de aves de Europa, desde el quebrantahuesos a un reyezuelo sencillo, de seis gramos. A la entrada se puede leer: «La taxidermia es emoción y recuerdo, nunca es justificación de la muerte».