El nacionalismo catalán, dividido

El nacionalismo catalán, dividido
Antonio Papell
ANTONIO PAPELL

Gabriel Rufián, portavoz de ERC, y Laura Borrás, del PDeCAT escenificaron este martes en el Congreso la fractura abierta del soberanismo catalán, que contiene ingredientes ideológicos que vienen de antiguo –el pujolismo y el republicanismo fueron como el agua y el aceite- y oportunistas: en tanto Junqueras está preso, Puigdemont está huido, y cualquier proceso de normalización de las relaciones del soberanismo con el Estado dejaría seriamente descolocado al líder del nacionalista conservador alojado en Waterloo.

Ante ambos interlocutores, Sánchez desgranó la tesis de que el soberanismo no llega a representar ni a la mitad de la sociedad de Cataluña, con lo que la gran fractura que los catalanes deben reducir es la interna, entre los partidos independentistas y no independentistas, para lo que ha recomendado la creación de una mesa de partidos. La evidencia de que no hay masa crítica independentista ha hecho proclamar a Rufián, epígono de su predecesor Joan Tardá, que «estamos condenados entendernos». Espíritu conciliador que sugiere que ERC no interferirá en la investidura de Sánchez si este previamente logra un acuerdo con Unidas Podemos; en todo caso, Rufián ha recomendado al presidente en funciones que no dé por sentada la abstención del jueves, que es el día en que su investidura podría realmente prosperar. La portavoz del PDeCAT, por su parte, anunció un no inapelable «por 155 razones», toda vez que a su juicio «la represión» en Cataluña se ha incrementado con este gobierno socialista.

Sánchez no ha engañado a nadie en sus intervenciones: «el Gobierno de España defenderá el orden constitucional, la integridad territorial y la soberanía nacional», ha dicho explícitamente, poco antes de recordar que «ustedes quisieron quebrar el Estado; utilizaron las instituciones que son de todas los catalanes». Declaración que, unida a la defensa del autonomismo que el candidato ha realizado, permite colegir que la vía del diálogo con los soberanistas que pretende Sánchez transitará por una reforma del Estatuto que rectifique los errores que se cometieron en la redacción y revisión del anterior de 2006.