Lengua

No todo lo que se dice se hace... Es otra de las secuelas de esta modernidad de goma

FELIPE JUARISTI
FELIPE JUARISTI

Las gentes aman y sufren, se consuelan y se duelen, se alegran y se entristecen, se ablandan y se envanecen usando las palabras de la lengua. La lengua sirve también para burlarse de los demás. Los niños y niñas la enseñan mucho, cuando quieren mostrar su disconformidad, o lo hacen tan sólo por capricho o voluntad: la vanidad de la voluntad, porque la voluntad nunca es vana.

Hablar por hablar, por pasar el rato, pegar la hebra, hasta aburrirse o cansarse, que no siempre es lo mismo, es un arte que no está en desuso. Lo practican los adolescentes, cuando vienen del colegio o instituto. Es un espectáculo increíble, digno de verdaderos malabaristas. Hablan por el teléfono con alguien y a la vez, sin intermediación, con sus compañeros. Las palabras se entrecruzan, pero no se enredan; atienden y se entienden. Hace poco, en un lugar de la ciudad, de cuyo nombre no quiero acordarme, abrieron una zanja, preludio de una obra y, atraídos por la novedad, decenas de jubilados acudieron a la misma y quedaron prendidos y prendados alrededor. No voy a traer aquí todo lo que allí escuché, no hay diccionario capaz de sujetar en sus páginas la cantidad de palabras, dichos y modismos que los sujetos con su predicado verbo dejaron en aquel ambiente auditivo y auricular.

La verdad es otra cosa. Digo 'la verdad' y hablo de ella, en el sentido normal y corriente del término, no en el metafísico, que se las trae. Algo es verdad, cuando lo que se dice está refrendado por lo sucedido, cuando lo dicho y hecho van por el mismo camino, y no al revés. Se dicen muchas cosas y se hacen muchas más, es cierto. No todo lo que se hace se dice, ni se hace todo lo que se dice. Es otra de las secuelas de esta modernidad frágil y blanda, de goma, como el ambiente, como el clima, como las conversaciones, que pocas veces tienen chispa o sal.

Gabriel Aresti en un corto poema enumeraba las consecuencias que le acarrearía decir la verdad, como si fuese un manual de tortura medieval. Aunque le cortaran la lengua, decía, él no se callaría. Verdades como puños, decían, refiriéndose a lo evidente: las verdades del barquero, de Perogrullo, las del detective de salón, las del listo de la clase, las del maestro armero, las de Fernando. Por decir la verdad, hay quien se emponzoña la vida, se despierta con la lengua herida, negándose a articular palabras. Pero, también, por confesar la verdad vuelven la alegría y el contento al cuerpo, y no es poco.