Cuota generacional

Las élites dominantes constituidas por los especímenes viejos –maduros– de la especie se resisten a ceder el testigo

JOSÉ LUIS LARREA ECONOMISTA Y DOCTOR EN COMPETITIVIDAD EMPRESARIAL Y TERRITORIAL, INNOVACIÓN Y SOSTENIBILIDAD

La apelación a la juventud es algo recurrente a lo largo de la historia. Se reconoce que el futuro es suyo y que su protagonismo es determinante. Sin embargo, en términos generales, las élites dominantes constituidas por los especímenes viejos –maduros– de la especie se resisten a ceder el testigo. Dice el filósofo Rob Riemen que «hoy en día las élites no están interesadas en cambiar la sociedad porque, si lo hacen, perderán su posición dominante inmediatamente». Son los que marcan las pautas y dicen lo que hay que hacer. Incluso lideran el discurso del cambio y la innovación. Hay un cierto secuestro del protagonismo social y del liderazgo por parte de las viejas generaciones. A algo de esto se refiere Eduardo Punset cuando dice que «los que hicieron la Transición se quedaron con la democracia y se negaron a involucrar a la juventud actual».

El futuro es una construcción colectiva que realizamos en el presente, como resultado de un equilibrio entre la experiencia y la juventud, proyectando cada uno de nosotros nuestras ilusiones, aspiraciones y objetivos. Las nuevas generaciones tienen una mirada menos condicionada por prejuicios y contextos del pasado. Son capaces de activar la creatividad, imaginándose escenarios nuevos, estimulantes, que alimentan la confianza. El psicólogo Csikszentmihalyi señala que «cada generación necesita hacer su propia revolución para que sus miembros permanezcan activamente involucrados en el sistema político que rige sus vidas (lo que pensaban también Thomas Jefferson y Mao Zedong)».

Por otra parte, las viejas generaciones están condicionadas por la experiencia y son proclives a caer en lo que Donald Shull denomina «la trampa de la inercia activa». O sea, para qué vas a cambiar si te va bien. El futuro se presenta más como amenaza que como oportunidad, por lo que la desconfianza suele ser habitual compañero de viaje.

Cuanto más experiencia acumulada se tiene el espacio de convicciones reconfortantes que defender es cada vez mayor y cuesta sustraerse al mismo. Esto ocurre también en las empresas, de manera que las grandes, con historia, tienen un entramado de convicciones, muchas veces avaladas por el éxito, que no les permite aventurarse más allá de su perímetro conocido. Sin embargo, las empresas que nacen no tienen perímetro que defender, todo el espacio es un espacio de nueva conquista. De ahí que los modelos más rupturistas se produzcan de la mano de las nuevas empresas.

El diálogo entre la experiencia y la creatividad, la madurez y la juventud, está en la base de todo proceso de innovación social que aspire a ser sostenible y sostenido en el tiempo. Si ese diálogo no se produce solo nos quedará la esperanza de progresar de funeral en funeral, como diría el físico Max Plank al referirse al avance de la ciencia, «ya que únicamente cuando una generación expira tienen las nuevas teorías una oportunidad de erradicar las antiguas».

Necesitamos, pues, de una cooperación real entre los jóvenes y los que no lo son, que pasa por liberar parte del poder a favor de las nuevas generaciones. Son generaciones acostumbradas a vivir un paradigma relacional, con experiencias y valores diferentes. De entre ellas destaca la generación Y, conocida como generación del milenio. Se trata de los nacidos entre 1980 y mediados de la década de los noventa, que ahora tienen, aproximadamente, entre 23 y 38 años. Una generación clave para tomar el testigo.

Pero ceder el testigo exige de un ejercicio de generosidad que las generaciones maduras, hasta ahora, no hemos sabido hacer, constituyendo, quizás, el reto más importante con el que nos enfrentamos. Mientras no lo abordemos estaremos perdiendo la fuerza creativa y de progreso de las nuevas generaciones. Un lujo que no nos podemos permitir.

En mi opinión, los jóvenes deben formar parte, también, de las élites dominantes y ejercitar el poder ejecutivo. El físico Frank Wilczek plantea la necesidad de crear un país simbólico de gente jóven para participar en las cumbres internacionales sobre el cambio climático. Dice que «un país de 'millennials' sería «una fuente de inspiración», aunque no tomen decisiones por sí mismos, ya que con suerte influirían en las personas que toman decisiones.

Creo que hay que ir más allá y apostar por la implantación de una cuota generacional que implique, de verdad, la incorporación de las nuevas generaciones al ejercicio del poder ejecutivo en los diferentes ámbitos de la sociedad – empresa, instituciones,… –. Una cuota que no está exenta, además, de incorporar la visión de género.

Estamos en un momento de búsqueda de nuevos indicadores del progreso y el bienestar social. No estaría de más incorporar un índice de influencia gener@cional, que midiese la distribución del poder ejecutivo, la riqueza, el empleo… entre las diferentes generaciones que coexisten en el espectro social, para evaluar nuestros avances en la búsqueda de un mayor equilibrio que represente el diálogo y la cooperación intergeneracional. Dice Yuval Noah Harari, el autor de Sapiens, que «los sapiens son animales relativamente débiles, cuya ventaja reside en su capacidad de cooperar en gran número».

Está por ver que seamos capaces de articular una cooperación intergeneracional a la altura de los tiempos. Si no, nos podemos preparar, pues como diría el filósofo Ortega y Gasset «toda realidad que se ignora prepara su venganza».

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