Eskerrik asko, aita

José María Setién junto a José Ignacio Munilla./Arizmendi
José María Setién junto a José Ignacio Munilla. / Arizmendi
JOSÉ IGNACIO MUNILLAObispo de San Sebastián

Esta es la palabra que me brota en el momento del fallecimiento de Don José María Setién: eskerrik asko, aita! Ante todo, siento la necesidad de manifestar mi expresión filial de reconocimiento y agradecimiento ante quien ha sido mi padre y pastor.

En estos momentos, el hecho de que yo sea su sucesor no deja de ser algo anecdótico. Mi relación con él no ha sido tanto la de hermandad entre obispos, cuanto la de filiación de un sacerdote hacia un obispo, de cuyas manos he recibido el mayor tesoro de mi vida: el sacerdocio.

Si bien es verdad que el Evangelio nos dice aquello de: «Y no llaméis a nadie 'padre' vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del Cielo» (Mt 23, 9); igualmente cierto es que la Tradición de la Iglesia no ha hecho una aplicación literal de estas palabras, sino que las ha entendido en el sentido de que toda «paternidad» en esta vida, debe ser reconocida como un reflejo, como un 'sacramento', de la paternidad divina. Sí, Dios Padre es la fuente de toda paternidad. Y esto es lo que me lleva a expresar mi gratitud hacia la paternidad de D. José María, a través de la cual he recibido el cuidado cariñoso y fiel de Dios Padre.

Es comprensible que la mayoría de las semblanzas que podamos escuchar en estos momentos se refieran a las cualidades y a las contribuciones de D. José María Setién, que ciertamente han sido muchísimas. Pero yo quiero subrayar lo que me parece central y principal: ser sacramento de Cristo y de la paternidad de Dios.

Y para ello, me refiero a una anécdota acontecida en la parroquia de El Salvador de Zumarraga, de la que yo fui párroco. D. José María había acudido para confirmar a un grupo de jóvenes, con los que tuvo un breve encuentro antes de la ceremonia. Uno de los jóvenes leyó un escrito en nombre de todos sus compañeros, en el que manifestaba su compromiso de «seguir el proyecto de Jesús». D. José María miró a este joven con cariño, y le dijo: «Cuando alguien plantea que quiere ser 'seguidor del proyecto de Jesús', yo me atrevo a invitarle a que siga a Jesús, el cual tiene un proyecto». Ciertamente, no era fácil para aquellos jóvenes comprender el matiz que se encerraba en aquellas sabias palabras… Recuerdo que en las semanas posteriores me volví a reunir un par de veces con aquellos jóvenes, y me empleé a fondo para hacerles entender que D. José María había puesto el acento en lo central: la persona de Jesucristo. Todo lo demás era secundario; o, mejor dicho, una consecuencia.

Acaso sea éste el mensaje que nos deja Don José María en el momento de su despedida: No me miréis a mí, mirad a Jesús; y en Él, amaos los unos a los otros.

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