El mejor investigador joven de Alemania es un donostiarra

Ander Ramos, en un despacho de la Universidad de Tubinga, con dos investigadoras de San Sebastián y Zarautz./
Ander Ramos, en un despacho de la Universidad de Tubinga, con dos investigadoras de San Sebastián y Zarautz.

El científico de Tecnalia Ander Ramos recibe un importante premio que hasta ahora nunca había sido concedido a un no alemán

JAVIER GUILLENEAsan sebastián

El donostiarra Ander Ramos se convirtió el pasado día 7 en el primer no alemán en recibir el premio al mejor investigador joven con proyección en Alemania. Con el galardón, la academia para las ciencias y las letras del país germano premió el trabajo que Ramos ha realizado en los últimos años para rehabilitar a pacientes paralizados por un ictus. El científico guipuzcoano, de 34 años, lidera desde 2007 un grupo de investigación en la Universidad de Tubinga que colabora estrechamente con Tecnalia, centro del que Ander Ramos forma parte.

Es un premio sin duda importante pero para él fue aún más gratificante lo que sucedió en 2008 en el laboratorio en el que trabaja. «Una mujer con el brazo inmovilizado lo pudo mover un poco. La paciente empezó a gritar de alegría y a darse palmadas en el muslo con la mano libre. Empezó a llorar de emoción, aquello fue muy impactante y mejor que cualquier premio», recuerda Ander Ramos en una conversación telefónica desde Tubinga.

El desplazamiento fue de dos milímetros, que no parece mucho pero es una distancia enorme que abre una puerta a la esperanza para personas paralizadas por un ictus o por esclerosis lateral amiotrófica. «Hemos pasado de la parálisis total a un movimiento de un par de milímetros y esto es muy grande para gente que no ha conseguido mover su brazo en muchos años», asegura Ander, mientras describe la cara que ponían los pacientes que lograban mover algún músculo. «Se quedaban sorprendidos, no sabían qué decir».

La fuerza de la mente

En 2007 el investigador de Tecnalia comenzó a trabajar con interfaces cerebro-máquina, que son dispositivos que permiten establecer una comunicación entre el cerebro y el mundo externo o, dicho de manera más literaria, mover robots con la fuerza de la mente. Se trata de convertir un pensamiento en acción gracias a la actividad eléctrica de las neuronas, aunque pensarlo es mucho más fácil que hacerlo.

Para conseguir leves movimientos, los voluntarios que participaron en los experimentos de Ander tuvieron que someterse durante quince días a sesiones de aprendizaje de tres horas, y no todos lograron resultados positivos. «Lo que hacemos es un puenteado entre el cerebro y los músculos. Cuando una persona quiere moverse se activan unas neuronas en el cerebro y al hacerlo disparan corrientes eléctricas», explica el investigador joven con más futuro en Alemania. Gracias a unos electrodos colocados de forma no invasiva en el exterior de la cabeza los científicos pueden medir esos cambios eléctricos. Y es a partir de ahí cuando surge lo que parece un milagro porque es entonces cuando los deseos se convierten en realidad.

Una persona paralizada quiere moverse a toda costa. Cuando piensa en ello, sus neuronas reciben la orden y hacen todo lo posible para cumplirla, pero la información no pasa de la columna vertebral y jamás llega a los músculos: la voluntad queda así relegada a un mero sueño irrealizable. «Pero eso no significa que tú no quieras moverte», recalca Ander Ramos. «Cuando tú quieres hacerlo, yo soy capaz de registrar esa actividad, decodificarla con unos algoritmos matemáticos y saber cuándo te quieres mover, hacia dónde y cómo. Esa información la utilizo para controlar un exoesqueleto robótico, por ejemplo, y mover el brazo».

La interfaz cerebro-máquina hace posible crear un puente entre las neuronas y el músculo sin tener que pasar por la médula espinal. «Al final acabas controlando el brazo como si estuviera sano. Si lo repetimos mucho tiempo se produce un aprendizaje y una neuroplasticidad, porque las neuronas son muy plásticas, y se llega a una rehabilitación y un control de los músculos que estaban paralizados».

Es como si fuera una competición en la que lo importante es batir marcas personales. Ahora se trata de ir más allá de los dos milímetros y para lograrlo la siguiente fase será implantar directamente sobre la corteza cerebral microelectrodos que registrarán con mucha mayor nitidez los disparos eléctricos de las neuronas. «La idea es implantarlos, hacer la rehabilitación y quitarlos cuando se haya conseguido», afirma Ander Ramos.

Vida a corto plazo

Estos son los esfuerzos que le han convertido en el investigador joven con mayor proyección en Alemania y en cuyo equipo trabajan dos doctorandas de San Sebastián y Zarautz. El premio le sirve no solo de estímulo sino también como compensación por los años inciertos que él, como tantos científicos, se ha visto obligado a vivir para labrarse un futuro más o menos estable.

Es doctor en Neurociencias, máster en Ingeniería Biomédica y en Ingeniería Industrial, y director del Nodo de Tecnalia en Alemania. Llegó a este país en 2004, se trasladó más tarde a Baltimore, en Estados Unidos, y regresó a tierras germanas en 2007. En la Universidad de Tubinga, donde trabaja con un contrato de tres años, lidera un grupo de investigación en el Instituto de Psicología Médica y Neurobiología Comportamental.

Es un currículum al que se le añade el premio que le acaban de conceder y, sin embargo, su porvenir no está completamente despejado. «En el mundo de la investigación no podemos ponernos objetivos a largo plazo», dice consciente de que ha tenido que renunciar a muchas cosas. Pero no se arrepiente. «Es una vida sacrificada pero me gusta hacer ciencia dirigida a ayudar a la sociedad», dice.