Diario Vasco

Mujeres baserritarras aún invisibles

Amelia Jauregi y Anarro Imaz se 'colaron' para la foto en el puesto de Pilar Urreaga del mercado San Martín de Donostia.
Amelia Jauregi y Anarro Imaz se 'colaron' para la foto en el puesto de Pilar Urreaga del mercado San Martín de Donostia. / ARIZMENDI
  • La asociación Ebel lucha desde hace 25 años por los derechos del colectivo

¿Cuántas mujeres trabajan en los caseríos hoy en día? La pregunta no tiene respuesta. «No se sabe, o no se quiere saber, porque sería tan sencillo como que la administración hiciera un recuento de cuántas mujeres viven del baserri, cotizando o no cotizando. Pero la foto que saldría sería una foto fea. Hay muchas mujeres trabajadoras sin derechos», revela Maider Aramendi, coordinadora de la asociación de mujeres baserritarras Ebel (Emakume Baserritarren Elkartea), que celebra este domingo su veinticinco aniversario con una fiesta en Zizurkil Goia cuyo programa fue presentado ayer en Donostia.

La situación de la mujer en el mundo rural «ha avanzado» en estas casi tres décadas de lucha por su reconocimiento laboral y social, «pero no lo suficiente. Todavía quedan muchas cosas por hacer y estamos seguras de que dentro de 25 años podremos decir que hemos logrado más derechos». La defensa de una cotización digna sigue siendo su principal caballo de batalla. «Hay muchas mujeres que aún no cotizan», y que aunque trabajan en el caserío aparecen en la categoría de «ayuda familiar», explica Aramendi. Y no por falta de voluntad. «No es que no quieran, no vale decir esto. Hay que seguir avanzando por la igualdad, desde el propio sector pero también desde las administraciones que deben dar facilidades» para que haya un reconocimiento de su trabajo, incide Aramendi.

Los pasos dados en 2007, con la posibilidad de cotizar bajo el régimen general de trabajadores autónomos y la aprobación de la ley de titularidad compartida en 2011, que permite que una explotación agraria esté a nombre del hombre y de la mujer, no han despejado del todo el horizonte de los derechos.

En ese papel invisible del trabajo de la mujer baserritarra se mezclan muchos y complejos factores, laborales, administrativos, políticos y también culturales. Esa lucha por la igualdad de la mujer empieza en la propia casa, pero no debe limitarse a una responsabilidad individual por abrirse un camino equiparado al del hombre que atañe también al de la corresponsabilidad de tareas domésticas y a las dificultades de conciliación que se multiplican en una explotación agraria donde no existen los horarios.

El hecho de que las mujeres baserritarras decidieran agruparse en Ebel hace veinticinco años para luchar de forma colectivo para eliminar las discriminaciones y hacerse visibles ha resultado de gran importancia. Amelia Jauregi, del caserío Baztarrika de Gabiria, da la cara por el colectivo, igual que Anarro Imaz, del caserío Igartzate de Ataun, ambas presentes ayer en la rueda de prensa. En total, son algo más de trescientas asociadas.

«Aquí nadie se jubila»

Amelia asiente cuando se le pregunta por la dificultad que entraña ser mujer en el medio rural, un mundo masculinizado en el que muchas mujeres han querido romper moldes. «Primero somos mujeres y después baserritarras. Vivimos en el baserri y vivimos del baserri, y eso es lo que defendemos», dice esta pastora ya jubilada pero que sigue ejerciendo. En su baserri se dedica a la cría de ovejas para la elaboración de queso. «En el baserri nadie se jubila. Se muere con las botas puestas», sonríe. «Es una forma de vida y eso cuesta mucho de hacer entender fuera del sector. La gente piensa que trabajar en un baserri es muy bonito y bucólico, pero la realidad es otra», un sacrificio de horas, los 365 días del año, que a Amelia, por ejemplo, la ha reportado varios reconocimientos, el último la etiqueta de 'Supergold' por los World Cheese Awards que se celebran en Donostia y además fueron el premio Artzai Gazta.

Mujeres como Amelia y Anarro, que se dedica a la vena de carne de vacuno, no conciben el trabajo en el baserri como una mera extensión de las tareas domésticas. «Es un trabajo», reivindican desde una visión también empresarial, otra cosa son las cargas cotidianas que muchas arrastran por el cuidado de los hijos, o de las personas mayores y dependientes, tareas más complejas aún en el medio rural.

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