Veinticinco

Los mayores errores de nuestra existencia los cometemos por dos cosas: porque nos creemos inmortales y porque pensamos que el pelo vuelve a crecer

Festival Mar de Músicas, en Cartagena./P. Sánchez
Festival Mar de Músicas, en Cartagena. / P. Sánchez
ROSA PALO

Con motivo de la 25 edición de La Mar de Músicas, el festival cartagenero ideó un proyecto destinado a fotografiar a veinticinco chicos y veinticinco chicas que cumplían veinticinco años al mismo tiempo que el certamen. Con tanto 25, me acuerdo de la película de Alain Tanner, 'Jonás, que tendrá 25 años en el año 2000'. También es verdad que si hubieran cumplido veintidós en lugar de veinticinco me hubiera acordado del Dúo Sacapuntas, que mis referencias son aún más inescrutables que los caminos del Señor. Y más absurdas.

El festival terminó en julio, pero las fotos de los veinteañeros siguen presentes en las calles. Camino del despacho por las mañanas, noto que los chavales me miran para que yo los mire. Y los miro: pómulos relucientes como manzanas, ojos limpios, cuellos largos. Todo en su sitio. Y yo, que antes de salir de casa he estado luchando media hora contra mi propia ruina física a base de un cuidadoso andamiaje interno y de un primoroso remozado externo, envidio que ellos, ante una cámara, sólo tengan que sonreír para estar magníficos. Entonces me sacude una ráfaga de añoranza de la vida primera, cuando todo era confuso y contradictorio pero hermoso y prometedor, y llego al despacho con la cabeza alborotada y el pelo revuelto: nunca deja de hacer viento en esta ciudad.

Al respecto del tema capilar, contaba ayer Rosa Belmonte en esta misma página la importancia que Hillary Clinton le daba al pelo. Según Hillary, el pelo importa. Y mucho, sobre todo si cumples 50 años en el año 2019. A los veinticinco, en cambio, te lo tiñes, te lo rapas, te lo destrozas y te ves fenomenal, sin reparar en que los mayores errores de nuestra existencia los cometemos por dos cosas: porque nos creemos inmortales y porque pensamos que el pelo vuelve a crecer. Por eso, en cuanto recuerdo las pintas que llevaba yo a esa edad, se me pasa la añoranza. De un plumazo.