El desprestigio

Diego Carcedo
DIEGO CARCEDO

Las elecciones andaluzas han dado el pistoletazo de salida de un año con mucho compromiso electoral y lo han hecho con un aviso urgente a los políticos: el desencanto que han creado amenaza a la democracia. En mayo vendrán las europeas -que van cobrando cada vez la importancia que merecen-, las autonómicas, las municipales, y en Euskadi, Canarias y Baleares para las juntas forales, cabildos y consejos insulares. Sin descartar, todo lo contrario, que antes o después, se adelanten las legislativas (generales) previstas para 2019.

Obvio es añadir que la experiencia de Andalucía y este calendario calentará aún más la actividad política, empezando por los movimientos en el interior de los propios partidos en la lucha por la colocación en las listas y los ajustes de cuentas. Es lo habitual y lógico; la política se mueve por ideales, pero en democracia funciona como competición. No deben sorprender ni preocupar los enfrentamientos dialécticos entre aspirantes tanto de diferentes formaciones como entre los que comparten partido a codazo limpio.

Lo preocupante en estas vísperas es la desafección que la actividad política sufre en nuestro país como lo ha revelado la baja participación electoral entre los andaluces. No sólo despierta cada vez menos interés fuera de los propios círculos políticos: entre el grueso de la sociedad se nota un preocupante aumento del rechazo, que los primeros interesados ni se aprestan a corregir ni parece inquietarles, aunque sólo sea laboralmente. Ni siquiera los que tienen la política como profesión y seguro de vida se esfuerzan por prestigiarla.

Muchos políticos cumplen y trabajan con seriedad y honradez. Pero la imagen que a menudo desprende el colectivo es que están más volcados en los asuntos propios, en definitiva ganarse el voto, que en afrontar y resolver los problemas de la gente. Olvidan que quien tiene que mantener a una familia con mil euros al mes no entenderá fácilmente las refriegas pueriles que ocupan a quienes tendrían que dedicarse a resolverles los problemas. Resulta inconcebible que muchos no comprendan que para dilucidar sus cuitas a gritos, montar espectáculos bufos o corromperse no se les ha elegido ni les pagamos. Uno se pregunta a menudo ¿es necesario semejante espectáculo?

Puede que algunas refriegas penosas proporcionen titulares más fáciles en los medios de comunicación, pero es a costa del desprestigio de la propia política y de quienes la ejercen. En España la calidad de la democracia se está deteriorando, como lo demuestra la irrupción de la extrema derecha, con escenificaciones deplorables de algunos políticos que no han aprendido que el valor más importante en cualquier actividad, y más en la vida pública, es el de la seriedad y honradez que refleja la solvencia.

 

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