Un recorrido por el Ártico ruso

Los nénets son una de las últimas tribus esquimales que todavía pastorean sus rebaños de renos, tras los que se mueven por los contornos del Ártico./ALFONSO ANTOLÍNEZ
Los nénets son una de las últimas tribus esquimales que todavía pastorean sus rebaños de renos, tras los que se mueven por los contornos del Ártico. / ALFONSO ANTOLÍNEZ

Ha recorrido todas las rutas esquimales árticas paso a paso. El antropólogo Alfonso Antolínez les ha dedicado 25 años, en especial a los nénets rusos. Gente «sin leyes ni jefes, los últimos que todavía viajan y cazan nómadas tras sus renos»

Antonio Corbillón
ANTONIO CORBILLÓN

Sostiene Alfonso Antolínez (Melilla, 1948) que «las condiciones extremas forjan caracteres extremos». Se refiere a las tribus esquimales de todo el perímetro Ártico que tan bien conoce. Pero, a la vez, está hablando de sí mismo. Porque nada más extremo que la peripecia que vivió en mayo durante su última visita a las tribus nénets en el Ártico ruso.

Imaginen sufrir un desprendimiento de retina en un poblado en mitad del hielo y con temperaturas de 43ºC bajo cero. Cuando logró que le entendieran sus anfitriones, comenzó un agónico viaje en trineo tirado por renos durante una semana para llegar a la estación de tren más cercana. «Allí iba yo con el ojo en la mano», bromea en la distancia Antolínez.

El trineo sufría continuos vuelcos que hacían aún más peligrosa la travesía. Hasta que el aventurero español reparó en que el joven conductor era un chico que viajaba de rodillas porque tenía una pierna amputada. «En esos momentos pense: 'no te puedes quejar de nada'». La odisea terminó con la pérdida de un 20% de visión. Un precio quizás menor para espíritus arrojados como el de este hombre que ha cumplido los 70 años y planea su regreso a las regiones remotas, donde la vida se pone a prueba a todas horas.

Personal

El rey del hielo.
Nacido en Melilla (1948) pero criado en Segovia, Alfonso Antolínez es filólogo y antropólogo. Dos facetas que le han llevado a recorrer el mundo para hablar con todas las tribus posibles (domina seis idiomas) y estudiarlas. Ha recorrido todas las rutas de la cornisa ártica, desde Alaska hasta Kamchatka (Rusia).
8 meses
completos estuvo conviviendo Antolínez con los thule en Groenlandia para escribir su tesis sobre los cambios en los utensilios de sus comunidades.
Vida de cine.
Sus peripecias al límite (en la última casi pierde la vista) le han llevado a participar en todo tipo de proyectos, documentales y artículos. Participó en películas como 'Doctor Zhivago' o 'Patton'.

La suya también lo había estado en otras latitudes y otras edades. Recuerda cuando volcó con un camión en El Salvador. Cuando se rompió una pierna en Nigeria y tuvo que atarla con un cinturón porque no había otra cosa. O cuando se enroló a hacer el París-Dakar en paralelo a la ruta oficial, con tan pocos medios que solo se podía orientar «sacando el dedo por la ventanilla para ver hacia dónde soplaba el viento». Una filosofía de vida que resume en una ley: «La edad está en la sien, pero también en el culo». En las ganas de moverlo, se entiende.

Este veterano de mil frentes, que cursó tres carreras y domina seis idiomas, encontró la horma de su zapato, o la forja de su carácter al límite, entre los pueblos aislados del hielo. Los ha recorrido todos. Desde Alaska y Canadá hasta Groenlandia, Finlandia y toda Rusia hasta el extremo de la península de Kamchatka. Les ha dedicado un cuarto de siglo de su vida y una tesis doctoral.

Su primera gran inmersión fueron meses de convivencia con las familias thule (Groenlandia). A ellas dedicó su tesis en Antropología, en la que hacía una comparación entre sus utensilios antiguos y los modernos. Recuerda a unas comunidades que no conocieron lo que es un hornillo o una escopeta hasta los albores del siglo XX. Su arma más moderna era un arpón. «Para cazar un oso emponzoñaban un trozo de carne. Después seguían su rastro durante días o semanas, el tiempo que durase la agonía del plantígrado».

Aquella experiencia fue hace 30 años. Pasó meses en un pequeño poblado de apenas 200 individuos. Entonces las condiciones todavía eran muy duras. «Pero ya se percibía el soplido del hombre blanco», confiesa. En su investigación destacó la creciente dependencia de todo lo que funcionara con petróleo. Su ancestral autonomía comenzaba a declinar.

El más ruso de todos

Las cosas han cambiado. Las poblaciones nativas de Groenlandia, Canadá o Alaska han recibido una cierta autonomía, pero a cambio de sobrevivir en una total dependencia de los medios estatales. Están todos sentados sobre un gran barril de petróleo. La grasa animal y el fuego tribal han dado paso a todo el diésel que quieran.

En estos remotos territorios, los expertos buscan las huellas de lo que fuimos. Y ponen el termómetro y el cronómetro a los plazos que faltan para que su deshielo sea también el nuestro por el cambio climático. Cuando Antolínez comenzó a frecuentarlos, nadie pensaba que algún día se abriría el paso del Noroeste, el gran pasillo entre continentes que tratan de dominar rusos y norteamericanos. «El deshielo desbaratará la vida de muchas tribus. Hablar de ecología es una migaja para ellos», insiste.

Las rutas de trineo son la única 'autopista' para acceder a las zonas más aisladas. Sin los renos no se entendería la cultura de estas tribus. Antolínez, en un espectacular paraje del Ártico. / ALFONSO ANTOLÍNEZ

Tras tantas expediciones, el antropólogo apostó por profundizar sus contactos con las tribus de nénets rusos. Es lo más cercano a esa vida extrema y autónoma que siempre atrajo su interés. Bastante abandonados por el Gobierno ruso, incapaz de dar servicios a gente que vive a una semana de viaje en trineo, estas tribus «siguen cazando y pastoreando de forma nómada. Siguen viviendo del reno y, si no cazan, no comen». Nada que ver con sus vecinos finlandeses, los suomi, que ya vigilan a sus animales desde un helicóptero.

En Salejard, capital del distrito autónomo ruso de Yamalo-Nénets y única ciudad del planeta situada sobre el Círculo Polar Ártico, todo el mundo admira a este español. No conocen a ningún otro ser humano que haya recorrido, de punta a punta, todos los territorios de los hijos del permafrost. Y, encima, no es ruso. «Cuando se enteraron, me tuvieron 15 días de mi cabaña a una cadena local de televisión y de la tele a mi cabaña para contar mis aventuras».

Después de tanto telón blanco, el corazón de Alfonso se hizo adicto al frío. Dicen que los esquimales desarrollaron mutaciones en sus cromosomas para adaptarse. Para eso hacen falta muchas generaciones. Él ha tenido que hacerlo en una sola vida. «Todo el día a 30º C bajo cero o más. ¡Estás todo el día helado sin remisión!».

De igual forma que «cuando convives con ellos dependes de su sentido de la supervivencia», para los nénets y otras tribus como los chukchi, el contacto progresivo con los occidentales ha ido acortando su autonomía. «Ahora pueden ser tan tecnodependientes como nosotros -lamenta-. Y, cuando no saben qué hacer con algo, lo tiran al mar».

- ¿Al mar? ¿También los objetos metálicos, plásticos....?

- El debate sobre el cambio climático no existe por allí, aunque son los primeros en sufrirlo. Cuando un blanco llega y les marca unas reglas, en cuanto se ven libres rompen esas normas. ¡Nuestros discursos y leyes les traen sin cuidado!

Así que él trató de no imponerles ninguna. Han sido años de aprendizaje y convivencia profundizados con «mis diez palabras de ruso y sus diez palabras de ruso». Lo demás, gestos y señas. Para los nénet, Alfonso Antolínez se convirtió en 'Ok McKey'. Era su respuesta a todas las indicaciones que recibía de sus anfitriones.

Nadie toca lo que no es suyo

A estos esquimales no les interesa nuestra codicia. La criminalidad es residual o inexistente. «No hay robos, ni asesinatos. Además, todos los individuos son necesarios, por lo que no se pueden permitir el lujo de los conflictos absurdos que nos traemos por aquí». Antolínez todavía recuerda de sus primeras aventuras en Groenlandia una ocasión en la que olvidó un objeto personal en mitad de la calle en uno de sus poblados. «Volví al año siguiente y allí seguía, ¡en mitad de la calle sin que lo tocara nadie!», aún se sorprende.

Durante décadas, la ignorancia occidental contaba el chascarrillo de que los varones esquimales eran tan generosos que compartían a su mujer con sus vecinos o con los visitantes. Como en otras tribus del mundo, la explicación va mucho más allá de apetitos o libertad sexual. «La mujer tenía que cuidar a la prole y subsistir mientras ellos salían a cazar y podían tardar semanas o meses... o no volver nunca. Es lógico que ellas se garanticen un sustituto».

La misma lógica tenía que, al menos en generaciones anteriores, estos cazadores vivieran su particular aplicación de una especie de suicidio o eutanasia: cuando se sentían como una carga para el resto del grupo (por enfermedad o ancianidad) «se abandonaban a su suerte en el hielo».

Cuando las condiciones climáticas son tan extremas, la experiencia en comunidad enseña a no complicarlas con rituales de 'mal rollo' interno. En tantas estancias que acumulan años completos de vivencias, este antropólogo melillense de ascendencia segoviana apenas recuerda algún tipo de conflicto o discusión. Ante situaciones tirantes, estos colectivos de ojos rasgados las esquivan con algo que podría parecerse al humor. «Todo lo que no entienden les lleva a partirse de la risa. Además allí no hay ni leyes ni jefes. ¡Es el único lugar anarquista de verdad que he conocido en mi vida!», concluye Antolínez.

Así, los nénets, abandonados a su suerte por Rusia, sobreviven en las más extremas condiciones. Como lo hizo este esquimal español que añora la vida en un tipi «con el techo abierto, viendo la caída de la nevada y tumbado en un lecho sobre el permafrost forjado en miles de años».

En la lengua de los nénets, Yamal es el fin del mundo, un lugar imposible para el resto. El Finisterre de los romanos. Una ensoñación azotada por los vientos, helada por el inmisericorde frío y donde han sobrevivido desde hace mil años. Alfonso Antolínez ha tratado durante el último cuarto de siglo acercarse a este Yamal. Para que alguien de fuera dé fe de una cultura que puede estar a punto de disolverse como un azucarillo en un té caliente.

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