«El gobierno nicaragüense tiene secuestrada a mi hija y pido al mundo que nos ayude»

Marily, a la derecha, junto con otros compañeros tras ser detenidos por policías nicaragüenses y paramilitares el 26 de junio./PN
Marily, a la derecha, junto con otros compañeros tras ser detenidos por policías nicaragüenses y paramilitares el 26 de junio. / PN

Su hija, Marily Roque, de 23 años, está encarcelada desde hace más de un mes en Managua dentro del clima de represión del que se responsabiliza al presidente Daniel Ortega | Marlene Ordóñez, vecina de Pamplona, denuncia la grave situación de su país natal

MARÍA BASASAN SEBASTIÁN.

«Los nicaragüenses tienen miedo a hablar y a actuar. Suplico a los países que no nos dejen solos y nos ayuden a expulsar al presidente Daniel Ortega del Gobierno». El mensaje es de Marlene Ordóñez, vecina de Pamplona y originaria de Nicaragua, que vive desde el 26 de junio una auténtica pesadilla ya que ese día la policía del país centroamericano «secuestró» a su hija de 23 años en Matagalpa.

La joven Marily dejó en febrero Pamplona, donde residía junto a su madre, para continuar su vida con su niña de tres años en su país natal. A los dos meses de su llegada, el 18 de abril estallaron las protestas contra el Gobierno de Ortega por su decisión de reformar la seguridad social y desde entonces se han ido sucediendo manifestaciones y concentraciones como consecuencia del conflicto social y político que está viviendo el país. Son ya 446 muertos, 2.830 heridos y 718 desaparecidos lo que ha costado la represión gubernamental.

La joven, titulada en Agronomía, comenzó entonces a participar en las protestas de estudiantes universitarios. El 26 de junio Marily se dirigía en furgoneta desde Matagalpa a Managua junto a otros cuatro amigos para asistir a una reunión de protesta contra el actual sistema, pero no llegaron a su destino. Mientras los cinco jóvenes circulaban por la carretera de Ciudad de Darío, a una hora y media de Matagalpa, personas armadas y encapuchadas les asaltaron. «Había policías, y los paramilitares estaban encapuchados y vestidos de civil», cuenta Marlene.

«Mi hija me ha dicho por carta desde la cárcel que celebra que haya muestras de apoyo en España»

«Callarse convierte a la gente en cómplices de los asesinatos que se están cometiendo»

Los policías pararon a los jóvenes y sin pedirles documentación les arrestaron, les esposaron, les tiraron al suelo y tras coger el teléfono de Marily, sacaron varias fotos y se las enviaron por Whatsapp a Gloria, tía de la joven y hermana de Marlene. «Fue en ese momento cuando supimos que mi hija estaba desaparecida, no sabíamos dónde estaba, solo que se la habían llevado». A partir de ese momento, la familia de Marily comenzó una búsqueda en los hospitales del país para saber si los jóvenes estaban vivos o muertos. «La mayoría de las veces los jóvenes que desaparecen de esta manera en Nicaragua, o mueren o sufren muchas torturas», se lamenta.

Al no encontrarles continuaron la búsqueda en otras prisiones. «Empezamos por la de Chipote, una cárcel medieval de los tiempos del dictador Somoza que llevaba cerrada años y se ha rehabilitado a raíz de estas protestas por la cantidad de presos que hay. La policía nos dijo que los jóvenes estaban allí y mi hermana Gloria, que era la que más cerca estaba del lugar, permaneció una semana a la intemperie esperando noticias mientras aparecían cadáveres en las cunetas».

«Tortura psicológica»

Fue entonces cuando una comitiva de derechos humanos se acercó a la cárcel con el fin de ver a los «secuestrados», pero la policía nicaragüense tampoco les permitió la entrada. La familia de Marily esperaba ansiosa el encuentro. Por fin una semana después citaron a los familiares de los cinco jóvenes para que les llevaran alimentos y ropa a los presos. Llegado el momento, la policía les dijo que los jóvenes ya no se encontraban allí. Marlene no puede contener el llanto al explicar que «en la situación que vive ahora Nicaragua no te puedes creer nada, nos torturan psicológicamente. Callarse convierte a la gente en cómplices de los asesinatos que se están cometiendo».

La hermana de Marlene siguió buscando a su sobrina en otra cárcel, La Modelo, y tras dos semanas de desinformación absoluta, por fin pudo verla. «Marily está secuestrada en esta cárcel, en la que comparte celda con otras 62 presidiarias. Están todas mezcladas, las condenadas y las que están a espera de juicio, es impresionante. Las condiciones son aterradoras. Las niñas tienen la mayoría 14 y 15 años. Están rodeadas de cucarachas y pulgas. Mi hermana Gloria es quien contacta cada 21 días con mi hija, pero nunca se sabe nada, a veces puede pasarle comida y ropa a la celda, otras sprays anticucarachas y otras nada».

El primer juicio se celebró el 24 de julio. Marily y sus amigos fueron acusados de terroristas, de haber asaltado una comisaría y de robar siete vehículos. «Es imposible que entre cinco jóvenes robaran cinco motos y dos coches, más que nada porque las dos chicas, tanto Marily como su amiga, que estaba embarazada, no saben conducir, por lo que faltan manos para tantos coches». Según Marlene, «en aquella primera instancia la policía se contradecía, primero afirmaban que habían sido ellos y luego decían que no se les reconocía bien. Los argumentos no tienen ningún sentido».

Niega las acusaciones

Marlene, que recibe la ayuda y el asesoramiento de su amigo donostiarra Josean Sánchez, vive desde Pamplona la desesperación de la lejanía. La tristeza de no poder estar junto a su hija. Llora al leer una carta que le escribió su hija desde la cárcel en la que le pide perdón por el dolor que le puede estar causando por dejar la capital navarra. «Madre, lo mío era luchar por una buena causa pero nunca pensé que hubiera gente tan mala. Mi tía Gloria me dijo que ha habido manifestaciones en España. Eso está bien, no hay que dejar la lucha. Últimamente me vienen a la mente las calles de Pamplona, no sé por qué. Madre, nada de lo que dicen de mí es cierto, yo no hice nada de eso, no les crea porque soy inocente».

Ante estas palabras, Marlene asegura que su hija es inocente. «Sé cómo he educado a mi hija y nunca haría nada de lo que se le acusa. Tengo la esperanza de que salga libre en el próximo juicio que se celebrará el 18 de septiembre. De momento suplico al mundo entero que nos ayude porque la situación que estamos viviendo en Nicaragua es inhumana», concluye.

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