Dejar huella de puntillas

Koteto Ezkurra, feliz tras su despedida. /J.M. LÓPEZ
Koteto Ezkurra, feliz tras su despedida. / J.M. LÓPEZ
Joseba Lezeta
JOSEBA LEZETA

Ocurrió hace unos meses en Galarreta. Ezkurra jugaba un partido de parejas en compañía de Etxeberria III, su zaguero en la despedida de ayer. Su hijo Koteto, como otras tantas veces, seguía con atención el juego en los palcos de Galarreta mientras comía el bocadillo preparado por su madre y que había traído desde casa. No le gustaba lo que veía sobre la cancha. Su aita perdía por un resultado abultado. Koteto junior dirigió su mirada hacia Kike Elizalde, intendente de la empresa Oriamendi. «Esos dos no tienen la culpa», le soltó convencido antes de rematar su queja. «La culpa es tuya por poner juntos a esos dos viejos». Tiene 10 años... Deduzco que tampoco le gustaría la combinación del adiós como remontista de su padre, que le habría gustado verle con un remontista más joven y poderoso que Etxeberria III, pero esta vez deberá discutirlo en casa porque fue su aita quien lo decidió.

Koteto júnior, su hermana mayor Maialen y el pequeño Lukas son asiduos de Galarreta. Han mamado desde niños la pelota. Un sello de la familia Ezkurra, lo mismo que ese andar de puntillas que les caracteriza. Ese característico caminar forma parte del legado de un remontista único, de uno de los mejores pelotaris de la historia en cualquiera de sus modalidades, el más grande de todos según algunos. Un prodigio físico y técnico, capaz de dibujar jugadas con precisión de cirujano a velocidad de Fórmula 1. Clarividente lo mismo en sus decisiones que en sus palabras. Determinado en sus acciones. Competitivo al mil por mil.

Nunca se ha dado por vencido. Ni en aquella semifinal del campeonato individual de 2011 en la que remontó un 26-29 al entonces emergente Urriza gracias a su indomable carácter para imponerse 30-29. Ni en la enfermedad de Isabel, su primera esposa, el peor trance de una vida marcada por un carácter positivo llevado al límite. Tampoco cuando Eva, su compañera actual, sufrió un grave accidente a bordo de un tractor que estuvo a punto de costarle la pierna y quién sabe si algo más. Otro nuevo examen para Koteto, cuya sonrisa salió indemne, incluso reforzada después de nuevas lágrimas. Asaltado por los recuerdos y por una sincera demostración de amistad y admiración a partes iguales, volvió a llorar ayer en el centro de una cancha donde ha disfrutado como un niño y ha hecho gozar a todos, incluso a quienes le han dedicado alguna que otra pitada tras una de sus escasas malas tardes.

Durante su larga carrera de veintiocho años, Koteto Ezkurra ha vivido desde dentro la profunda crisis de una disciplina necesitada de ayuda institucional. Bastaría que algunos responsables políticos pusieran el 1% de la pasión demostrada por el de Doneztebe durante un cuarto de siglo. No para mantener el negocio, sino para que el remonte perviva en un siglo XXI cuya sociedad y costumbres han cambiado tan paulatina como profundamente respecto a aquellas que Galarreta conoció en su época dorada. La supervivencia del remonte sería el mejor homenaje para un Ezkurra al que le ha bastado caminar de puntillas en los frontones para dejar una huella profunda e imborrable en el deporte de nuestro país.

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