Los mayores tramposos del deporte

La Historia también guarda un hueco en su rincón más oscuro para los deportistas más infames

Ion M. Taus
ION M. TAUS

El sueño de todo deportista es alcanzar la gloria, entrar en el Olimpo de los atletas: un trayecto duro, que requiere mucho sacrificio, esfuerzo, talento, sudor y lágrimas. Sin embargo, muchos deciden tomar el camino rápido, el de las trampas, para intentar subirse a lo más alto del podio. El problema para ellos es que, si los pillan, su descenso a los infiernos de la infamia deportiva es aún más vertiginoso.

Casos sonados de dopaje como los de Lance Armstrong, Ben Johnson, Diego Armando Maradona, Marion Jones o 'Juanito' Mühlegg, entre otros muchos, son de sobra conocidos, pero hay otros hechos, de atletas no tan famosos, que también tienen su plaza VIP reservada en el Hades del deporte, debido a la magnitud de sus trampas, mucho más ocurrentes e inverosímiles que la simple ayuda farmacológica.

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Récord de Maratón en metro

La cubana Rosie Ruiz se convirtió en una celebridad en 1980 tras arrasar en la Maratón de Boston. No solo había finalizado la prueba a apenas cuatro minutos del récord del mundo, sino que había rebajado en más de 25 la marca que había obtenido seis meses antes en la maratón de Nueva York. Esta enorme gesta dio que pensar a muchos y pronto empezaron a surgir sospechas. El primero en mosquearse fue Bill Rodgers, ganador de la prueba masculina, al verla llegar a la rueda de prensa sin sudar y respirando con normalidad, mientras él todavía sudaba y jadeaba. Además, ningún otro participante recordaba haber corrido junto a la atleta, que llevaba el dorsal W50. La organización ordenó revisar los vídeos y las fotos tomados en diversos puntos del circuito y no tardaron en aparecer pruebas que apuntaban que Ruiz no había pasado por muchos puntos del circuito. La mayor evidencia en su contra la aportaron dos estudiantes del Wellesley College, una universidad femenina que tradicionalmente anima a la primera corredora en pasar por delante de sus instalaciones. Este honor se lo llevó la atleta canadiense Jacqueline Gareau, pero nadie vio pasar a la corredora con el dorsal W50. Finalmente dos espectadores aseguraron haber visto a Ruiz saliendo de entre una multitud a menos de un kilómetro de la meta. Días después se supo que durante el maratón de Nueva York, donde consiguió la marca que le permitió participar en el de Boston, había usado el metro. El escándalo fue de tal magnitud que en el argot de las pruebas de fondo ya ha quedado la frase 'hacerse un Rosie Ruiz' como sinónimo de hacer trampas y acortar el recorrido de una carrera.

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Puños de yeso

1983, Madison Square Garden de Nueva York. Billy Collins Jr., gran promesa del boxeo estadounidense, llevaba una impecable carrera con 14 victorias en 14 combates, 11 de ellas por KO. Esa noche era su gran salto a la fama, con un combate retransmitido en directo por televisión. El rival elegido era el portorriqueño criado en el Bronx Luis Resto. A las 8 de la tarde ambos se subían al ring. Ninguno de los dos lo volvería a hacer. Desde el principio, y para sorpresa de todos, Luis Resto se fue haciendo con el control. Sus golpes iban dejando cada vez más aturdido a Collins Jr., mientras su rostro se iba convirtiendo en una cosa deforme puñetazo tras puñetazo. Collins Jr. resistió hasta el final pero el combate a los puntos fue claramente para Resto. Tras el combate, en los saludos de rigor, el padre y entrenador de Collins notó algo extraño en los guantes del puertorriqueño. Se quedó sujetándole de las manos, mientras que Resto trataba de huir. Los Collins reclamaron, y tras analizarse los guantes se descubrió que se había sustituido la espuma del interior por una especie de masa de yeso. Resto y su entrenador fueron a juicio y acabaron en la cárcel, mientras que Billy Collins Jr. a punto estuvo de perder un ojo y no pudo volver a boxear. Cayó en depresión, se volvió alcoholico y nueve meses después falleció en un accidente de tráfico. Muchos creen que se suicidó.

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La espada 'mágica'

Tras ganar tres medallas entre México 68 y Múnich 72 en pentatlón moderno (equitación, natación, tiro de precisión, esgrima y carrera campo a través), Boris Onischenko quería un nuevo triunfo en Montreal. En campo a través, tiro y salto ecuestre no destacaba, aunque en natación mejoraba mucho. Sin embargo, en esgrima el ucraniano era intratable. Su manifiesta superioridad con el florete puso sobre aviso a sus rivales. Aunque sus oponentes no notaban el contacto de la espada, sus ataques siempre finalizaban en '¡touché!'. En el enfrentamiento entre la URSS y Reino Unido, los británicos observaron que el tablero se encendía aunque Onischenko no llegara a tocar con la espada a su rival. Las protestas provocaron que los jueces examinaran el marcador luminoso y la espada 'mágica' del soviético. La sorpresa fue mayúscula cuando descubrieron un dispositivo electrónico con un interruptor, que Onischenko pulsaba cada vez que quería registrar un '¡touché!'. Onischenko fue descalificado y obligado a abandonar la competición. Según los medios de la época meses más tarde fue despedido del Ejército Rojo y tuvo que ganarse el pan como taxista por las calles de Kiev.

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El portero y su cuchilla

En 1989, durante un encuentro clasificatorio para el Mundial de Italia entre Chile y Brasil disputado en Maracaná, se dio uno de los hechos más vergonzosos de la historia del fútbol. La 'canarinha' ganaba por un gol mientras que los chilenos necesitaban la victoria para poder disputar la Copa del Mundo. En el minuto 69, el encuentro se detuvo porque, al parecer, una bengala había alcanzado en la cabeza al portero chileno Roberto Rojas, que sangraba profusamente. Los jugadores chilenos abandonaron el campo y se negaron a seguir jugando por falta de seguridad. De hecho reclamaron que se repitiese el encuentro en campo neutral. Sin embargo, investigaciones posteriores y la confesión del portero demostraron que la bengala no alcanzó a Rojas, sino que esta cayó a varios metros del portero y este se autolesionó con un bisturí que llevaba escondido para forzar la suspensión del partido, todo ello en connivencia con su seleccionador. Finalmente, Rojas fue suspendido de por vida por la FIFA y la selección de Chile excluida de jugar la fase de clasificación para el Mundial de 1994.

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La rivalidad en su máxima expresión

La patinadora Tonya Harding, que se había convertido en la primera estadounidense de la historia en ejecutar un 'triple axel', estuvo implicada en el brutal ataque que sufrió su máxima rival, Nancy Kerrigan, para que quedara fuera de la final de los Campeonatos Nacionales de Detroit y las olimpiadas de Lillehammer. El 6 de enero de 1994, un «misterioso agresor» golpeaba a Nancy con una barra de hierro en la rodilla con la intención de partírsela. Las imágenes de Kerrigan llorando desconsoladamente tras brutal agresión y gritando «¿por qué, por qué?», en el suelo, dieron la vuelta al mundo. Nancy Kerrigan se vio obligada a abandonar la competición y Harding, sobre la que comenzaban a cernirse las primeras sospechas, ganaba fácilmente la final dos días después. Negó rotundamente que tuviera algo que ver, pero, tres semanas después del ataque, se producían varias detenciones en el entorno de la ganadora. El ex marido, Jeff Gillooly, comparecía el 1 de febrero ante los Tribunales del Estado de Oregón y reconocía su culpabilidad, además de aportar nuevas evidencias –como recibos bancarios y cuentas telefónicas– sobre la participación directa de su ex mujer, a cambio de ser acusado sólo de un delito de fraude menor. Ella siempre ha negado haber tenido algo que ver. Pese a todo, una recuperada Kerrigan ganó la medalla de plata en Lillehammer, mientras que Harding acabó novena. En el juicio, Harding, a la que no pudieron responsabilizar de los hechos, fue condenada a tres años de libertad vigilada, 500 horas de servicio comunitario y una multa de 160.000 dólares. Además, se vio obligada a retirarse del Campeonato Mundial de 1994, a renunciar a la Asociación de Patinaje Artístico de los Estados e, incluso, le retiraron su título de campeona nacional de 1994 y fue vetada en cualquier evento administrado por la asociación.

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Los falsos discapacitados españoles

En los Juegos Paralímpicos de Sidney 2000, la selección española de baloncesto se llevó el oro en la categoría de discapacidad intelectual con una superioridad aplastante sobre sus rivales. Sin embargo, la victoria fue manchada por el fraude orquestado por la propia Federación Española de Deportes para Discapacitados Intelectuales (FEDDI), al enviar a atletas no discapacitados. La farsa fue destapada un día antes de la clausura de los Juegos, cuando el periodista e integrante del equipo paralímpico, Carlos Ribagorda, denunció que había participado en la competición sin tener ninguna discapacidad intelectual, y con el único propósito de demostrar, en un reportaje, que la mayoría de los jugadores no sufrían ningún tipo de minusvalía psíquica. Ribagorda, acusó a la FEDDI de realizar los trámites para presentar certificados médicos falsos de los doce jugadores. Incluso, en uno de los partidos, el propio entrenador supuestamente les dijo que «jugaran más lento o se darían cuenta que no eran discapacitados». A raíz de esas declaraciones, el Comité Paralímpico Español (CPE) inició una investigación en la que se demostró que diez de los doce jugadores no tenían ninguna discapacidad (algunos de ellos jugaban en la Liga EBA), los obligó a devolver sus medallas y eliminó del certamen la categoría de baloncesto para personas con discapacidad intelectual. A los dos únicos atletas discapacitados del equipo se les permitió conservar la medalla debido al esfuerzo que habían hecho durante la competencia.

 

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