Gran celebración familiar

Ricardo Aldarondo
RICARDO ALDARONDO

Si el año pasado con Agnès Varda el premio Donostia se abría a otro tipo de figuras cinematográficas más allá de la estrella actoral, en esta próxima edición el reconocimiento a los seres queridos del Zinemaldia va a servir para hacer un poco de justicia, poética y práctica. Sabido es que el público asistente en San Sebastián ha apreciado y premiado el cine de Hirokazu Kore-eda a lo largo de los años, pero lo destacable es que el japonés, que sin duda es uno de los cineastas más importantes del cine contemporáneo, ha competido cuatro veces en la Sección Oficial. Pero a diferencia de otros cineastas señeros que han competido aquí tantas o más veces, y se nos ocurren los casos de Claude Chabrol, Adolfo Aristarain, Arturo Ripstein y François Ozon, Kore-eda nunca ha ganado la Concha de Oro. Y eso que en 2008 nos regaló su obra maestra 'Still Walking' (si solo hubiera que elegir una y con permiso de 'Nadie sabe'). Pero ese año el jurado optó por 'Pandora's Box'. Típico desacierto miope. Otros grandes como Joseph Losey y Robert Altman también compitieron cuatro veces y se quedaron sin Concha. Así que es buen momento para reparar y celebrar las dos décadas en que Kore-eda ha crecido paralelamente a San Sebastián, desde que en 1998 ya nos sorprendiera en el Victoria Eugenia con 'After Life'.

Y sin embargo Kore-eda siempre se ha mostrado agradecidísimo a San Sebastián, seguro que no esperaba reparación alguna, y cuando recibió el premio al mejor guion por 'Kiseki' (Milagro) lo celebraba como el mayor de los reconocimientos. Cuando viene se pasea por el cóctel que ofrece la dirección del festival a los invitados como si fuera un modesto nuevo cineasta que curiosea y atiende con sonrisa permanente a quien le quiera dirigir la palabra. En una entrevista que le hice hace unos años, al señalar cómo todo el mundo le dice que su cine parece heredero del de Yasujiro Ozu, reveló que en realidad se inspiró más en el tratamiento de la infancia que hizo otro compatriota clásico más desconocido, Hiroshi Shimizu. Corrí a ver algunas de sus películas y comprobé que era cierto. Que no se trata de destacar ahora que Kore-eda pueda ser modesto, ecuánime, agradecido y bondadoso, típica loa al premiado. Pero en su cine siempre hay honestidad, agudeza, sensibilidad y mesura en los sentimientos, en la construcción de los personajes tan reales como particulares, en la indagación en la familia como un laboratorio de la vida en todas sus fases. Su humanismo parece innato.

La familia en muchas de las películas de Kore-eda no es solo el refugio y el referente para crecer y buscar afectos. Sin acentuar nunca el dramatismo, el nuevo premio Donostia también habla de la pérdida, de la vejez inexorable, de la infancia abandonada, de la paternidad con todas sus dificultades, del divorcio y las distancias que marcan las generaciones o el paso del tiempo. La felicidad y el dolor del ser humano reunidos en ese microcosmos donde siempre importan más los individuos que la institución en sí.

En ese sentido, su última película 'Un asunto de familia', que ganó el pasado mayo la Palma de Oro en Cannes (este es su año), marca un punto de vista nuevo y sorprendente: hasta los menos adeptos a Kore-eda reconocerán que es un tópico sin fundamento decir que el nipón siempre hace la misma película. Y que está en plena forma y con mucha y prometedora carrera por delante. Por no hablar del importante grueso de sus películas que nada tienen que ver con la familia, como la metafísica 'After Life', la histórica 'Hanna', la fantasiosa 'Air Doll' o la intrigante 'El tercer asesinato', y en las que Kore-eda demuestra la amplitud de miras de su cine, y la misma perspicacia al retratar al ser humano en toda su complejidad.

Pocos como Kore-eda, además, han puesto en evidencia la posibilidad de que el cine de autor o de cinematografías que aún muchos consideran exóticas conecte afectiva y efectivamente con amplios públicos de todo el mundo, y la importante labor de los festivales para establecer esa conexión. Un premio merecido por muchas más cosas que un gesto de reparación o una celebración con alguien de la familia.

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