En busca de La Encontrada

El valle de Zuia ofrece parajes tan emblemáticos como el monte Gorbea o el santuario de Oro y otros más recónditos como La Encontrada, donde rastreamos las huellas de una torre medieval y su princesa fugitiva.

ANDER IZAGIRRE |
En busca de La Encontrada

El santuario de Oro es el enclave mágico del municipio alavés de Zuia. Desde este templo, encaramado sobre una montaña calcárea, se contemplan los once pueblos desperdigados por las praderas del valle, los robledales y los bosques de galería que acompañan el serpenteo del río Bayas y las sierras que cierran la comarca, con la mole del Gorbea presidiendo la estampa.

El templo actual data del siglo XVI, pero alberga una talla de la Virgen del siglo XIII y una pila bautismal del XII. Porque en esta montaña ya había una iglesia al menos en el año 1138 (en esa fecha María López de Haro donó el templo a la diócesis de Nájera; por lo tanto, ya existía desde años atrás). Y mucho antes, estas alturas de las Peñas de Oro ya estaban habitadas: el etnógrafo José Miguel de Barandiarán encontró, junto al santuario actual, vestigios de un poblamiento de la Edad de Bronce (mil años antes de Cristo).

La seducción que ejerce este balcón natural se prolonga hasta nuestros días. El santuario es el hito más visitado de Zuia y el más querido por sus habitantes: dos mil personas pertenecen a la Cofradía de Oro, que celebra su fiesta anual el primer domingo de septiembre (los hombres) y el tercero (las mujeres).

¡Encontrada!

El santuario de Oro es el lugar más vistoso de Zuia pero esta comarca ofrece también otras joyas, más escondidas y muy seductoras, dignas de una excursión. Por ejemplo, el paraje de La Encontrada: en medio de un bosque de robles, junto al río, se levantan los restos de una torre medieval con leyenda de princesa incluida.

Desde el pueblo de Lukiano, una pista baja hasta el río Bayas. Enseguida encontramos una estrecha pasarela moderna, a modo de puente elástico, colgada sobre las ruinas de una antigua presa. En ambos márgenes se ven los restos de los muros, de piedra ofita, un material tan duro para labrar como consistente, señal de que allí había dinero para hacer buenas obras. Y entre las aguas aún se aprecia una hilera de piedras, vestigio de la base de la presa. En la orilla derecha, entre la vegetación, están el sangradero (un paso de dos bocas por las que se desviaban las aguas de la presa, reguladas por una compuerta, hasta la ferrería de La Encontrada) y el inicio del canal.

Una vez cruzado el puente, seguimos a mano izquierda por un sendero entre avellanos y robles que pronto sale a un claro. Al fondo asoma un caserío con paredes de piedra y ladrillo, estructura de madera y apenas algún indicio de su pasado señorial, como una aspillera en la fachada (una abertura vertical y estrecha, que permite disparar desde el interior). A pocos pasos tenemos una señal mucho más contundente: el puente de piedra sobre el río Bayas, de arco apuntado, construido en el siglo XVIII por los señores de este paraje. Donde hoy vemos un caserío se levantó durante siglos la casa torre de La Encontrada.

Ya tenemos el escenario para la leyenda. Se trata de un relato situado en el siglo XV, tan escueto como borroso. La princesa Blanca de Navarra se escapó -nadie sabe por qué- y apareció en esta comarca alavesa. Los señores de Gereña la acogieron en su casa torre. Y al tiempo llegó Carlos, príncipe de Viana y hermano de Blanca, que andaba buscándola. Cuando la vio, asomada a una ventana de la torre, gritó: «¡Encontrada!». Y así se le quedó el nombre a la casa y al paraje.

En la historia del siglo XV existen algunos hilos enredados de los que se podría tirar para reconstruir esta leyenda. Consta que Blanca II de Navarra estuvo en tierras alavesas, en Salvatierra, acompañando a su padre Juan II, rey de Aragón y Navarra. Allí se reunieron con el monarca francés Luis XI, con cuyo hermano Carlos (de 16 años) planeaban casar a Blanca (de 38) para establecer una alianza entre los reinos de Navarra y Francia. Parece que la princesa no estaba por la labor. En medio de un culebrón dinástico enrevesadísimo, renunció a sus derechos al trono y se los cedió a su ex marido, Enrique IV de Castilla. Esa maniobra enfureció a Juan II, padre de Blanca, que unos años antes ya había ordenado detener a su propio hijo Carlos hermano de Blanca, el de la leyenda- porque también había planeado casarse con una princesa castellana (precisamente con la hermana de Enrique IV, primer marido de Blanca). Carlos murió en circunstancias sospechosas, probablemente envenenado, y Blanca temía correr la misma suerte. Quizá huyó, pero no se libró de la mala leche de su padre: Juan II detuvo a su hija y la envió con Leonor y Gastón IV de Foix (tíos de Blanca), quienes la encerraron en una torre de la ciudad de Orthez. Y allí murió la princesa, dicen que asesinada por la familia.

De estas peleas por las herencias (ya se sabe: hasta en las mejores casas) podemos rescatar tres piezas que nos interesan. Una: Blanca estuvo en Álava. Dos: tenía un buen motivo para fugarse (aunque para entonces su hermano Carlos ya no hubiera podido encontrarla, porque estaba muerto). Tres: Blanca murió en una torre. Ahora bien, para construir la leyenda de La Encontrada hay que encajar esas piezas a martillazos.

El nombre tiene otra explicación más prosaica pero de mayor solidez. Según el diccionario etimológico de Corominas, el verbo encontrar (como sinónimo de hallar) no es de uso común en la Edad Media. Sin embargo, el término encontrada designaba una división administrativa del territorio (una comarca, una región) tanto en castellano como en otros idiomas europeos: en francés (contrée), en italiano y catalán (contrada) o en inglés (country).

Ferrones estresados

Parece mentira: un paraje tan retirado y apacible como el de La Encontrada vivió durante mucho tiempo un trajín de gentes y una actividad tan intensa que los obreros del lugar no sacaban un día libre ni para casarse. Se conoce el caso de dos ferrones que debieron celebrar su matrimonio por poderes es decir, a distancia, por medio de una persona autorizada. Uno de ellos era un obrero guipuzcoano de Araotz, que otorgó poderes a su hermano para que celebrara el matrimonio con una mujer de Oñati en su representación. En un documento constan sus razones para no presentarse a la boda: «Por hallarme como me hallo sumamente ocupado en el manejo de mis tratos para poder mantenerme».

Esta historieta y tantas otras las ha recopilado el historiador y sacerdote José Iturrate, natural de Zuia, quien ha estudiado con detalle las peripecias que vivió esta casa de La Encontrada. Y apoyándose en la obra Torres y casas fuertes de Álava, de Micaela Portillo, y en sus propias indagaciones en los archivos eclesiásticos, ha escrito una monografía. Iturrate repasa las primeras noticias sobre La Encontrada: «La primera referencia aparece en un contrato de 1596. Pero ya debía de haber una casa torre desde mucho antes, porque en ese contrato el señor del lugar, don Pedro Íñiguez de Guereña, encarga la elaboración de tres ruedas de molino a una cantera del Gorbea. Eso significa que para entonces tenían un molino considerable y que pertenecía a una casa importante». Ya en 1508 se mencionaba un templo, Santa María de La Encontrada, que probablemente sería una ermita de los señores de la torre. Se sabe que en 1674 la ermita estaba abandonada, porque el cura de Lukiano exigió al arrendatario de la casa y los terrenos de La Encontrada que le entregase dos imágenes (bultos de santos) y una campana que quedaban entre las ruinas.

Los contratos de arrendamiento son, precisamente, una de las mejores pistas para seguir la evolución de la casa torre y sus extensas propiedades (los campos, el ganado, el molino, más tarde la ferrería). La Encontrada perteneció durante siglos a la familia Guereña. Cuando el linaje se cortó por falta de descendencia, pasó a subasta pública y en 1687 la compró la familia Velasco y Caizedo, que la mantuvo hasta 1846. Pero ninguna de estas familias poderosas vivía en la torre: se limitaban a arrendar la hacienda. «Se sabe que en 1651 los Guereña dejaron La Encontrada a un hombre de Lukiano sin cobrarle nada, para que mantuviera el lugar habitado y cultivado. Incluso le cedieron los animales», explica Iturrate.

Pero hubo épocs de muchísima actividad y La Encontrada fue uno de los corazones más potentes del valle de Zuia. En este complejo como en tantos núcleos señoriales del País Vasco se concentraban una casa torre (residencial y defensiva), un templo privado (el elemento religioso), campos y bosques (agricultura, ganadería y explotación maderera), un molino y más tarde una ferrería, con sus presas, canales y demás instalaciones (industria) y un puente muy transitado (el control sobre las comunicaciones).

La ferrería, puesta en marcha a partir de 1726, consolidó a La Encontrada como un motor económico de la comarca. Primero se hicieron unas obras considerables (una presa de madera en el río Bayas, unos pontones para que el ganado y los carros pudieran cruzar el canal de la ferrería, la propia instalación de la fábrica) y luego arrancó una actividad que daba empleo a muchos vecinos de Zuia y de otras zonas. El arrendatario de La Encontrada contrataba a tres o cuatro ferrones que vivían permanentemente en la casa, compraba lotes de hayas (por cientos) en los pueblos cercanos, daba trabajo a los leñadores que las talaban y a los carboneros que las transformaban en carbón vegetal, firmaba contratos para asegurarse el suministro de hierro desde Somorrostro (Vizcaya), pagaba a los arrieros que transportaban las cargas, incluso tenía a pastores y agricultores a sueldo.

El poderío económico de La Encontrada dejó su huella en el paisaje. En 1777 se construyó el actual puente de piedra, y en 1791 se cambió la presa de madera por otra también de piedra, cuyas ruinas vemos hoy en día. En esos años en que la ferrería prosperaba, llegó el final repentino de la casa torre: en un documento de 1803 se habla de ella como «la torre quemada». Y se dice que quedan en pie tres paredes, sobre cuyos restos se construiría el caserío que vemos actualmente.

El hierro foráneo y la competencia de los altos hornos acabaron con todas las ferrerías del País Vasco, incluida la de La Encontrada a mediados del XIX. Así se apagó la vida industrial en este paraje. Ahora queda el caserío con sus vacas y sus cultivos, los senderos por los bosques y el río, y unos cuantos indicios petrificados el hermoso puente, los restos de la presa, escorias de hierro diseminadas que nos hablan de aquel pasado bullicioso.

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