Diario Vasco

Las fotos de Orio que nadie conocía

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El puente sobre la ría, recién dinamitado. / FOTO LUIS GOROSPE LETURIA

  • El historiador Iñaki Iturain ha recopilado datos sobre cómo se dinamitaron los dos puentes de Orio, ante el avance de los franquistas. Mañana, día 20, se cumplen 79 años

  • Aparecen por sorpresa las imágenes de los puentes de Orio que fueron dinamitados en 1936

Por estos días, pero hace casi 80 años. El día 20 de septiembre de 1936, dos meses y dos días después de la rebelión militar que dio comienzo a la guerra civil española, las tropas nacionales formadas por falangistas, requetés, moros y unidades del ejército, entraron al mediodía en Orio, y por la tarde en Zarautz, justo una semana después de hacerlo en San Sebastián.

Antes de la entrada de las tropas, casi con toda seguridad la víspera -el 19 de septiembre-, dinamiteros provenientes de Asturias, a las órdenes de las autoridades militares leales a la República, volaron los dos puentes de Orio: el que sobre el río Oria unía las orillas de Orio y Aia, y el puente del ferrocarril que unía Orio con Zarautz. Ambos puentes están muy cercanos. Quisieron así frenar el avance de las tropas de Franco.

Hace tres años se produjo un hecho muy destacado para la historia de Orio: aparecieron, por sorpresa, unas fotos en las que se ven esos puentes recién derribados -más bien semiderruidos-. Las fotos fueron remitidas a la familia Sarasua de Orio por un pariente lejano: Luis Gorospe. Ocurrió que José Luis Gorospe Leturia, el padre de Luis, había sido ingeniero militar y tomó parte directa en la reconstrucción del puente sobre la ría de Orio. Y, dado que además de ingeniero era aficionado a la fotografía, recogió con su cámara unas imágenes que luego tendrían un gran valor histórico.

«Cuando los Sarasua recibieron las fotos se produjo una gran sorpresa. Nadie en Orio pensaba que existían esas imágenes, porque a ningún vecino se le había ocurrido sacar la cámara de casa. Fue una jornada en la que lo principal era ponerse a salvo», comenta Iñaki Iturain, el historiador local que hace unos meses ha publicado un extenso libro sobre la guerra civil en esa población, titulado '1936ko gerraren ubera'.

Según parece, fueron dinamiteros asturianos los que llevaron a cabo las voladuras. Poco antes, la noche entre los días 12 y 13, pasó por Orio -desde Donostia hasta Zarautz- un tren lleno de gente que huía de los fascistas.

Las voladuras se llevaron a cabo a la tarde. Nadie se quedó en casa. Pasaron un aviso de boca en boca y todos los oriotarras buscaron refugio. Algunos se metieron en el horno apagado de la fábrica Arocena; otros, en la iglesia, o en los caseríos de los alrededores. Y hubo quienes se trasladaron hasta Aginaga.

Angel Garmendia tenía entonces 15 años y recuerda que «primero volaron el machón más cercano al pueblo, con al menos 30 cajas de dinamita. Y sobre las cajas pusieron colchones traídos de la fábrica Arin y Embil».

Luis Segurola tenía 10 años y no ha olvidado estas palabras de los milicianos asturianos: «Venga, niños, alejaos de aquí, que vamos a poner unos petardos para echar el puente; ahora nos vamos de aquí, pero volvemos dentro de unos días».

Los milicianos trajeron la dinamita en un camión que aparcaron junto al hotel Toki Alai. Necesitaban ayuda para descargar las cajas y uno de ellos, pistola en mano, obligó a Juan Azpiroz a ayudarles. Se trataba precisamente de la persona que había sido alcalde hasta fechas muy recientes.

Dos ajusticiados

El hijo de Juan Azpiroz, Juanito, relató lo siguiente al historiador Iturain: «Horas después de las explosiones, volvimos a casa y nos encontramos con todos los cristales rotos, y las puertas desencajadas. Pero al entrar en la cocina vimos que allí no había nada roto. Los platos de encima de la mesa habían girado boca abajo, pero no se habían roto».

Al entrar las tropas nacionales en Orio, se llevaron preso a Francisco Cazón, un hombre nacido en Málaga que trabajaba en Arín y Embil. Le acusaron de haber colaborado en las voladuras. Fue trasladado al palacio de Narros, en Zarautz, donde estaba el cuartel general de las tropas rebeldes. Desde allí envió una carta a la familia, comunicándoles que le iban a matar sin tener ninguna culpa. A los pocos días apareció muerto en la carretera, cerca de Aizarnazabal.

Otro a quien mataron bajo la misma acusación fue Julian Agirre, del caserío Olaskoaga Azpikoa.