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Alaia y Urki prefieren leer el periódico a ver la televisión

Visitamos a una familia de Irura para conocer cómo es la vida cotidiana con dos niños cuyo cerebro funciona a otra velocidad y con otros estímulos

Urki, con la camiseta de la Real, y Alaia se entretienen con la pecera de la sala de estar de su vivienda en Irura. /Iñigo Royo
Urki, con la camiseta de la Real, y Alaia se entretienen con la pecera de la sala de estar de su vivienda en Irura. / Iñigo Royo
Mikel Madinabeitia
MIKEL MADINABEITIAIrura

Toc, toc. Se abre la puerta y aparecen Leire, Alaia y Urki. Los tres saludan con educación e invitan a los dos forasteros al interior de su hogar. La primera es la madre y le acompañan sus dos hijos, con altas capacidades, dos de los poco más de 200 que hay detectados en Gipuzkoa. Ellos, vecinos de Irura, tienen 12 y 11 años, coeficientes intelectuales de 160 y 120 respectivamente (a partir de 130 eres superdotado), y una historia que contar. Una historia que se explica desde muchas aristas. Desde las preguntas sin respuesta de los primeros años de sus vidas hasta la realidad más llevadera de hoy en día. Parece evidente que la sociedad madura con esfuerzo, pero aún hay fallas por las que se cuela la incomprensión. ¿Por qué mi niña no habla? ¿Por qué se aburre en clase? ¿Cómo podemos extraerle todo su potencial? ¿Por qué están mal vistos los superdotados? ¿Qué le puede motivar? Inquietudes que sus padres tuvieron y trataron de descifrar, y que les llevó tiempo. Tiempo, sudor y lágrimas. Bastantes lágrimas.

 

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