24 biberones al día; la aventura de tener trillizos

Telmo e Izaskun, en brazos de su aita Imanol, y Martin recibe los mimos de su ama, Nora./FOTOS:SARA SANTOS
Telmo e Izaskun, en brazos de su aita Imanol, y Martin recibe los mimos de su ama, Nora. / FOTOS:SARA SANTOS

Imanol y Nora son los felices padres de los únicos trillizos nacidos este año en Gipuzkoa. Izaskun, Telmo y Martin, que hoy cumplen siete meses, han revolucionado este hogar de Donostia. Primero fue «pánico», luego mucho trabajo, pero «sobre todo felicidad»

ARANTXA ALDAZSAN SEBASTIÁN.

Todos los padres y madres sufren el mismo ataque de amor a primera vista cuando cogen a su recién nacido en brazos: sus bebés les parecen únicos en el mundo. Pero solo Imanol Pérez y Nora Gurrutxaga tienen la estadística de su lado para poder pronunciar esa frase en sentido literal. Izaskun, Telmo y Martin son los únicos trillizos nacidos este año en Gipuzkoa, un capricho de la naturaleza que ha elegido a esta pareja de Donostia para poner patas arriba su vida y la idea de la paternidad que se habían hecho. «Para nosotros la maternidad es tener trillizos. Es lo único que conocemos. ¡Lo que nos parece raro es cuidar a un solo bebé!», ríen a carcajadas.

Una historia que empieza con una sorpresa en la primera ecografía solo puede presentarse bajo otra situación inesperada. Lo último que la visita espera encontrar al otro lado de la puerta de la casa es silencio. El primer sueño de la mañana de los tres niños provoca el espejismo. Así que el caos de lloros, pañales y biberones se torna en orden doméstico. «Son muy buenos, la verdad. Y duermen bien», dicen los orgullosos padres, felices y cansados, como manda el guión de la paternidad.

Pero llegar hasta este retrato de niños sanos y vivarachos, que ya empiezan a darse la vuelta por ellos mismos cuando se les deja en la manta de juegos en el suelo, no ha resultado fácil. Si ser padres en general no se aprende con un manual de instrucciones, tener trillizos convierte la aventura en una lucha contra lo imposible desde el minuto cero. Imanol y Nora lo dejan claro sin intención cada vez que se refieren a los pequeños como «superhéroes».

«Lo que veo no me gusta»

Imanol incluye en ese triunfo a su mujer, «que llevó el embarazo de forma impresionante, intentando hacer una vida lo más normal posible», con todas las comillas añadidas porque acabó pesando 28 kilos más y apenas ya podía andar más allá de la vuelta a la manzana sin fatigarse. «El principio fue muy duro. El primer mes lo pasé en estado de shock y pánico», reconoce Nora, que no eleva una queja de más, pero tampoco quiere dar una imagen que no se ajuste a la realidad.

La noticia de que efectivamente estaban embarazados no se resolvió con el enhorabuena que esperaban. Sin antecedentes familiares ni tratamientos de reproducción, de la sorpresa pasaron a la preocupación. «En la ecografía, enseguida el ginecólogo empezó a decir que lo que veía no le gustaba nada. «'Es un embarazo múltiple'». Imanol se abrazó a Nora: «¡Son dos!», gritó exultante. Pero el médico cortó la alegría. «Había tres embriones. Era un embarazo de riesgo», resume Nora.

El significado de aquel diagnóstico lo entendieron rápido. «El primer riesgo es perder un embrión de forma natural». No ocurrió. Semana tras semana, en cada control médico seguían latiendo los tres corazones. «Al ver que los tres seguían adelante fue cuando pude empezar a vivir el embarazo dentro de la normalidad que se podía». Enseguida descubrió también que esa normalidad no iba a durar mucho. «Al cuarto mes, me cogí la baja laboral. Soy una persona muy deportista, pero me fatigaba enseguida. No podía andar mucho, me faltaba la respiración». Tiene grabado un día en que bajó al supermercado «y allí tuve que apoyarme en la zona del congelado porque no podía».

El alumbramiento fue por cesárea programada a las 35 semanas, el tiempo máximo para una gestación de trillizos. Izaskun, Telmo y Martin aguardaron su momento. A las 9.10 horas del 5 de abril nacía la niña, a la que han puesto el nombre de una tía de Nora fallecida al poco de saber que estaban embarazados. Dos minutos después asomaba Telmo y a las 9.13 horas le tocaba a Martin. Nora e Imanol solo tienen buenas palabras para todo el equipo del Hospital Universitario Donostia que les atendió, tanto a lo largo de la gestación como en el parto, y luego en Neonatología. A todos les agradecen «su profesionalidad y cariño».

«El primer mes lo pasé en estado de shock. Luego al ver que salían adelante ya lo asumí», cuenta Nora

«Hasta nos hacen fotos por la calle, sobre todo los turistas. Los asiáticos alucinan al ver trillizos»

Nadie diría hoy que Telmo fue el más chiquitín de los tres. Pesó al nacer 1,975 kilos, por 2,040 de Izaskun, y 2,210 de Martin. Ahora es un bebé rollizo con mofletes sonrosados, «un campeón», le achucha Imanol en sus brazos. Pero aquellas dos largas semanas en cuidados médicos de Neonatología se hicieron eternas. Telmo tuvo que permanecer una semana más. Cuando llegaron a los dos kilos -perdieron peso al nacer, como les ocurre a todos los bebés- y se tomaban todo el biberón por ellos mismos fueron dados de alta. «Ahora que sabes que todo fue bien, el paso por Neonatos fue como un máster. Aprendimos a darles los biberones, a sacarles los aires, los cogíamos con soltura. Le pierdes el miedo a verte con tres bebés», dice Nora.

24 biberones al día

La realidad les golpeó al cruzar la puerta del hogar. «Llegar a casa resultó muy duro. Durante los dos primeros meses les teníamos que dar una toma cada tres horas, obligatoriamente». Imanol hace números para intentar describir el zafarrancho. Durante un tiempo colgó de la pared de la cocina una hoja de Excel con los turnos y personas necesarias. «Eran ocho tomas al día, por tres bebés, 24 biberones». Nora les alimentó con su propia leche, que se sacaba con un extractor. «Al día, en total me sacaba más de tres litros», un no parar que le dejaba apenas hora y veinte de sueño entre toma y toma. Los pañales también los cuentan a cientos. «750 al mes».

Lógicamente necesitaron manos extra para sobrellevar la crianza. Los aitas de Nora, Ana e Iñaki, y los de Imanol, Presen y Carlos, han sido de gran ayuda. La ama de Nora, de hecho, se cogió una excedencia de seis meses para estar codo con codo en casa. La lista de agradecimientos es infinita. Están los hermanos, los tíos, los abuelos, las amigas, los compañeros de trabajo que les han prestado todo lo que han podido, desde una cuna a ropa de bebé. Hasta los vecinos les dejaron guardar en el portal el carro para trillizos con el que llamaban la atención a cada paso que daban por la calle. «Nos hacían hasta fotos. Los turistas, sobre todo los asiáticos, alucinaban. Un poco observados sí que nos hemos sentido», cuentan. Hoy pasan algo más desapercibidos porque se arreglan con una silla doble y otra individual.

Ninguno de los bebés tiene un sitio asignado. «Siempre les rotamos para todo en el sentido de las agujas del reloj. Desde las tomas del biberón hasta dónde duermen, porque de momento dos comparten cuna. Queremos que se acostumbren a todo, no hacer distinciones entre ellos. Nuestra preocupación también es que reciban la atención que se le da a un bebé único», porque no siempre hay brazos suficientes para todos y no les queda otro remedio que recurrir a muchos ratos de suelo en la manta de juegos, desde donde los tres críos sonríen, se retuercen de esfuerzo para alcanzar el chupete que se les ha caído y hacen sonar los sonajeros. Imposible no derretirse ante la estampa triple de una nueva vida por delante.

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