'Tamarindos', 1.846 esculturas arbóreas

Plantados en el año 1885, los de Alderdi Eder están protegidos y varios paneles cuentan su historia. Se mantiene el nombre aunque son 'tamarices' y a su calidad de arbustos se deben sus barrocas formas, su necesidad de cuidado y su larga historia

Una mujer pasea por Alderdi Eder entre los frondosos tamarices del verano. En esta zona están los más antiguos. /JOSÉ MARI LÓPEZ
Una mujer pasea por Alderdi Eder entre los frondosos tamarices del verano. En esta zona están los más antiguos. / JOSÉ MARI LÓPEZ
Cristina Turrau
CRISTINA TURRAU

Los técnicos municipales de Parques y Jardines admiten de buen grado el nombre de 'tamarindos' para los árboles más característicos de San Sebastián. Son esas 'esculturas arbóreas' de barrocas y caprichosas formas a las que dedican mucho tiempo, especialmente a los ejemplares de Alderdi Eder, donde están los ejemplares más antiguos de la ciudad. Pero oficialmente son tamarices y con esta denominación aparecen en las mesas explicativas instaladas en junto al paseo de La Concha, con las que pretenden que donostiarras y visitantes valoren y cuiden estos especiales árboles.

Alderdi Eder es un parque al que el Plan General de Ordenación Urbana protege como lugar de 'vegetación de interés'. Hay un total de 1.846 tamarices -los populares 'tamarindos'- en distintas zonas de la ciudad. Los expertos recuerdan que el tamariz es un árbol autóctono y fácil de encontrar en arenales, dunas o acantilados marinos. Y no solo en la costa vasca. En Navarra o en la Costa Brava catalana hay muchos. En San Sebastián pueden verse en Urgull o en las orillas del Urumea. De hecho en euskera se denomina 'milazka' al tamariz. Santander tiene censados unos 10.000 ejemplares y allí sí que los denominan tamarices. Son muy resistentes a la sal y al viento y poco exigentes con las condiciones ambientales. El tamarindo es un árbol originario de zonas tropicales y su fruta da la famosa pulpa comestible.

Alderdi Eder

6.584 metros cuadrados
es la superficie del parque jardín de Alderdi Eder, creado en 1885 por el jardinero municipal Pierre Ducasse
Ponsol y Ducasse
Agapito Ponsol, concejal del Ayuntamiento y sombrerero, con Pierre Ducasse, primer jardinero municipal, trajeron los tamarices a San Sebastián.
Burlas.
Dicen los historiadores que los donostiarras se burlaron al principio de esos árboles canijos
Buena idea.
La realidad ha demostrado que el riesgo que asumieron Ponsol y Ducasse fue una gran idea

Los tamarices llegaron a Donostia en 1885, de la mano del que fuera concejal del Ayuntamiento de Donostia, Agapito Ponsol, y del jardinero municipal Pierre Ducasse. Agapito era hijo de Bernardo Ponsol, fundador de Casa Ponsol, establecimiento que sigue abierto en su ubicación inicial de calle Narrica esquina Sarriegi y que desde hace varias generaciones regenta la familia Leclercq. Agapito arriesgó: los tamarices sustituyeron a los chopos carolinos y los donostiarras de aquellos años se burlaron de los arbolitos, cuentan los cronistas. Pero el celo del jardinero municipal derivó en unos bellos y frondosos árboles y la idea de Ponsol se demostró con los años como genial.

«A finales del siglo XIX, ninguno de los árboles plantados en los jardines de Alderdi Eder había conseguido superar el viento y los temporales del mar Cantábrico», se dice en las mesas informativas colocadas por el departamento de Parques y Jardines. «Todos eran derribados y arrastrados, o sus ramas, arrancadas de los troncos». Por ello, la propuesta de plantar tamarices -árboles de gran resistencia a los vientos y adaptabilidad al ambiente salino-, realizada por el entonces concejal Agapito Ponsol pudo tener tanto recorrido. «Una planta de porte más pequeño, dura y resistente como los tamarices podía ser la solución. Pese a que por su naturaleza arbustiva precisa de tiempo para crecer y , sobre todo, de un cuidado y una poda continua para alcanzar formas parecidas a las de un árbol».

Una historia de éxito, dicen desde el Ayuntamiento. «El tamariz ha sido plantado profusamente en las zonas más expuestas de San Sebastián, alcanzando los 1.846 ejemplares. Se ha identificado con el paisaje de la ciudad, convirtiéndose en un emblema de la misma. El tamariz es considerado más un arbusto que un árbol. Alcanza una altura máxima de unos 2 ó 3 metros. Posee un ramaje largo y flexible, y una delicada floración de color rosa pálido en densos racimos».

Su tronco adopta muy diversas formas. «No hay dos árboles iguales en todo San Sebastián, lo cual aporta una gran belleza a los lugares en los que ha sido plantado».

Una zona protegida

El jardín de Alderdi Eder, desde el Ayuntamiento a la plaza de Cervantes, está protegido por el Plan General como hábitat de vegetación de interés. «Eso no quita que se hayan hecho parkings, que les afectan», explica Juan Mari Odriozola, técnico de Parques y jardines. «Lo que antes era zona de arena ahora es zona hormigonada y lo que al tamariz le gusta es drenaje y arena. Lo trajeron por eso, porque se adaptaba al clima oceánico, al viento marino y al salitre. Es una planta de ribera de río y zonas costeras».

El tamariz tiene forma de arbusto, «pero se puede formar en tallo alto, con un tronco que no es único, porque hace cordones», afirma el técnico. «Así consigues el aspecto de árbol, que es muy escultórico. Es parte de la imagen de San Sebastián».

La protección a los tamarices no deja de ser bastante 'light', a juicio de los cuidadores. «En la zona de plaza de Cervantes, los tamarices tienen muy poco sitio para enraizar. El alcorque es un cubo de 1 metro cúbico y es casi un cultivo en contenedor. No es lo mismo cultivar en maceta que en tierra natural. Pero es lo que hay. Al disponer de espacio limitado, el árbol no enraíza en plenitud. Se queda confinado en un alcorque y eso limita su crecimiento y su capacidad de hacer raíz. Cuando hay viento, los tenemos que tener entutorados, con 'muletas'». Este arnés se quita cuando el árbol ha enraizado, pero en la plaza de Cervantes se dejan de forma permanente. «Al no disponer de volumen y si además el volumen está saturado de humedad, no es lo suficientemente firme para sujetar el árbol. Por eso son más pequeños en plaza de Cervantes que en Alderdi Eder».

Mantenimiento y podas

A su calidad de arbustos se deben ciertas complicaciones en el cuidado de nuestros 'tamarindos'. «Hubo épocas en que las oquedades que hacen los troncos cuando envejecen se rellenaban con cemento y se pintaban de verde, como un símil de tronco», afirma Odriozola. «Estaba bien hecho pero ya se vio que no aportaba nada positivo al árbol y hemos pasado a colocar unas estructuras de varillas enroscadas que arman los troncos en caso de que se abran. Terminan siendo como bonsais gigantes o pequeñas esculturas».

Hay troncos que tienen madera muerta. «Lo importante es que el árbol haga madera de reacción y vaya colocando madera nueva y refuerce su estructura. Si está sano, hace más madera de reacción que la que va perdiendo. La madera además es blandita y poco consistente. Tiende a descomponerse. En general todos ellos están con cordones sobre la madera muerta».

Algunas ramas han tenido que cortarse por golpes de paseantes despistados. «Hay debate con el tema», afirma el técnico. «Se trata de compaginar la figura de jardín histórico con el uso cada vez mayor por parte de turistas y gente de paso por la zona de Alderdi Eder. Por eso hicimos carteles informando de la singularidad del sitio y con una llamada de atención sobre los árboles. Los golpes son puntuales, como puede haberlos con bancos, papeleras y otro tipo de mobiliario. Al final, andar por la calle requiere un poco de atención y el jardín merece ser conservado en su esencia. Si no, perderíamos la singularidad del sitio. Muchos árboles se van cortando para dejar altura suficiente en las zonas de paso o de bancos. Se repasan continuamente».

«Me pareció bonito hacer jabón con hojas de los tamarindos»

La pintora Jone Arrubarrena se inspiró en Sevilla para elaborar sus jabones de tamarindo. Allí, una chica fabricaba jabones con las naranjas caídas de los árboles. Algunas las usaban las monjas para mermelada pero muchas se desaprovechaban. Jone contactó con Viveros Mikel Pagola, encargados de la poda, y recoge cada año algún saco de hojas, del que saca una pequeña bolsita. De ahí salen los jabones, con propiedades hidratantes y exfoliantes, que vende en la tienda de regalos TamarindoSS, del Antiguo. «Hay que dejar secar las hojas y desmigarlas. La hoja mide 3 milímetros, es una pequeña aguja. Lo peso en balanza y una fábrica de jabones artesanos lo elabora. Es muy laborioso».

Los tamarices no responden bien a podas drásticas. «Hay que podar sobre madera verde. Si podas sobre madera antigua le cuesta rebrotar».

También suelen tener 'barbas'. «Como son arbustos, hacen rebrotes en la base, algo que aporta energía al árbol. No es malo que rebrote un poquito, que haga su función energética, y luego podar por estética y porque no podría tener ramas desde la base. Ocuparían un volumen del que no disponen».

Los 'tamarindos' requieren de cuidados pero aportan mucho al paisaje. Son singulares, con el color amarillo de las hojas en otoño y la floración rosa en primavera. «Es un árbol que estéticamente es muy interesante», opina el jardinero municipal. «Además de en San Sebastián, pueden verse en Santander, Gijón Biarritz, Hendaia o San Juan de Luz. Es una planta que tiene su valor».

En Donostia están en las zonas de borde de mar, en el frente de la Zurriola, en ambos márgenes del río en la zona de la desembocadura, en Ondarreta o en parques como Puio. «A medida que vamos renovando arbolado en San Sebastián, el tamarindo puede ser una baza interesante para nuevos lugares».

En su medio natural los tamarices aparecen en tramos altos del borde del Urumea, donde se usan para revejetar los ribazos. «Se usan porque aguantan ese ambiente de ribera. De hecho, Ura, la Agencia Vasca del Agua, nos pide estaquillas y se las facilitamos de las podas para ir haciendo repoblaciones». En plan salvaje están en zonas de río. «No suele ser la misma variedad que la de la ciudad, que es de floración rosa, pero es un también un tamariz».