«Soy consciente de que ser virgen consagrada suena súper fuerte»

«Una virgen consagrada no vive en comunidad y puede tener un trabajo civil». Su nombramiento será el primero de los últimos 40 años en Gipuzkoa

María Pagalday, en la catedral del Buen Pastor donde esta tarde ha sido consagrada. /Pedro Martínez
María Pagalday, en la catedral del Buen Pastor donde esta tarde ha sido consagrada. / Pedro Martínez
Estrella Vallejo
ESTRELLA VALLEJO

Se llama María Pagalday, tiene 29 años y hoy se va a convertir en la segunda virgen consagrada de Gipuzkoa. Hay otra mujer de 93 años en Tolosa, pero el nombramiento de esta joven donostiarra sonriente, divertida y desenfadada, va a ser el primero de las últimas cuatro décadas en el territorio. «Estoy feliz», confiesa pocos días antes de iniciar esta nueva etapa. La ceremonia la oficiará esta tarde el obispo José Ignacio Munilla a las 18.00 horas en la catedral del Buen Pastor.

– Espero que no le ofenda pero, ¿qué es una virgen consagrada? No lo había oído nunca.

– ¡En absoluto me ofende! Yo tampoco lo había oído jamás, ni muchos sacerdotes que conozco. A ver, somos consagradas, es decir, tenemos una alianza con Dios, a quien entregamos nuestra vida. Pero es una vocación particular, en mi caso, con la diócesis de San Sebastián, y dependo y obedezco al obispo. Es un estado de vida interior.

– ¿Qué función va a desempeñar a partir de hoy?

– No lo sé todavía, pero sí que estará ligada a la diócesis de San Sebastián. Supongo que después de la consagración el obispo me indicará la función que desempeñaré.

– ¿Qué diferencia tiene ser virgen consagrada con ser monja?

– No llevo hábito, no respondo a una madre superiora, tampoco tengo que vivir en comunidad ni pertenezco a ninguna orden religiosa. De hecho, puedo vivir en mi casa, con mis padres, y puedo tener un trabajo civil.

– Es decir, ¿podría dedicarse a cualquier empleo, aunque no estuviera relacionado con la Iglesia?

– Claro que sí. Hay vírgenes consagradas que tienen sus trabajos de lunes a viernes, y después el fin de semana, por ejemplo, desempeñan una labor concreta en la parroquia.

«El compromiso de castidad está claro, pero el de pobreza va a ser más difil de entender en Donostia»

– En ese caso, ¿qué cambia al consagrarse? Porque podría desempeñar la misma función para la Iglesia sin la necesidad de dar ese paso.

– Es una cuestión de fe. Dios me está pidiendo que me comprometa con él al 100%. Si no lo hago es como si no estuviera siendo del todo fiel a Dios. Es cierto que la gente no va a percibir si soy una persona que practica el catolicismo o si soy consagrada, pero para mí cambia completamente. Por poner un ejemplo, es como una pareja católica que decide casarse. Podrían seguir viviendo como novios, pero dentro de la fe entendemos que Dios tiene que estar presente en el matrimonio y por eso deciden casarse. En mi caso es lo mismo. Podría seguir como hasta ahora, sin consagrarme, pero si interiormente siento que el Señor quiere que lo haga, lo haré.

– Esta figura, ¿dónde surge?

– En los primeros siglos. Los padres de la Iglesia hablaban de las vírgenes consagradas, pero cuando empieza la vida monástica, las mujeres se fueron a los conventos y desapareció esta figura. Es en el Concilio Vaticano II, cuando Pablo VI pide que se recupere esa imagen de las mujeres de los primeros siglos y empieza otra vez a instaurarse. Lo que ocurre es que, además, al ser a nivel particular y no pertenecer a ninguna orden religiosa es menos visible y menos reconocible a simple vista.

– Virgen consagrada, solo el nombre ya choca.

– El nombre suena súper fuerte, la verdad. A veces digo que soy consagrada para que se entienda más fácil, porque en el contexto actual quizás cuesta digerirlo. Pero a su vez viene desde el siglo I y eso me encanta. Pero bueno, es lo que es y punto, toca asumirlo y dejarse de prejuicios.

– ¿Cuál fue el momento en el que su vida o su fe dio un vuelco?

– Antes iba a misa los domingos y casi buscaba el cura que fuera más breve, pero hace cinco años viajé a Tierra Santa y empecé a pensar en que si de verdad creo en Dios y en que Jesús se entregó por mí, no puedo dedicarle solo media hora a la semana y sin ningún fundamento. Terminé la carrera de Empresariales en Madrid y como quería saber más sobre la religión católica, regresé a San Sebastián y empecé a estudiar ciencias religiosas.

«El nombre suena super fuerte y a algunos quizás les cuesta digerirlo, pero hay que dejarse de prejuicios»

– ¿Ese proceso interior fue teniendo un reflejo en su día a día?

– Es un proceso muy lento y tus valores y prioridades van cambiando, pero de una forma natural. El primer cambio fue el ir a misa todos los días. Ahí comencé a darme cuenta de que no me interesaban las mismas cosas que antes. Empecé a ver que era una incoherencia ir a misa a diario y luego estar todo el día farra. Te va dejando de apetecer y compensar. No significa que ahora no pueda salir, pero no es coherente. Al mismo tiempo, mis amigas se iban casando y yo no me veía con pareja, pero con toda la libertad y normalidad del mundo. Sé que desde fuera puede sonar que soy la tía más rara del mundo, pero si a una chica de mi edad eso ya no le llama, significa algo.

– Y eso le iba generando cada vez más dudas, ¿no?

– Algún amigo de la Iglesia me lo insinuaba, pero yo le decía que no, que eso no era para mí. Aunque cuando luego rezaba se me pasaba la idea por la cabeza.

– ¿En algún momento vio que no estaba siendo del todo sincera consigo misma por el qué dirán?

– Sí, siempre te pesa lo que la sociedad pueda pensar de ti. Aunque al mismo tiempo, si rezas y si lo que te importa es lo que Jesús vaya a pensar de ti el día de mañana vas superando todos esos miedos. Si no llevara a cabo la decisión que he tomado sería infeliz y sufriría mucho, así que al final vences la vergüenza, la timidez, el apuro que te da y das el paso.

– ¿Cuándo decidió romper esas cadenas?

– En ese proceso de reflexión llegó un momento en el que supe que no estaba cumpliendo la voluntad de Dios y que no tenía sentido seguir sin comprometerme. Pasé unos cinco meses rezando y viendo cómo vivían amigas que son monjas. Me encanta lo que hacen, pero yo no me veía ahí. Así que como llevo años muy vinculada a la diócesis de San Sebastián, de voluntaria en Caritas y dando catequesis, hablé con mi director espiritual y me dijo que la figura de la virgen consagrada es un poco rara, poco conocida, pero que ahí encajaría perfectamente. Así que en unos ejercicios espirituales en diciembre me acerqué al obispo y le dije: «Monseñor, creo que el Señor me llama a ser virgen consagrada». Y él lo aceptó.

– ¿Cómo reaccionó su entorno?

– Mi familia es católica y eso suaviza las cosas. Ellos ya veían que no encontraba mi sitio y saben que esto me hace feliz. Y mis amigas más de lo mismo, algunas no lo entienden porque no tienen fe, pero me conocen y saben que es lo que quiero. Además, esto no quita para que no vaya a seguir quedando con ellas. Siempre he sido muy de estar en la calle.

– ¿Esta figura más integrada y protagonizada además por alguien joven, cree que podrá ayudar a reducir la brecha que separa la sociedad de la Iglesia?

– Creo que ayudará, sí. Actualmente hay una distancia enorme entre la sociedad y la vida monacal, y ser virgen consagrada es una figura intermedia que puede ayudar a ese diálogo y a hacer entender que se puede ser consagrada y estar integrada en la sociedad. Si mi nombramiento contribuye a ese acercamiento sería fenomenal. Aunque no es menos cierto que para entenderlo hay que partir de la fe, si no es imposible.

– ¿Cree que hay mujeres que no han dado el paso por desconocer que existe esta consagración?

– Por supuesto que sí y en parte por eso se ha hecho tan público. Así que solo por abrir la posibilidad de que alguna mujer sienta que también puede ser su lugar, ya merece la pena.

– ¿A qué votos deberá obedecer a partir de esta tarde?

– No tenemos votos, tenemos promesas. Voy a prometer cumplir los tres consejos evangélicos comunes a todas las consagraciones: castidad, pobreza y obediencia. La castidad está clara, pero el de la pobreza puede ser más difícil de entender en una ciudad como San Sebastián. El voto de pobreza no significa que tengas que deshacerte de todo, sino que debes llevar una vida más austera de la que podrías. El resto de mi vida va a ser un aprendizaje constante para ser fiel a lo que voy a prometer el día 4. Hoy no termina nada, al contrario, empieza todo.

– ¿No le da vértigo?

– No, la verdad. Pensaba que me iba a dar más, pero estoy súper ilusionada

– Elegir es renunciar, ¿a qué renuncia?

– Hay cambios que he ido adoptando de forma natural y progresiva, por lo que no es una renuncia como tal, no me apetece hacer cosas que antes hacía. Se trata de vivir con la conciencia de ir a mejor.

– Pero algo habrá de lo que le resulte más complicado prescindir.

– Es más fácil de entender si lo piensas como si habláramos de una mujer que al casarse renuncia a estar con cualquier otro hombre. Esa mujer al contraer matrimonio no se lo está planteando como una renuncia. Sencillamente no le apetece pensar en otro hombre, porque quiere pasar su vida con su marido. Y esto es lo mismo. No pienso en que me vaya a costar prescindir de esto o aquello. Mi corazón no está a eso.

– ¿Y si llegara el día en el que quisiera 'divorciarse'?

– Podría hacerlo, pero espero que no llegue nunca. De todas formas, ¿a que si me fuera a casar este fin de semana no me estarías preguntando por un posible futuro divorcio? Entiendo la pregunta –ríe– y que a la gente le cueste entenderlo, por eso pongo estos ejemplos. Así que mejor deséame que sea muy feliz toda la vida.