La cara oculta del Infierno

Universitarios, inmigrantes, sin techo, hasta turistas.... Todos viven en edificios abandonados del barrio donostiarra

Una de las casas de los okupas/DV
Una de las casas de los okupas / DV
SARA ECHEVARRIA

«Este sitio es mi hogar, la verdad es que estoy como en casa». La que habla es Nekane (nombre ficticio), una joven universitaria de 22 años. Pocos podrían imaginar que alguno de los edificios del degradado barrio del Infierno, junto a Errotaburu y a una de las salidas de la ciudad, pudiera albergar un piso de estudiantes, pero es que no lo es.

En la entrada está la joven mientras cocina con el fuego de un camping gas. Se muestra convencida y satisfecha con su vida de okupa y vivir al margen de la ley en uno de estos inmuebles abandonados de esta inhóspita zona de la ciudad. Y como ella, cerca de una veintena de personas viven y conviven de esta manera, sin que muchos sepan de su existencia. Eso sí, cada cual con su historia y su motivación que, en la mayoría de casos, dista de ser una elección «por placer» como afirma esta universitaria.

Los caminos de gravilla sin asfaltar que conducen al Infierno comparten espacio con la suciedad y los contenedores de basura, que en su mayoría están abiertos y por los que las ratas se pasean. No hay fachada sin grafiti ni ventana sin un agujero y solo se escucha el ruido de los coches, como si no hubiese un alma. Pero sí las hay. Algo que, según cuentan, no es desconocido para las autoridades de la ciudad y el territorio, pero sí para la mayor parte de donostiarras que ignoran la vida que existe en este barrio.

Aunque sea un espacio abandonado y degradado, cuenta con unas tres casas habitadas de forma legal mientras en el resto, unas siete, conviven personas sin contrato de alquiler o propiedad. Una de ellas, la que hace esquina en un edificio de color amarillo, es donde vive Nekane. No deja pasar a quienes no viven ahí en el edificio, pero se palpa su oscuridad, el polvo y la humedad desde la entrada. Con un puchero entre sus manos la joven nos cuenta que tiene familia, amigos y que va a la universidad. No obstante, decidió irse a vivir a una de estas casas ocupadas porque se lo propusieron unas amigas. Le comentaron que había jóvenes viviendo ahí y que, además de compartir ideales políticos, también iban a conocer gente como ellas. «No me lo pensé dos veces», afirma la joven. En este sentido, afirma que aunque pertenezca al movimiento «antisistema», también quiere formarse: «Creo que estoy en mi derecho», asegura.

«Este sitio es mi hogar, la verdad es que estoy como en casa», dice una universitaria de 22 años

Ella se hospeda en una vivienda que, señalan los vecinos de la zona, en su día perteneció a funcionarios de la Diputación. En este mismo edificio hay «otras tres casas okupa como mínimo», señala Nekane. Su decisión de vivir ahí nace de querer «salir de la rueda social en la que estamos metidos», pero el caso del resto de habitantes es diferente. Hay gente de la calle sin hogar, la mayoría españoles, y también inmigrantes.

Por ejemplo, el compañero de piso de Nekane es un joven de unos 20 años cuyo oficio es la prostitución, pero afirma que verdaderamente a lo que se dedica es a «sobrevivir en el mundo». También comenta que la mayoría de sus familiares desconocen que está viviendo ahí y que, si tuviese elección, viviría en otro lugar, pero que tanto a él como a muchos otros no les queda otra. «Es lo que hay», señala resignado.

La zona africana

En la parte trasera de este inmueble hay más personas viviendo, a pesar de su aspecto deteriorado. Un trabajador de la zona comenta que «hay que tener cuidado con ese edificio porque antiguamente se construían bombas y no es muy seguro».

Se entra por un agujero que hay en la pared, huele a hoguera y al mirar a una de las ventanas vemos que sale humo. Entonces, entre escombros y oscuridad se asoma Yedy, un joven de Gambia que vive con cinco compañeros de Nigeria, Senegal y Ghana, todos en la misma situación, sin trabajo y sin papeles. Denominan a esta parte como «la zona africana del edificio».

Su 'hogar' todavía tiene menos aspecto de casa que el anterior. Las montañas de plástico, polvo y basura están por todos lados, y eso que han sacado gran parte de la porquería que había. «Ahora parece el hotel Londres. No sabes cómo estaba cuando entramos hace un año», dice el inmigrante.

Mientras muestra su humilde morada cuenta que llegó en patera a la costa andaluza hace unos seis años y que para poder cruzar a España tuvo que pagar alrededor de 400 euros a las mafias. Tras estar unos días en el sur ahorrando dinero, decidió ir a Bilbao para juntarse con unos amigos de su país de origen. El objetivo de Yedy era intentar cruzar a Francia, pero cuando lo intentó le «pilló» la Policía, así que decidió quedarse en San Sebastián y buscar un plan B.

Del año y medio que lleva viviendo en la ciudad, pasó los primeros meses en la calle y en comedores sociales como el de Cáritas, pero todo cambió cuando un amigo suyo le habló de los edificios abandonados del Infierno y decidieron instalarse en una parte de ellos. «Por lo menos tengo un techo y, aunque en invierno me muera de frío, siempre será mejor que estar en la calle o en mi país», asegura Yedy.

Cada uno tiene su espacio para dormir, con colchones y mobiliario sacados de la basura y en malas condiciones. Cuando bajan las temperaturas explica que duermen varios compañeros en el mismo catre y hacen hogueras dentro de casa, aunque «los días de suerte» encuentran alguna estufa abandonada que pueden conectar a un pequeño enchufe de baja potencia.

Tienen váter y fregadero, pero no funciona. El agua la consiguen de una fuente exterior de los alrededores.

'Hotel' para mochileros

Desde una de las ventanas se ve a un mochilero adentrarse en una de las casas. Yedy y sus compañeros explican que los turistas también suelen alojarse en esta zona, aunque sean una minoría. Al parecer, eligen estos inmuebles como alternativa a los alojamientos reglados como hoteles y pensiones y que no pueden permitirse.

No llegan por casualidad, sino por invitación. «No es que acojamos a cualquiera, la gente que viene es porque alguno de los que vive aquí la conoce», comenta Nekane. No hay una red en la que se publique que abren las puertas a todo el mundo: «Cuando algún conocido no tiene dónde quedarse una temporada siempre es bienvenido, como podría hacer cualquiera en su casa. No hay diferencia», añade.

Por otro lado, un trabajador de la zona comenta que suelen venir bastantes mochileros a quedarse unos días. «Si vienen es porque alguien les ha dicho que se pueden hospedar aquí, un turista por sí mismo no encuentra esto», añade. «De todas formas, aunque digan que son conocidos sí que se ven a chavales con grandes mochilas. Si yo invito al amigo del amigo del amigo, esto se llena», explica.

Al salir del edificio aparece Óscar, un donostiarra que vive en una casa que pertenecía a unos mecánicos. Tiene aspecto desaliñado, lleva su bicicleta llena de bártulos y su mirada transmite lo complicada que ha sido su vida. Él también vive como okupa en el bloque de propiedad privada del final del barrio y comparte casa con más personas que están en la calle. Lleva casi toda la vida viviendo en casas okupa y siendo un sin techo. «Cuando me echan de una casa, me busco otra; okupas hay en todos lados y siempre termino encontrando un txokito», comenta.

Considera que «al Ayuntamiento le interesa que este vacío legal esté oculto y, bueno, a nosotros también. Aquí estamos en las afueras y no molestamos a nadie».

Óscar hace hincapié en que no han tenido problemas con los dueños ni con la justicia. Cuando ocuparon el lugar fueron los propietarios a hablar con ellos y «como dicen que hay un proyecto para derribar este sitio, nos dejan estar aquí hasta entonces», añade. La Policía suele acudir de vez en cuando para controlar quiénes están viviendo ahí y comprobar si las condiciones en las que están son dignas o no, «aunque claro, eso es algo relativo», asegura.

El Ayuntamiento prevé un desarrollo residencial

El Ayuntamiento trabaja en una nueva ordenación urbanística para la zona del Infierno que daría una continuidad al barrio de Errotaburu. El consistorio trabaja en una modificación del Plan General de Ordenación Urbana para desarrollar una zona residencial de unas 480 viviendas (un 60% serían de protección pública) distribuidas en cinco torres de arquitectura «atrevida». Estos edificios quedarían unidos en planta baja por un «zócalo» de equipamiento comunitario (5.000 m2) destinado a diferentes usos dotacionales (locales para asociaciones, instalaciones culturales y deportivas...). También se contempla un nuevo vial que comunicará la calle Xabier Lizardi con el nuevo barrio residencial.

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