La cruzada de las monjas contra el ruido del Metro

Las quejas de una congregación religiosa y de otros vecinos del paseo de la Fe paralizan las obras por la noche en el tramo de Miraconcha

Conchi Gamarra, en los terrenos del convento y la residencia de las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús y María en Miraconcha. /ARIZMENDI
Conchi Gamarra, en los terrenos del convento y la residencia de las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús y María en Miraconcha. / ARIZMENDI
Arantxa Aldaz
ARANTXA ALDAZ

La primera noche que escuchó aquel ruido «insoportable y continuo», Conchi Gamarra peinó los rincones del convento y la residencia de estudiantes que dirige en el paseo de la Fe en Donostia para intentar localizar la avería responsable. «Pensé que sería algún problema de la calefacción, parecía que iba a estallar algo. Era un ruido muy fuerte. Hasta que al día siguiente le comenté al chico de mantenimiento y me dijo: 'Será cosa de las obras del Metro'».

Los dos edificios de la congregación de las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús y María se alzan en la parte alta de Miraconcha, un enclave privilegiado con vistas a la bahía de la capital guipuzcoana, donde lo habitual es no escuchar un ruido, acaso el de una moto o un coche que sube serpenteando la carretera de acceso. Ese silencio se interrumpió hace mes y medio. A finales de agosto, las máquinas rozadoras que están abriendo hueco en el subsuelo donostiarra para la prolongación de la línea del Topo bajo el Centro de la ciudad empezaron también a excavar por la noche, 24 horas sin parar. El ruido que escuchaban los vecinos durante el día pasó a ser insoportable cuando metían un pie en la cama para descansar. «Aguanté dos días, por si paraba. Pero aquello no paró», relata Conchi, todavía enervada.

La primera queja se recibió el 29 de agosto y la orden de parada se dio casi un mes después

Echó mano del teléfono móvil de un responsable de la obra que unas semanas atrás había pasado edificio por edificio para peritar el estado de las casas antes de la obra, por si en el transcurso de la misma se producía algún problema o reclamación. «Cogí y le llamé. Le dije que no se podía aguantar, que era un ruido impresionante». Las monjas, once misioneras en total, dirigen una residencia de estudiantes que abren durante el curso. 40 universitarias tampoco pegaban ojo. Los vecinos de los números cercanos se unían a la vigilia. «Imagínate. Las pobres han aguantado lo indecible -se refiere Conchi a las alumnas-. Cansancio de día, estrés por no dormir, unas condiciones pésimas para el estudio». Aquel primer telefonazo no surtió el efecto deseado por los afectados. «Vino una persona de la obra a las dos y media de la madrugada para ver si se oían ruidos. Ya le dije que si no oía nada es que necesitaba sonotone».

Obras del Metro en la zona de Pío Baroja.
Obras del Metro en la zona de Pío Baroja. / Usoz

La pesadilla nocturna duró un mes. La primera queja llegó a oídos de ETS -Euskal Trenbide Sarea, que depende del Gobierno Vasco- el 29 de agosto, según confirmaron ayer a este periódico desde el Departamento de Transportes que dirige Arantxa Tapia. Y la orden de parada se dio hace dos semanas, exactamente el 25 de septiembre.

Alternativas sin éxito

Entretanto, los responsables de la obra afirman que probaron alternativas para «aminorar» el ruido, sacaron otras máquinas, intentaron avanzar a menor potencia, pero resultó en vano. «Las vibraciones del terreno se convertían en un ruido insoportable. Ni con tapones se podía dormir», cuenta incansable Conchi, que plantó cara al problema. «Cada vez que llamaba me decían que el asunto ya se estaba tratando, que lo estaban mirando, que esperara un poco. Pero ya les dije que 'monja sí, pero tonta no'».

El martes 25 de septiembre, la gota colmó el vaso. Conchi avisó: «O nos solucionaban el problema ya o pasábamos a emprender acciones legales. Llevábamos un mes y seguíamos igual». En ese tiempo, desde la empresa se realizaron dos mediciones más de madrugada. «Nunca nos dieron los resultados, pero era evidente que sobrepasaban los límites de decibelios. Para unas cosas, la Administración se da mucha prisa, pero para otras... Las obras en las casas deben respetar un horario, o los bares. Aquí hemos estado un mes con el problema». Aquella llamada sí fue determinante. «Ese día nos avisaron de que paraban la obra en el turno de noche, desde las 22.00 horas a las 8.00 horas, un parón que desde ETS contemplan como «temporal», puesto que creen que el problema no reaparecerá una vez avancen terreno. Puede ser cuestión de días o de semanas. La compañía ferroviaria no se atreve a concretar una fecha, pero sí se compromete a continuar con las mediciones y a no retomar las obras de noche mientras no se respete el descanso vecinal. Esas horas perdidas de trabajo, de momento, no parece que vayan a retrasar los plazos, porque hasta la fecha es había avanzado a buen ritmo, se añaden las mismas fuentes.

La hermana Irene, en la recepción de la residencia.
La hermana Irene, en la recepción de la residencia. / Arizmendi

Las monjas se resignan pero no bajan la guardia. Se han convertido en especialistas en distinguir los diferentes ruidos de la obra. «Ahora no se oye nada. Están recogiendo la piedra excavada que se queda a los lados del túnel. Enseguida empezará el ruido», vaticina durante la visita de los periodistas. Y así ocurre. Entre las paredes de la residencia se cuela de fondo un martilleo continuo. «Eso no es nada», exclama Conchi. Dice que en los últimos días los ruidos se han trasladado y afectan más a la estancia del convento, donde residen once misioneras.

«No se podía dormir ni con tapones. Era un ruido insoportable y continuo»

El pasado lunes, desde ETS se realizó una medición de prueba a las diez de la noche. «Arrancaron las máquinas y de nuevo el ruido. Las pararon. Al principio, se escuchaba mucho más en la zona de la residencia. Ahora aquí», señala en una estancia señorial. El convento ocupa un casa centenaria, donde la congregación se instaló en 1930. Conchi cuenta que en su día era propiedad de los dueños del Hotel de Londres, una de cuyas hijas era monja, de ahí que heredaran los terrenos, rodeados de villas con piscina y jardín, y alguna casa de madera que resiste también el paso del tiempo.

Recogida de firmas

A pie de calle, Aitor Mugika y Manolo Berzal describen la misma «pesadilla» que sus vecinas religiosas. «No era ruido, era mucho más. No se podía dormir ni con tapones», cuentan. La vecindad también se movilizó y en paralelo a la cruzada de las monjas contra el ruido empezaron a recoger firmas.

Manolo Berzal y Aitor Mugika, vecinos afectados.
Manolo Berzal y Aitor Mugika, vecinos afectados. / Arizmendi

En total, han reunido unas 70 -solo la congregación y las estudiantes son más de 50-, que presentaron al Ayuntamiento. La denuncia la interpusieron el mismo día que Conchi, la madre superiora, descolgaba el teléfono del responsable de obra con un enfado mayúsculo. «Lo curioso es que la obra no parece estar discurriendo bajo nuestras casas, pero el ruido nos llega de alguna forma de rebote a través de las vibraciones del terreno». El problema se agudizaba en las plantas bajas y en las casas con estructura de madera. Al principio, igual que les ocurrió a las monjas, tampoco los vecinos supieron identificar el origen de los ruidos. Hasta que se dieron cuenta de que eran las obras del Metro. «Menos mal que entre todos nos han hecho caso», dicen más descansados.

Un problema «poco habitual» debido a la dureza de la roca

Euskal Trenbide Sarea afirma que el problema de ruidos que se han encontrado en un tramo de la pasante del Metro en Donostia «no es habitual» y atribuyen el exceso de decibelios causados «a la calidad de la roca», es decir, las máquinas se han encontrado con un tipo de terreno «más duro, por lo que para abrirse hueco necesitan hacer más esfuerzo». De hecho, los responsables de obra están convencidos de que el problema se circunscribe a un tramo concreto, porque es habitual que en obras de gran envergadura como esta se trabajen las 24 horas del día «y no suele haber problemas». Además, añaden como explicación, las máquinas se encuentran todavía cerca de la superficie y no han entrado en lo que llaman el túnel de línea, por donde discurrirá en un futuro el Metro, a 80 metros bajo tierra.

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