Iban Urbieta, el guarda guipuzcoano del refugio de Góriz

Vive a más de 2.000 metros de altura durante seis meses al año. Es de Zestoa, tiene 49 años y lleva junto a otros tres socios la gestión de uno de los rincones más frecuentados del Pirineo. «Estamos deseando que llegue el invierno»

El refugio de Góriz se halla en el corazón de Ordesa, en la base del Monte Perdido. En el recuadro de la derecha vemos a Iban Urbieta, con su hijo Mikel. /I.U.
El refugio de Góriz se halla en el corazón de Ordesa, en la base del Monte Perdido. En el recuadro de la derecha vemos a Iban Urbieta, con su hijo Mikel. / I.U.
Mikel Madinabeitia
MIKEL MADINABEITIA

Vive seis meses al año en el refugio de Góriz (2.200 metros de altitud), al pie del Monte Perdido, en el corazón del Parque Nacional de Ordesa, una de las joyas naturales del Pirineo. Y vive feliz. Iban Urbieta (Arrona Bekoa, Zestoa, 1969) es un enamorado de la naturaleza, uno de esos que vive más feliz entre montañas que entre autopistas, que no tiene miedo a la soledad, esa compañera tan sociable que diría Thoreau. Nos enteramos que este guipuzcoano es uno de los cuatro socios que gestiona el establecimiento y le llamamos para conocerle mejor. Y para contar su historia. Porque todos tienen una. Él, también.

Entre pitos y flautas, o más bien entre inviernos y veranos, ya lleva 22 años acostándose allí arriba: «Empecé a trabajar aquí en invierno de 1996, solamente en la época invernal. Durante el año era guía de barrancos en el valle y en invierno me contrataban en Góriz. Trabajaba un mes y descansaba al siguiente. Como en los meses más fríos viene muy poca gente, nuestras labores se centran especialmente en el mantenimiento. Cogemos los datos de AEMET dos veces al día relativos a la meteorología. Al final, por cosas de la vida, junto a tres socios más tomamos las riendas del refugio. Ya llevamos 14 años así».

El círculo morado de la imagen inferior señala la ubicación del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, en Huesca, con más detalle en la imagen grande.
El círculo morado de la imagen inferior señala la ubicación del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, en Huesca, con más detalle en la imagen grande. / Geocronos

De 365 días al año permanece la mitad a 2.200 metros de altitud. Su horario varía en verano, cuando más montañeros frecuentan la zona: trabaja quince días y descansa otros tantos. Hay dos equipos compuestos por ocho personas cada uno y se van turnando para mantener y servir a la gente que llena el refugio cada día para ascender, fundamentalmente, el Monte Perdido (3.355 metros de altura), la tercera cima más alta de la cordillera pirenaica. Tal y como confiesa, «es un horario y trabajo muy intensivo. Esto es como Gran Hermano (se ríe)». Cuando baja al valle y a la civilización, a las prisas y al estrés, a las necesidades y a las preocupaciones, vive en Villanúa, cerca de Jaca, con su familia.

El televisivo Jordi Évole pasó por allí en verano de 2016 (Iban es el segundo empezando por la derecha).
El televisivo Jordi Évole pasó por allí en verano de 2016 (Iban es el segundo empezando por la derecha). / FACEBOOK GÓRIZ

Los cambios también llegan al cielo

Tantos años allí arriba, más cerca de las estrellas que del asfalto, le permiten analizar con sosiego los cambios que ha sufrido el mundo de la montaña: «La gente viene mucho más preparada porque ahora hay mucha más información que antes: meteo, estado de la nieve, ropa... Ahora podemos recibir correos, acceder a internet, hacer las reservas online y el material ha mejorado. Y lo que también ha cambiado es el propio refugio. Los mismos guardas, hasta las obras que han acabado este verano, dormíamos en tienda de campaña. Tenemos 40 personas que duermen en la parte nueva y otras 40, en la antigua. Antes había un baño común y ahora en la zona nueva hay un baño con agua caliente para cada dormitorio».

Tienen entre 10.000 y 12.000 pernoctas al año y sirven más de 100 cenas al día. Tras las obras de 2018, Góriz se parece más a un hotel de montaña que a un refugio

A principios de año los clubes de montaña y las agencias empiezan a llamar para hacer las reservas para la temporada veraniega. Tengan en cuenta que cada año hay entre 10.000 y 12.000 pernoctas. El Monte Perdido, conocer la Brecha de Rolando, completar la travesía pirenaica de la GR-11 y, en general, pasar una noche en la propia naturaleza son planes que llevan cautivando desde tiempos inmemoriales.

El Monte Perdido, en el centro de la imagen, es el objetivo más deseado entre los montañeros que ascienden al refugio de Góriz.
El Monte Perdido, en el centro de la imagen, es el objetivo más deseado entre los montañeros que ascienden al refugio de Góriz. / Myway

Del alboroto de verano se pasa a la soledad del invierno, cuando gestionan el refugio entre dos personas: «Nos pasamos 15 o 20 días sin ver a nadie. Se está de maravilla. Lo dedicas más a ti. Despejas la terraza de nieve, recolectamos los datos de la meteorología, damos una vuelta con los esquís, vemos una película, jugamos al ajedrez... Tenemos hasta mesa de ping-pong. Estamos deseando que llegue el invierno», sentencia. La Federación Aragonesa de Montaña les obliga a tener el refugio abierto todos los días del año. La temporada invernal es deficitaria, pero lo compensan con los llenazos del verano.

Jugando un partido de tenis de mesa a más de 2.000 metros de altitud. Increíble pero cierto.
Jugando un partido de tenis de mesa a más de 2.000 metros de altitud. Increíble pero cierto. / FACEBOOK GÓRIZ

El patrón de norte, el gran enemigo

Son tantos años sometido a las inclemencias del tiempo que nunca olvidará los cuatro metros y medio de nieve que hubo el primer año que subió a Góriz: «Abrías la puerta y tenías que hacer un túnel para llegar a los baños de fuera. Eso no se ha repetido. Este año también ha habido muchas nevadas, pero no hemos superado los dos metros y medio. La temperatura mínima fue -21 grados, a lo que hay que sumar el fuerte viento. Lo que más nos afecta es el patrón de norte, la gabacha o la boira». Se refiere al aire septentrional frío que se agarra a las montañas y tanto le cuesta irse, bien conocido (y temido) por los montañeros.

La evolución ha llegado también a la cocina. Un navarro y una catalana llevan las riendas de los fogones, que se han modernizado. «Antes era un cuchitril y ahora es mucho más fácil. Tenemos un horno de última generación (rational), una marmita gigante para hacer legumbres y pasta para 200 personas, plancha, ¡¡lavavajillas!!...», cuenta muy ufano. Vamos, que Góriz ha dejado de ser un refugio de supervivencia para convertirse en el hotel de las 1.000 estrellas.

La temperatura más fría que han registrado es de -21 grados y hubo un invierno que tuvieron que hacer un túnel entre la nieve para llegar a los baños exteriores

Aunque no es un hogar para todo el mundo. Rebuscando en el baúl de los recuerdos, Iban se acuerda de su amigo, Igor Illarramendi, un marinero de Getaria que dejó el mar por la montaña: «Le convencimos para que se viniera aquí. Le dije que era prácticamente imposible que hubiera una avalancha y que en invierno no nos poníamos enfermos. Se vino y el primer invierno le pasaron las dos cosas (se ríe). Por cierto, sigue trabajando con nosotros». No son ellos dos los únicos guipuzcoanos. Además, están dos más de Tolosa (Ritxi e Irati) entre la plantilla de catorce trabajadores del refugio. Es decir, Gipuzkoa manda en Góriz.

Cien cenas al día

Lo que más trabajan es el desayuno (de 6:30 a 8:30) y la cena (19.00 y 20.00, dos turnos). La limpieza acaba a las doce del mediodía y entran a las cinco de la tarde para preparar la cena (dan más de cien). En esas cinco horas de tiempo libre aprovechan para desconectar, generalmente subiendo montañas y ganando nuevos horizontes, la gasolina del amante de la naturaleza. El toque de queda es a la diez de la noche, cuando apagan las luces. Ya no hay ganas de jarana como antes; ahora manda el descanso. El montañero se ha formalizado. ¿O se ha hecho mayor?

El equipo veraniego del refugio brinda en la nueva cocina.
El equipo veraniego del refugio brinda en la nueva cocina. / FACEBOOK GÓRIZ

La comodidad también ha llegado en el abastecimiento. Antes el modo de transporte eran las mulas, tal y como relata Iban: «Ahora tenemos helicóptero. Es muy caro pero muy efectivo. El minuto cuesta 30 euros. Preparamos unas sacas con un peso máximo de 900 kilos y el helicóptero lo trae con una sirga. Cada rotación lleva una duración de siete minutos (210 euros). Subimos alimentos y temas de seguridad y bajamos basura, muchísima por cierto».

Antes subían la comida con mulas; ahora lo hacen en un helicóptero que cuesta el minuto 30 euros

En cuanto a las nacionalidades, podríamos decir que el refugio funciona como un mapamundi: «Vienen hasta japoneses. Hay un par de agencias que trabajan con ellos. El paraje les hace mucha gracia, son muy educados y agradecidos. Junio es el mes de los extranjeros (australianos, italianos, holandeses, belgas, norteamericanos, franceses...) y julio y agosto, en general, de los nacionales. Guipuzcoanos hay un montón, claro».

Tres accidentes mortales en 2018

La primavera tan pródiga en nevadas propició que hasta finales de julio haya habido nieve en La Escupidera, la última pendiente antes de coronar el Monte Perdido, un paso donde ha muerto mucha gente (también acude mucha): «El turismo de verano quiere hacer el Perdido sin nieve. Y por eso hemos tenido muchas anulaciones, de gente que a última hora eliminaba su reserva. Este año, por cierto, hemos tenido tres accidentes mortales, en el Perdido, en Astazús y en la Brecha Tucarroya. Técnicamente el Perdido no es difícil, no tiene ningún paso complicado, pero tienes que saber utilizar el material. Y mi percepción es que la gente a veces se bloquea cuando afronta un paso determinado por la cantidad de información que hay disponible en la red».

La Escupidera del Monte Perdido, el 6 de julio y el 2 de agosto, cargada de nieve y con la trocha abierta entre el corredor.
La Escupidera del Monte Perdido, el 6 de julio y el 2 de agosto, cargada de nieve y con la trocha abierta entre el corredor. / FACEBOOK GÓRIZ

Nos despedimos con la sensación de que Iban se siente dichoso en Góriz. Así que no tiene pensado volver a casa. Ya tiene la suya allí arriba. En el cielo. Para verano y para invierno.

Ésa es la magia de la montaña. Siempre la misma. Siempre diferente.

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