Noain: «Establecer una comunicación afectiva con el público es algo muy sublime e intenso»

Luis Noain, pianista

El irunés, que reside y trabaja en Madrid, estará este sábado en el Amaia para ofrecer el recital de piano 'Liszt y el amor'

JOANA OCHOTECOIRUN.

Franz Liszt fue un hombre que amó profundamente, tanto como Luis Noain ama el piano. El irunés ofrece este sábado a las 20.00 en el Amaia un concierto, con entrada libre, dedicado enteramente a la figura de este compositor, pianista y concertista del siglo XIX.

-Háblenos de Franz Liszt, una figura de la música que tiene mucha historia...

-Liszt fue un pianista y compositor muy famoso en el romanticismo, durante la década de los años 30 del siglo XIX. Además de un pianista importantísimo, fue un hombre extraordinariamente atractivo. Y no sólo por lo guapo, que lo era, sino también por su personalidad. Fue uno de los primeros fenómenos de masas de la música, y desde luego del piano. Entre su belleza, su fama, lo brillante que era... las mujeres caían rendidas a sus pies y tuvo muchas amantes. Pero no era un Don Juan o un Casanova, sino que las amaba sinceramente. Tuvo muchas historias muy tórridas y bastante atormentadas.

-Casa con las características del romanticismo del XIX: esos sentimientos intensos, pasionales...

-La figura de Liszt se contrapone a la de Chopin, que era todo lo contrario: un hombre más reservado, aristocrático, más compositor que pianista... Liszt amaba prolíficamente a las mujeres, mientras que Chopin tuvo sólo una amante. La figura de Liszt, incluso su aspecto físico, cultivaba esa especie de decadentismo y el gusto por una estética necrofilia: melena larga, vestido de negro, tan delgado como un fantasma...

-Pero como decía antes, Liszt no era un Don Juan.

-Aunque el catálogo de sus amantes es amplísimo, él era un hombre muy generoso y sincero. Amaba siempre de forma leal, y estoy convencido de que él siempre pensaba que era la última vez, la definitiva. Aunque luego resulta que no lo era...

-¿Qué nos puede contar de ese repertorio que interpretará en el Centro Cultural Amaia?

-Todas son obras relacionadas con la visión de Liszt sobre el amor: él era un músico muy romántico, y así como Chopin rechaza el romanticismo y mira más hacia el siglo XVIII, Liszt lo abraza con pasión. Titula las obras musicales con referencias extramusicales: 'El valle de Obermann', los 'Sonetos del Petrarca', los 'Sueños de amor'... En este programa aparece ese Liszt que abraza el lado literario del romanticismo. Otro aspecto interesante es que, al contrario que Chopin, Liszt fue más pianista que compositor. Escribe desde el teclado y desde la mano. Y además, fue concertista antes que compositor; por lo tanto, sabe escribir para el escenario.

-El nombre de Chopin está surgiendo mucho en esta conversación, como contraposición a Linszt.

-Toda mi vida de estudiante, y después académica, cuando realicé investigación musical, ha estado principalmente dedicada a Chopin. Bien mayor me di cuenta de que la música de Linszt se me daba mejor. Ha sido un encuentro tardío pero felicísimo, muy enriquecedor, productivo y satisfactorio.

-Hablemos ahora de usted: tengo entendido que lo suyo con el piano fue un amor a primera vista...

-Absolutamente. Recuerdo todavía la primera clase de solfeo que tuve con Mari Carmen Retegui. Mis hermanos eran todos muy deportistas, yo no, y a mis padres y mi abuela materna se les ocurrió apuntarme a clase de música. Y ha sido mi vida, algo que me atrapó completamente. Comencé a tocar el piano con 10 años y para los 13 tenía claro que yo quería ser pianista.

-Y lo ha conseguido.

-He sido profesor de piano hasta hace cuatro años y ahora me encuentro trabajando con cantantes. No les enseño canto, sino repertorio, la interpretación de las obras. Es algo muy satisfactorio y me encantaría regresar algún día a Irun para ofrecer un concierto en esta nueva faceta que estoy desarrollando ahora, acompañando al piano a cantantes.

-El estar solo con su piano sobre el escenario, ante el público... ¿Le impone o le atrae?

-Es un sentimiento mixto. Un concierto es el final de un proceso de preparación generalmente muy largo. Lo más parecido sería el deporte, cuando después de millones de entrenamientos llega el partido y tienes que darlo todo. Además hay una responsabilidad doble, hacia el público y hacia la partitura, que no nos pertenece pero tenemos que traducir e interpretar. Y está el hecho de las humanas limitaciones: en directo puede suceder absolutamente de todo. A mí lo que me sirve es arrojarme a las emociones de la música y tratar de crear esa atmósfera en la sala. Cuando se consigue establecer esa comunicación eminentemente afectiva con el público es algo muy hermoso, muy sublime e intenso.

-Después de recorrer buena parte del país y también del extranjero ofreciendo recitales, ¿qué tal sienta volver y tocar en casa?

-Es sin duda maravilloso y también hay una responsabilidad e implicación extra. Pero siempre es muy agradable y, además, en Irun hay una acogida muy calurosa y afectuosa por parte del público y también de las instituciones que organizan estos conciertos. Y aquí hay que destacar la figura de Fernando Etxepare Díaz, que tanto hizo por la música y tanto nos ayudó a los músicos locales. La música clásica está en Irun como está gracias a Fernando Etxepare.

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