«Porque apañarse no es conciliar»

Tres guipuzcoanas cuentan cómo combinan trabajo y familia de la mejor forma que pueden

Maider y Ainara son hermanas y socias en un negocio al que ponen límites horarios para ver a sus hijos. Y tienen que echar mano de la familia/MICHELENA
Maider y Ainara son hermanas y socias en un negocio al que ponen límites horarios para ver a sus hijos. Y tienen que echar mano de la familia / MICHELENA
Ana Vozmediano
ANA VOZMEDIANO

¿Hablamos de conciliación? Sí, de conciliación, esa palabra mágica que inunda las conversaciones de treintañeras que hablan de cómo compatibilizar el trabajo con la crianza de sus hijos. O las de mujeres que rondan los sesenta y que deben ocuparse de los mayores de la familia, que también exigen cuidados y a veces plena dedicación.

Una vez más, estas conversaciones, algunas muy reivindicativas, casi un presagio de revolución, se quedan en el ámbito de lo privado, ese tan vinculado con la mujer. Porque asumir que la conciliación familiar recae en sus hombros implica muchas veces críticas a la empresa en la que trabajan, las más duras «porque te ponen mala cara hasta si te llaman de urgencias porque el niño se ha caído»; a la pareja, un poco más suave pero con ese «no me fío mucho de él»; o incluso a los colegios, «porque dime tú a mí por qué los niños tienen que comer a las 12.30».

Las críticas recaen sobre todo en las leyes, «que si amparan la conciliación es solo para sus empleadas» y algunas, las más tímidas, provienen de ese colectivo que se tiene que ocupar de sus mayores. «Se habla mucho de niños, pero, ¿qué pasa con nuestros padres, enfermos o con demencias». Mari Carmen no quiere salir en este reportaje, «porque parece que no quieres ocuparte de tus familiares que más lo necesitan. Y no es eso».

«Se extrañan de que la gente no quiera tener hijos» Ainara Huertas, Autónoma

Cuesta romper el muro de la intimidad. Ainara Huertas es socia de 'Kobido', un spa urbano, salón de belleza y masajes que comparte con su hermana en el barrio de Amara Berri de San Sebastián. Es rotunda: «Apañarse no es conciliar». Sabe que es difícil, pero también es consciente de que habitualmente es la mujer la que renuncia a una parte de la jornada aunque le implique menor salario a final de mes.

«En mi caso es mi marido el que mayores ingresos aporta y además tiene que viajar mucho. Yo soy autónoma, socia de mi hermana, así que tengo más flexibilidad para salir un momento. Pero tampoco es fácil hacerlo. Hoy mismo ha sido Oskar, mi marido, el que ha llevado al niño al oculista y yo me siento un poco nerviosa porque me hubiera gustado estar allí y no ha podido ser».

Es madre de dos chicos: Unax de 13 años y Noan de 10. Conoce casos de mujeres que cogen excedencia en el verano cuando los niños tienen vacaciones. «Para mí, sin embargo, es época alta, cuando más trabajo hay. Así que me arreglo con mi hermana o echo mano de mis padres que siempre están ahí y nos han ayudado mucho. También tenemos una persona empleada en 'Kobido', lo que nos desahoga mucho y nos permite coger días libres y vacaciones».

La empresa en la que trabaja su marido es una filial de otra alemana, que cuenta con guardería y comedor conjunto en el que los empleados o empleadas pueden comer con sus hijos y compartir así más momentos.

«Reconozco que es difícil, pero algo habrá que hacer porque luego las instituciones se quejan de que la gente no quiera tener hijos o que los tenga muy tarde. Pero es que las cosas están muy complicadas». Ella tuvo que pedir a la tutora de Noan que le dejara llevar móvil a la ikastola. «Es que aunque el autobús le deja muy cerca de casa, llega solo y está un rato antes que su hermano o que yo. Y necesito que me llame en cuanto sube. ¡Aunque alguna vez se le olvide!»

«Mi conciliación son mis padres, mi tía, mi familia» Maider Huertas, Autónoma

Maider es la otra socia de 'Kobido' y se ve reflejada en lo que cuenta su hermana. Ella está separada con custodia compartida y en verano pasa quince días en julio y quince en agosto con sus dos hijas, Iraia de diez años y Noa de seis, que después se van otros quince y quince con su padre. «Con lo que las hecho de menos, los días en los que les toca estar conmigo tengo que cogerme fiesta, disfrutar, irnos de vacaciones juntas. De todas formas, la verdad es que mi conciliación son mis padres, mi tía, mi familia... Combinar hijos y trabajo es muy complicado, aunque reconozco que como autónoma es más fácil que si trabajas por cuenta ajena».

La verdadera conciliación tanto de Maider como de Ainara fue la reducción de horarios. «Empezamos muy fuerte, trabajábamos todo el día, abríamos los sábados». Maider cuenta que dos días antes de que su hija naciera estaba haciendo manicuras en 'Kobido'.

«Nos lo tuvimos que plantear. No veíamos a nuestros hijos, nuestros padres tenían que ocuparse de ellos además había que pagar a una persona que les recogiera del cole... Decidimos abrir de 10 a 6 de la tarde y tener los fines de semana libres. Sé, los sabemos las dos que perdemos dinero, sobre todo los sábados, con las bodas, los maquillajes, pero había que elegir. Y mis hijas son mis hijas por mucho que deje de ganar dinero. Cuando crezcan ya veremos lo que hacemos porque de momento la cosa va bien».

Ahora que tiene la custodia compartida con el padre, las niñas pasan dos días en casa de uno y dos en la de otro. «Al principio parecía un poco locura, pero no verlas todos los días se hacía duro. Dos días a la semana que me toca recogerlas trabajo hasta las cuatro en vez de hasta las seis y me voy a buscarlas a la ikastola para darles de merendar, estar en el parque o hacer los deberes. Esas cosas. Una tarde están con mis padres porque a ellos les apetece».

Poder salir a las cuatro le resulta un ajetreo importante, además de que su hermana se queda como única responsable durante esas horas. «La verdad es que hay días en los que ni siquiera como para sacar trabajo adelante. Sin embargo, cuando mis niñas no están conmigo, meto más horas, empiezo antes y acabo más tarde».

Mari Lis madre y Mari Lis hija posan juntas en el parque. Es el paseo del mediodía, poco antes del aperitivo.
Mari Lis madre y Mari Lis hija posan juntas en el parque. Es el paseo del mediodía, poco antes del aperitivo. / Unanue

«Me moriría si dejo a mi madre en una residencia» Mari Lis Luján, Auxiliar geriátrica

Cuidó a sus dos hijos, José Luis y Javier cuando eran pequeños. Después, cuando fueron más mayores, comenzó a trabajar como auxiliar de geriatría, para dejar un día el trabajo remunerado en clínicas como Zorroaga y San Ignacio y cuidar a sus padres a todas horas. No había posibilidad de conciliar.

Su madre, Mari Lis empezaba a tener síntomas de Alzheimer o demencia senil y el padre, Valero, estaba preocupado por ella, temía morir y no poder cuidarla. Falleció antes que su mujer, hace diez años, víctima de un cáncer fulminante. Su mujer empeoró y ahora está bajo los cuidados de la hija, de una joven que está interna que se llama Laura y una vecina y familiar, Pilar.

Mari Lis, donostiarra, no podría vivir sin ellas. «Con Laura hemos acertado por fin, nos ha costado encontrar a la persona adecuada, pero es normal porque cuidar a personas mayores, en silla de ruedas exige una atención muy especial.

Porque su madre no puede estar sola, es cierto, pero Mari Lis trabaja, «ya ves lo que es la vida», cuidando a una mujer mayor todas las mañana. Sale hacia las 2.30 del mediodía y come una croqueta con su madre, Pilar y Laura en una terraza. Está convencida de que su madre es más feliz rodeada de gente a la que quiere que si está sola. Incluso le parece que no perdonaría ese aperitivo con croqueta y un poco de vino con mucha agua. Después vuelve a su casa, se ocupa de las tareas domésticas y regresa más tarde a la de su madre. O salen a la calle si hace buen tiempo.

Un día a la semana come con sus hijos, ya mayores e independizados, «porque si no, no los veo». Le da pena que no vayan a ver a la amama, pero no les convence que se acerquen aunque sea un momento. «¡Con lo que les quería y ellos a ella!. Y, ¡claro! de vez en cuando oye las quejas de su marido que es su segunda pareja, porque no tiene tiempo para estar con él. Las vacaciones son siempre unos días, «porque más de una semana es imposible faltar».

Es la única chica de la familia. «No puedo tirar de mis hermanos. Uno, el mayor, trabaja mucho y viene de vez en cuando. El otro vive en Andalucía. ¿Una residencia? ¿Para mi madre? Yo me moriría, ni loca. La gente me lo dice, siempre es lo mismo, que no se entera, que podría vivir más libre. Pero ella está acostumbrada a unos horarios, a su casa, a la gente. Creo que sentiría sensación de abandono».

Su madre cuidó a su abuela y cree que la responsabilidad es algo que se tramite de madres a hijas. No piensa parar. Se imagina paseando nietos... «Tengo muchas ganas», dice, mientras pide a su madre que abra los ojos para la foto. Ella los cierra enseguida, pero sí parece oírlas sentada en su silla de ruedas, con sus perlas y de peluquería.

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