«Pasé de no tomar alcohol a beber orujo blanco para empezar a funcionar»

Idoia es una de las mujeres de la comunidad 'Itxaro' de Proyecto Hombre, específica para los problemas con el alcohol y cada vez con más mujeres

Idoia, en la comunidad terapéutica de Proyecto Hombre. /Mikel Fraile
Idoia, en la comunidad terapéutica de Proyecto Hombre. / Mikel Fraile
Ana Vozmediano
ANA VOZMEDIANO

Llevaba una botella de whisky escondida debajo del sobaco cuando su padre le dijo que le diera un abrazo. Con el gesto, la botella cayó al suelo y se hizo añicos. Con aquellos cristales rotos acababa parte de su historia y empezaba otra muy diferente.

El día 19 de marzo de este año comenzaba su terapia en Proyecto Hombre, después de tantos tragos en soledad. Ocho meses después de ingresar en la comunidad terapéutica 'Itxaro' tras hacer el tratamiento ambulatorio previo, se siente una mujer distinta porque, entre otras cosas, ahora ve el sol sin una niebla gris perpetua que lo tapaba en su época más dura.

Esta mujer guipuzcoana, Idoia, (prefiere no dar su apellido), tiene 42 años, estudió Dietética y Nutrición y ha trabajado «desde siempre», sobre todo en hostelería. Los últimos años antes de ingresar vivió en casa de sus padres porque, reconoce, «estaba bastante mal». No le gustaba el alcohol salvo el vino bueno y siempre asociado a una comida o una cena. Pero, ¿cómo se pasa de tomar de vez en cuando un vaso de tinto a necesitar el orujo blanco que hay en casa de sus padres para levantarse y empezar a rodar?

«Nunca llegué a beber colonia ni cosas de esas, pero sí a coger cualquier tipo de bebida alcohólica que tuviera a mano. Mi vida siempre ha sido complicada, he vivido momentos muy bonitos, pero también situaciones amargas. ¿Sabes lo que pasó? Necesitaba pasar los malos tragos que me daba la vida y lo hice con el trago peor, con el alcohol».

Dice que 'Itxaro', la comunidad de Proyecto Hombre en la que lleva ocho meses, (la estancia media es de un año), le ha cambiado la vida. Pasa toda la semana allí, el viernes a la tarde vuelve a casa de sus padres y llega el lunes a las 9 de la mañana. «Aquí hago tareas, excursiones, nos juntamos para participar en los coloquios y hay reuniones multifamiliares una vez al mes. Todos los días no son iguales, pero me estoy quitando poco a poco esas capas que llevo en esta mochila tan pesada. He pasado por muchas cosas, incluso por malos tratos, pero siempre he querido llevar las riendas, nunca quise pedir ayuda a nadie y, al contrario, intenté aparentar que estaba bien. Pero no era cierto».

Ahora ha descartado el alcohol de su vida y dice que ni siquiera le importa que beban a su lado. Sin embargo, se aisló de sus amigos, vivió la tristeza que se palpaba en su casa, «porque aunque mi hermano y mi cuñada lo tenían claro, mis padres no se lo querían creer. Me lo dijeron tras el incidente de la botella». Cuenta que el sufrimiento se ha transformado ahora en alegría, que los fines de semana se junta toda la familia, va a la playa, pasea y disfruta, sobre todo, de que el dolor y la desesperación se hayan transformado en risas y buena comunicación».

Mujeres solas

Idoia es más joven que el perfil medio de las mujeres que acuden a Proyecto Hombre. «Soy la benjamina», sonríe. Ese perfil es el de una mujer de casi 54 años de clase media, con estudios y con trabajo. Bebe en soledad, tiene una relación con su estructura familiar muy deteriorada y una profunda sensación de soledad por una pareja rota y por el síndrome del nido vacío, ya que sus hijos han empezado a volar.

Hace 33 años nació Proyecto Hombre para atender a personas con adicciones a distintas sustancias, en un momento en el que la heroína campaba a sus anchas y en el que, como ocurre hoy, el alcohol era una droga social, aceptada e indispensable en cualquier celebración. Los terapeutas pronto se dieron cuenta de que era necesario que los problemas con vino, vodka o whisky exigían un itinerario y un tratamiento diferente. En 2004 se iniciaron los tratamientos ambulatorios y hace diez años se abrió la comunidad terapéutica 'Itxaro', en Hernani, para el tratamiento específico de la adicción al alcohol.

La especificidad de estas personas y sus diferencias con el resto de adicciones les ha dado la razón. Después de diez años de vida del centro terapéutico, la profesional Vanessa Barquillo, explicó que quienes acuden por el consumo de esta sustancia tienen más edad, normalmente un problema de soledad grave y como peculiaridad, cada vez hay más mujeres, que además suelen ser casadas o divorciadas con su propia familia y no solo con la de origen, como ocurre con los más jóvenes. «Hace tres años, de catorce usuarios que estaban en 'Itxaro' diez eran mujeres. Ahora se va nivelando con los varones».

Tampoco es frecuente que tengan un historial delictivo como ocurre con los adictos a otro tipo de drogas y están vinculados sobre todo con el tráfico, aunque también haya órdenes de alejamiento.

Desde 2008 se ha atendido a 192 personas, de las que 127 son hombres, pese a que el número de mujeres es creciente en los últimos años. El 61% recibió el alta, el 13,5% decidió abandonar, el 16,1% fue derivado a otros programas de Proyecto Hombre que se consideraron más adecuados para ellos y el 9,4%, a recursos externos como Osakidetza o Unidades de Psiquiatría debido a distintos problemas.

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