Las rederas, sin relevo generacional por la dureza de su labor

«Cuando trabajaba en el muelle de Donostia muchos me preguntaban si me había puesto ahí el Ayuntamiento como atrezzo», afirma la redera Edurne Salaberria

Edurne Salaberria, a la izquierda, con otras dos rederas en el Muelle de Donostia. /Grupo Delta
Edurne Salaberria, a la izquierda, con otras dos rederas en el Muelle de Donostia. / Grupo Delta
IGNACIO VILLAMERIEL

«¿Sabes cómo se te quedan los dedos cuando estás metido una hora en la piscina? Pues imagínate estar ocho horas al día trabajando con algo que está mojado. Las manos se van quedando hechas una mierda. Llegas a casa y justo se te han secado, y en un minuto bajo la ducha, otra vez las tienes como una pasa. Las uñas se te rompen». Son palabras de una de las últimas rederas que quedan en Gipuzkoa en activo, Edurne Salaberria.

Edurne tiene 50 años y es de Pasajes San Juan. «Empecé en esto con 15 porque no quise estudiar. «Mi padre tenía un barco y le dije que iba a aprender ‘de redera’, así que me apunté a corte y confección». El barco de su aita era de bajura, «para anchoa y bonito», y se llamaba Nueva Virgen de la Torre. «Es una virgen que hay en San Pedro, justo al lado de donde se coge la motora, y de ahí le viene el nombre al barco», explica la redera.

«Yo le arreglaba las redes a él y a otros barcos que había en San Juan y San Pedro. Pero ahora ya no hay ninguno de red, y de ahí que nuestro oficio esté en vías de desaparecer», se lamenta Edurne. «Los barcos van para abajo y el trabajo no está asegurado», y por ende, el sueldo mensual tampoco. «Hay días, por ejemplo, en los que no trabajamos porque la víspera acabamos de repasar una red y, hasta que no entre otra, hay un in-pass en el que no tenemos curro», explica.

«Y no sólo eso, sino que prácticamente todo el verano estuvimos sin trabajar porque los barcos estaban en el bonito, en la mar, y por tanto no había redes para reparar». Y si no hay redes, lógicamente no hay ingresos. «Nosotras cobramos por hora trabajada, y si no hay trabajo...», deja en suspenso la frase. Al fin sentencia: «Somos autónomas y no tenemos la seguridad de un sueldo fijo».

Edurne trabaja en la actualidad en el puerto de Hondarribia. «Ahora estamos 18 porque han entrado dos nuevas, una porque tiene hijos pequeños y dice: ‘antes de no tener nada, mejor esto’. La otra porque tiene el marido pescador y los chicos más o menos criados y se quiere sacar unos euritos».

Las rederas de Hondarribia han conformado una comunidad de bienes. «En puertos como Orio o Getaria creo que funcionan de otra manera», sostiene.

El día a día depende de la temporada. «En invierno los barcos empiezan a parar porque no hay tanto pescado. Entonces vamos todos los días al puerto y metemos siete u ocho horas renovando redes». Los trozos que están mal los quitan «y metemos otros nuevos». «Y lo mismo con los corchos», apostilla.

En invierno, por tanto, sí que tienen «más o menos» asegurado el trabajo casi todos los días. «Cuando llega la temporada de la anchoa (de la ardora, como decimos nosotras), de repente nos puede sonar el móvil a las seis de la mañana. Nos avisan de que un barco ha roto las redes y tenemos que ir al puerto a toda prisa», relata Salaberria. «Así que aunque no tuviésemos previsto trabajar ese día, tenemos que dejar todos los planes y acudir», explica. «Sin saber a qué hora vamos a terminar».

En el puerto de Hondarribia están situadas en Kaiberria, «en la zona nueva del puerto, donde está la cofradía de pescadores». Ellas trabajan en un local, «pero estamos entre pescados, entre hielo y entre todo», afirma con cierto tono de amargura. Pero busca sacarle el punto positivo al asunto: «Al menos hoy en día estamos bajo techo, antes trabajábamos al aire libre. En invierno también», rememora.

Aunque en ese instante se acuerda de algo y exclama: «Bueno, de hecho, en Orio y Getaria siguen en el exterior. Ya sea con lluvia, con un sol de justicia, o con las condiciones que haya cuando el barco entra. Aunque suelen poner una especie de carpa».

Edurne lleva los últimos ocho años trabajando de redera en Hondarribia, pero anteriormente trabajó también en el muelle de Donostia. «Muchos nos preguntaban si nos había puesto allí el Ayuntamiento a modo de atrezzo. Les parecía tan curiosa nuestra estampa que nos preguntaban, y yo les contestaba: ojalá».

Pese a los sinsabores del oficio, las rederas también tienen ocasión de pasárselo bien. «Tenemos una asociación a nivel de Euskadi y hacemos una reunión y una comida anual para poder conseguir ayudas y que se nos vea un poco, porque la gente no sabe ni que existimos». En esas reuniones determinan cuánto cobrar a los barcos, por ejemplo, además de aprovechar la ocasión para «conocernos un poco más entre nosotras». Es la Asociación de rederas y neskatillas de Euskadi y se reúnen siempre el último fin de semana de enero. «En Gipuzkoa ya no quedan neskatillas, hace años sí que había pero hace tiempo que desapareció la última en activo». Ellas se encargaban de clasificar y empaquetar el pescado, «un trabajo también muy duro».

Sin relevo generacional

Precisamente la dureza de su labor está haciendo que las mujeres del sector pesquero no tengan relevo generacional. De hecho, un reciente estudio de la UPV afirma que las rederas, empacadoras y neskatilas de Euskadi no tienen relevo porque desempeñan trabajos «muy duros físicamente» y con condiciones laborales «muy precarias».

La investigadora de la UPV Patricia Martínez destaca que las contribuciones de las trabajadoras de la pesca han sido «inagotables, tanto a nivel productivo como de sostenimiento de sus comunidades» y «a pesar de ello, han sido muy pocas veces reconocidas».

Tras conocer este estudio, la empresa gráfica donostiarra Grupo Delta dedica a las rederas guipuzcoanas las fotos de su calendario 2018, entre las que se encuentra Edurne Salaberria.

«Anécdotas tengo muchas porque mi aita es pescador, mi hermano también», afirma Edurne sin saber por cuál empezar. «Si la red viene empapada de agua, imagínate cómo terminas tú de calada. La humedad que tenemos es tremenda. Aún así afirma que le gusta su trabajo. «Es bonito», valora. «Dentro de la dureza está bien».

En cuanto a los peros, lo que menos le gusta a Edurne no es ni el frío, ni el agua, ni el olor. «Lo peor es no saber si al día siguiente tienes que trabajar o no». Esa incertidumbre de no poder hacer un plan «porque lo mismo me llaman para ir de madrugada que a las tres de la tarde». En conclusión, «que no tenemos trabajo, pero tampoco podemos aprovechar el día».

Y la siguiente pregunta es obligatoria. ¿A cuánto asciende el jornal de las rederas? Edurne contesta sin titubear, como quien ha explicado muchas veces una pregunta incómoda. «Si trabajáramos todos días la jornada completa nos sacaríamos unos mil euros», pero a continuación aclara. «Lo malo es que eso no se da nunca».

Para más inri, «con el paso de los años cada vez trabajamos menos porque las redes son mejores que antes y los barcos están mejor preparados». Este año, sin ir más lejos, «hemos estado casi cinco meses sin trabajar, o haciéndolo sólo dos o tres días al mes».

Ante semejante precariedad laboral, Edurne se pronuncia: «No sé cuánto tiempo le auguro a este oficio. Por un lado, para que los barcos vayan a la mar necesitan redes, así que lo que duren los barcos...», considera. «El problema es que los arrantzales se van jubilando y tampoco tienen relevo generacional». Aún así, esta veterana redera prefiere no perder del todo el optimismo, «mientras no desaparezca el último barco, no desaparecerá la última redera vasca».

Pero concluye con una reflexión poco halagüeña. «Muchas veces nos preguntamos entre nosotras si nos jubilaremos de esto. Y, sinceramente, yo no sé si terminaré mi vida laboral ‘en la red’, porque aquí estamos como en la funeraria, las 24 horas de guardia, así que si no nos pagan algo como base no nos sale rentable».

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