Emergencias en Gipuzkoa: Bomberos

Un turno con los Bomberos de San Sebastián

De desencarcelaciones todos los fines de semana a un par al año: así ha cambiado la profesión de bombero en las últimas dos décadas

Beatriz Campuzano
BEATRIZ CAMPUZANO

Son las tres y media de la tarde, el turno ha comenzado a las dos en punto y, después de revisar el material, a los dieciséis bomberos del parque de San Sebastián les toca entrenarse. Las bolsas, las cámaras de aire y las hachas están en su sitio. Los trajes y los neoprenos cuelgan de los percheros individuales y las botas están justo debajo. Nunca saben cuándo pueden recibir un aviso y los retrasos no se conciben. Los Bomberos de San Sebastián tienen claro quién es su jefe. «Los ciudadanos», se apresura a decir Asier Habans, cabo de la brigada del turno de hoy. Entrenan a diario, llevan una vida de deportista de élite, pero «sin cobrar como los futbolistas», bromea este bombero de 45 años de edad.

Es la primera práctica del día. A los bomberos les toca escalar, repasar nudos y quitar y poner anclajes. Tres hombres se disponen a bajar por la pared de la torre de ocho metros que tienen en el parque. A cada paso que dan suenan los mosquetones. Suben por las escaleras y echan las cuerdas. Dos arriba y uno abajo. Dos sujetan y uno baja. Rapela y diez segundos más tarde toca el suelo. Mientras, el resto repasa con otras cuerdas los tipos de nudos. Se ponen en situación y repiten, una y otra vez, los casos en los que el error puede salir más caro. Habans supervisa y añade que «es importante que haya una compenetración en la brigada. Un anclaje mal puesto le puede costar la vida a un compañero». El resto de bomberos sigue con sus rutinas mientras Habans pasea por el parque, entra en una sala, se sienta y señala «aquí es donde damos las formaciones».

En la sala hay un nido y medio de avispa asiática. Es blanca y está llena de mesas y pupitres. En el fondo, en una pizarra, aún quedan los restos de la última clase. Un dibujo de una pirámide, algunas palabras en los laterales y un 'O2'. En el parque de Bomberos de San Sebastián trabajan 120 personas. Por un lado, está el departamento que se encarga de la parte operativa -los bomberos- en el que coinciden cien efectivos y, por otro, la parte técnica, responsable de las labores de prevención.

Corpulento, fuerte y con un destello en la mirada cuando habla de su oficio, Asier Habans ya no es un aprendiz. Es cabo y conoce al detalle los entresijos de este trabajo que es su pasión. Sus 22 años en la brigada le han dado la experiencia suficiente para poder ser la voz cantante y gestionar un equipo. Está orgulloso porque son «bomberos de Champions». Ríe. Detrás de la broma se esconde una verdad. El parque de Bomberos de San Sebastián es una referencia en Euskadi «por la actitud de sus activos, por su capacidad de mejora y por improvisar en función de la situación con las herramientas de las que disponen», detalla Habans.

Asier Habans posa en el parque de Bomberos de San Sebastián.

Saben cada día a qué hora es la marea alta y tienen apuntado en rojo en el calendario las fechas en las que hay «más boletos de que pase algo». Esos días en los que hay mayor probabilidad son Semana Grande, Noche Vieja o la noche de San Juan. Si en «un día normal puede haber seis o siete actuaciones, hay turnos en los que tenemos treinta y cinco» asegura. De pronto una sirena comienza a sonar. Habans interrumpe la conversación. Instintivamente mira a las luces encima de la puerta. «Es blanca, es una salida técnica», se apresura a decir. Al segundo una voz llama a los bomberos a sus puestos. Un árbol se ha caído. «El miedo y la tensión siguen siendo los mismos que el primer día», confiesa Habans. Desde el parpadeo y la llamada sólo tardan un minuto en dejar lo que estuvieran haciendo, coger su traje y subir al camión. «Siempre tenemos todo el material preparado en los vehículos», explica este bombero. No se levanta de la silla porque a esta salida no tiene que ir. Irán sus compañeros.

Consideran que la suya no es una profesión de riesgo, pero sortean los peligros constantemente. Lo hacen con gran habilidad. No cabe el error y lo saben. Actúan bajo presión. Toman decisiones en segundos y retrasarse puede ser cuestión de vida o muerte. Para la víctima y para ellos. Casi todos los bomberos del parque lo son por vocación. A Habans le picó el gusanillo con ocho años cuando presenció cómo los profesionales le abrieron la puerta de su casa. Diez años más tarde, el gusanillo no sólo seguía allí, sino que había crecido. Decidió formarse para entrar en el cuerpo de Bomberos y lo consiguió.

En el camión, cada uno su sitio

En el camión, Habans se sienta delante. Es el copiloto y el que recibe las instrucciones por radio. Con la información en mente y mientras se coloca el material, Habans se da la vuelta y explica a los cuatro bomberos que le acompañan qué puesto van a ocupar. Escuchan y asienten. Pero en esos seis minutos que pueden tardar en llegar al lugar de los hechos caben las conversaciones distendidas que terminan en bromas. «Es nuestra manera de relajarnos, de rebajar el nivel de tensión. Tenemos que llegar tranquilos y mantener la calma», se justifica. La vuelta, sin embargo, no tiene nada que ver. Están exhaustos. No hablan, no comparten lo que acaban de presenciar y se lo guardan para ellos. «Después de llevar 40 kilos encima, no te puedes ni mover».

Al año, el cuerpo de Bomberos de San Sebastián atiende unas 2.300 intervenciones. En su mayoría suelen ser escapes de gas, pérdidas de llaves, fuegos menores en domicilios, caídas de ramas o como ellos dicen «salidas rutinarias». El 90% de las salidas son de ese carácter, el resto son palabra mayores. Por ejemplo, los rescates en altura y en el mar requieren gran pericia. Es necesario vigilar las olas y las corrientes. Habans reconoce que tradicionalmente se les llama cuando no se sabe quién puede ayudar en una emergencia. «Estamos encantados. Entendemos que la emergencia es algo subjetivo, para una persona puede ser algo dramático y para otra no. Ante la duda, siempre es mejor llamar», aclara.

El parque de Bomberos de San Sebastián tiene forma de ele. Se ve desde la carretera y los vecinos se enteran de cada salida. Situado en una explanada de Intxaurrondo Sur que está limitada por el paseo de Otxoki, la rotonda de Garbera y el vial de acceso por el este a la variante de Donostia, en el interior del edificio hay oficinas y despachos, vestuarios, aseos, botiquín, comedor y gimnasio. Pasear por las instalaciones del exterior es hacer todo un recorrido por las actuaciones que suelen atender a diario. Coches inutilizados, una torre de seis plantas para estas prácticas, galería de entrenamiento y hasta un helipuerto.

Ser bombero en el siglo XXI

No les cuesta caminar a oscuras en medio del humo, saben cómo tranquilizar a una persona que se encuentra superada por la situación, se enfrentan a las avispas asiáticas con frecuencia y las desencarcelaciones han pasado de ser el pan de cada día a ser casi una excepción. La profesión de bombero no es la misma que hace veinte años. «Nos hemos profesionalizado, las dinámicas de trabajo no son las mismas y somos cada día mejores», compara el cabo. «Antes los bomberos eran albañiles, electricistas, carpinteros y ahora tenemos ingenieros o arquitectos. El nivel de formación es espectacular, de hecho hoy en día no hacemos casi daños en las estructuras», sentencia.

«El terrorismo nos hizo expertos en fuego» Asier Habans, bombero

Aunque en los últimos diez años el número de intervenciones se mantiene estable la tipología no tiene nada que ver. Hace veinte años, debido al terrorismo, atendían muchas llamadas por fuego. «Somos especialistas en fuego porque antes se quemaban muchos autobuses y cajeros. Hoy, sin embargo, el número de fuegos se ha reducido debido también a las mejoras en prevención». En cuanto a las desencarcelaciones la tendencia ha sido similar a la de los fuegos. «Hemos pasado de desencarcelaciones todos los fines de semana, sobre todo en verano, a no tener más que un par al año», reconoce Habans. Y es que el tipo de coches, el carné de puntos y la educación vial han hecho que se reduzcan los accidentes en los que se requiere a los Bomberos.

Los efectivos de este parque no son jóvenes de edad, pero sí de mente y cuerpo. Tienen entre 40 y 50 años y aún así siguen sintiendo la misma adrenalina en cada intervención. Conscientes de que necesitan un relevo generacional, Habans se muestra entusiasmado con los opositores que en unos meses formarán parte de este equipo. «Después de diez años por fin van a entrar bomberos nuevos. Aquí les enseñaremos a ser buenos bomberos porque nadie nace sabiendo».

Salida laboral

Uno de esos aspirantes es Aitor Álvarez Ortiz. A sus 28 años tiene claro lo que quiere y por eso lleva cuatro años estudiando. Lo veía como «una salida laboral muy buena, pero además un compañero de Ingeniería hizo una oposición y se metió en este mundo. Me empezó a contar y cada vez me fue gustando más. Ahora mi mentalidad ha cambiado y es mi vocación», se enorgullece. Es consciente de que «un bombero no puede ser rescatado; hay que ser parte de la solución y no del problema». Álvarez ha entrenado duro para que en su expediente figuren todos los carnets de vehículos, el de patrón de barco, los cursos de primeros auxilios y salvamento acuático, entre otros. Ese sacrificio se vio recompesado el día que sonó el teléfono y le llamaron para trabajar por primera vez. «Es duro hacer cosas y no saber ni para qué. Pero una vez que lo consigues merece mucho la pena», se sincera este bombero que sueña con poder ser un integrante más de la brigada.

Veinticuatro horas después en el Parque de San Sebastián el turno termina. Apenas han descansado porque varios avisos les han hecho levantarse de la cama y enfudarse el traje de trabajo. Sólo han tenido unas horas libres por la tarde despúes de los entrenamientos y antes de la cena. El desayuno, a las siete, les ha ayudado a recobrar las fuerzas perdidas durante noche. Han vuelto a ejercitarse, se han duchado y se han ido a sus casas. Volverán en 48 horas. Puede que entonces tengan más suerte y escuchen, con menos frecuencia, la sirena.

Dos nuevos camiones y una autoescala

Los bomberos son conscientes de lo que cuestan pero saben que ha evolucionado la calidad del servicio en los últimos veinte años y eso en parte es «gracias al Ayuntamiento que en este tiempo ha realizado cambios. Se ha modernizado la dinámica, se han mantenido los efectivos en tiempos de crisis y este año se ha hecho una oposición. Esto es muy positivo». Su satisfación va a más al saber que dentro de muy poco tiempo dispondrán de dos nuevos camiones y una autoescala de 42 metros. «Los camiones cuestan 1,2 millones de euros y la autoescala algo más de 800.000, pero ¿cuánto dinero vale que todas las personas que viven en San Sebastián por encima de una octava planta sepan que podemos rescatarles si hay que sacarles algún día por la ventana?», se pregunta. La respuesta es clara.

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