Emergencias en Gipuzkoa: Ambulancias

Cuando auxiliar es una vocación

Dos voluntarios de la DYA relatan su día a día en la ambulancia, cuáles son las emergencias que más se repiten y a las que nunca les gusta ir

BEATRIZ CAMPUZANO

Persona mayor, disnea y en domicilio. Imanol Ruiz y Nerea Casado tienen claro cuál es la emergencia más habitual en San Sebastián. No dudan al responder y lo hacen de forma clara y precisa. Son dos voluntarios de 27 y 20 años que han convertido su 'hobby' en profesión. Integran la red de voluntarios con los que cuenta la DYA de Gipuzkoa en las ambulancias de soporte vital básico. Están de apoyo y cuando SOS Deiak solicita técnicos de emergencias, son de los primeros en llegar. El proceso siempre es el mismo: primero, «ponen orden en la escena y si fuera necesario, solicitan a la UVI móvil de refuerzo», aclara Ruiz, que lleva once años regalando su tiempo libre a quien lo necesite.

De estatura media y pelo castaño, Imanol Ruiz sonríe al recordar cómo fue su primer día. «Estaba nervioso y eso que era el tercero del equipo, pero aun así sientes algo dentro. Quieres tener más avisos», relata. La historia de Casado no tiene nada que ver con la de Ruiz. Sus primeras horas como voluntaria coincidieron con la Behobia-San Sebastián. Sentada en uno de los sofás de la unidad de Amara, Casado todavía recuerda cómo le preguntaba el día de su estreno al conductor de la ambulancia '¿cuándo se ponen las luces?'. La impaciencia, el ansia por poder ayudar, le llevaron a formular en repetidas ocasiones esa pregunta a la que su mentor le respondió: «todavía no había pasado nada, tranquila». La suerte, el destino o la casualidad hizo que aquel domingo conociera a su compañero Imanol Ruiz con quien comparte la mayoría de las guardias.

Nerea Casado lleva cuatro años como voluntaria de la DYA pero todavía nota «un pellizco» cuando el 'walkie-talkie' emite un sonido. «Nunca dejas de aprender y siempre hay que saber cómo responder en función de la situación. Aunque es verdad que de lo que te dicen a lo que realmente es existen diferencias», admite la joven. La amistad que une a los voluntarios fortalece la red que han tejido entre ellos. Son la «secta amarilla», bromean. «Estamos hechos de otra pasta, nos tira el mundo de la emergencia hasta el punto que nos hemos llegado a comprar unas botas mejores o un cinturón más cómodo para cuando estamos trabajando. La emergencia te atrapa», sentencia, orgulloso, Ruiz.

Interior de la ambulancia / LUSA

Los turnos

Los turnos dependen principalmente de la disponibilidad de los voluntarios. «No tiene el mismo tiempo libre una persona que trabaja, que un estudiante, que un jubilado», matiza Ruiz. No obstante, lo mínimo que establece la DYA para hacer los voluntariados es de 24 horas de servicio al año y haber cumplimentado un curso de formación relacionada con la atención sanitaria. Los turnos se dividen de forma que todo el día esté cubierto. El primer turno empieza a las nueve de la mañana y se prolonga hasta las dos del mediodía. El siguiente relevo se produce a las dos del mediodia y llega hasta las 22 horas. El último, el de la noche, es el más largo y abarca desde las 22 horas hasta las nueve de la mañana.

Nunca saben lo que se pueden encontrar cuando el 'walkie-talkie' empieza a vibrar. Sentados en un sofá de la sede de la DYA en Amara, Imanol Ruiz relata que una vez en la misma guardia tuvo que atender a «dos franceses que se habían caído por la barandilla de la Concha. Fue la misma noche pero en diferentes salidas. La razón era la misma, iban borrachos». Lamenta las actuaciones nocturnas por embriaguez y más cuando se trata de menores. «Cuando se ha activado el sistema de emergencia por un menor siempre hay que dejarlo con un responsable y por tanto se les lleva al hospital para que vengan sus padres a recogerlo. La mayoría de los casos suelen ser intoxicaciones leves, en realidad, de gravedad solo son una de cada cien», narra Imanol Ruiz, quien se muestra cada vez más reacio a cubrir el turno del sábado noche, cuando una ambulancia puede recibir ocho llamadas en once horas.

«Puede pasar de todo y a cualquier hora, pero dependiendo de las horas sabemos, más o menos, qué nos podemos esperar. Un sábado a la tarde sabemos que habrá esguinces, mareos, niños que se han caído en el parque... y por la noche la emergencia cambia. Tenemos intoxicaciones, peleas y cortes. Un domingo, sin embargo, hay más probabilidad de tener que ir a una iglesia a atender a una persona mayor que se ha desmayado o alguien que se ha caído en un mercadillo», relata Casado. Las emergencias también dependen de los meses: «en enero, no hay tantos servicios, pero cuando se acerca el buen tiempo aumenta el número de carreras ciclistas, vaquillas, fiestas de pueblos y eso se nota». Y en agosto, en pleno verano, la «playa da mucha guerra». Cada vez hay más traslados y se atiende a muchos turistas. Esas son las atenciones habituales, las que forman parte de su rutina. Pero siempre hay avisos nuevos y «cada caso es único e irrepetible», sentencia la joven.

Las emergencias no son a la carta

Una sociedad cada vez más mayor

Cada día hay menos accidentes, pero «de vez en cuando pasa». Cuando los voluntarios van en la ambulancia van recabando información y lo primero que tienen que saber es a qué van y dónde está esa calle. Luego ya se ponen a cantar para rebajar la tensión hasta que llegan al lugar. Al bajar de la ambulancia, se vuelven a concentrar, el sanitario coge la bolsa de ataque y el conductor, el resto.

La escena se repite casi a diario y es que la mayoría de los avisos que reciben en el día a día son de personas con disnea. Otras, sin embargo, solo necesitan que «se les haga caso». A los dos voluntarios les alarma ver que cada día hay más personas mayores en situación de mucha soledad. «No solo porque no tengan una atención adecuada, sino porque se caen y ¿cómo avisan de lo que les ha pasado? Incluso teniendo el botón a veces no lo usan por no molestar», se lamentan. Lo que más cubren son servicios preventivos, pero los fines de semana surgen muchas más atenciones que entre semana.

Del nerviosismo de la gente al humor como vía de escape

La pérdida de información por el camino, el nerviosismo de la gente y las inclemencias metereológicas son algunos de las contrariedades que tienen que sortear. Atender a un menor es más complicado. Por partida doble porque «hay que sacarle información y no suelen saber explicar lo que les pasa y además porque sus padres están encima de ellos y nerviosos. Hay que batallar en muchos frentes», dice Imanol Ruiz. «Los nervios llevan a la gente a actuar de manera muy rara. Una vez atendimos una llamada de un hombre que se había hecho un corte en la mano, o eso nos dijeron por teléfono. La realidad sobre el terreno era otra. Cuando llegamos nos encontramos que el hombre se había cogido un taxi y se había ido al hospital porque se había cortado el dedo y había dejado una parte en el restaurante», cuenta Ruiz.

Llegan a un domicilio y no saben a qué se van a enfrentar. «Da respeto. No es lo mismo la calle que las casas», admite Nerea Casado. No conocen a la persona ni saben cómo va a ser la casa, por eso, «anteponen siempre su seguridad. Si hay que dejar el material, se deja, y ante cualquier síntoma de peligro saben que tienen que dejar la puerta abierta y mantenerse alejados de la cocina». Insultos se han llevado unos cuantos y han vivido situaciones de tensión en los que la víctima se ha puesto agresiva y no les ha quedado más remedio que llamar a una patrulla de la Policía Municipal. Imanol Ruiz se pone pensativo y, de repente, recuerda la última situación complicada. «Nos empezó a pegar la víctima», exclama. «El hombre se cayó por unas escaleras y, al principio, parecía que estaba bien, que solo tenía un golpe en la cabeza pero nada de gravedad. El problema fue cuando en el momento de pasarlo a la camilla empezó a darnos golpes y tuvimos que pedir ayuda».

Para poder sobrellevar los momentos de tensión a los que tienen que hacer frente, Imanol Ruiz y Nerea Casado recurren al humor. Dicen que es «necesario porque si no, no podríamos salir adelante». Al acabar la emergencia «sí que comentamos la actuación, pero enseguida cambiamos el tema», aclara Casado.

Las emergencia que no les gustaría atender

Ver situaciones complicadas no es, para estos dos voluntarios, lo más duro. «Hemos visto de todo». Casado reconoce haber llorado con alguna emergencia. Aguanta en el momento pero a la vuelta llora. Rememora un 5 de enero cuando recibieron un aviso para atender a un técnico que estaba limpiando una bodega y se cayó. Para entrar en el barco tuvieron que hacerlo subidos dentro de una cesta de una grúa. El tiempo no acompañaba: viento y lluvia. Sin atar y llorando y agarrados por el miedo. «Pero mereció la pena», asegura la voluntaria.

Imanol Ruiz y Nerea Casado tienen claro cuál es la emergencia a la que no les gustaría ir jamás. Responden al unisono: «a la de un familiar o un amigo porque no das pie con bola. Por mucho que sepas lo que tienes que hacer cuesta mucho concentrarse», admite el voluntario. Habla con conocimiento de causa pues en una ocasión tuvo que atender a su madre.

A la espera de que el 'walkie-talkie' vuelva a vibrar los dos voluntarios de la DYA siguen con su rutina. Repasan el material de la ambulancia, se cercioran de que no falte nada para que la próxima vez que un ciudadano les necesite puedan llegar en el menor tiempo posible.

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