Emergencias en Gipuzkoa: Policía Municipal

La noche donostiarra, desde dentro de una patrulla de la Guardia Municipal

Controles de alcohol y drogas, detención de vehículos por exceso de pasajeros y vigilancia de botellones. Recorremos las calles de San Sebastián de la mano de una patrulla de la Guardia Municipal para conocer cómo trabajan para preservar la seguridad ciudadana

Beatriz Campuzano
BEATRIZ CAMPUZANO

¿Es una profesión de riesgo? «Sí». Gorka es rotundo. Hace una pausa y añade «pero tenemos las herramientas para prevenir que pasen cosas». Es uno de los policías de la Guardia Municipal de San Sebastián que vela por que no se produzcan incidentes. «Parece que hoy va a estar tranquilo», avisa antes de montarse en el coche. Son las diez de la noche y comienza el turno.

Oscuridad y silencio. Solo las luces del coche de la patrulla 47 de la Guardia Municipal iluminan el sendero que conduce a lo alto del Monte Urgull. Es viernes pero parece sábado. Hace bueno, todo lo bueno que puede hacer en junio en San Sebastián. Los sonidos de la radio y el paso de las ruedas por las piedras interrumpen la calma. El vehículo híbrido se detiene y Gorka e Iker se quitan el cinturón, buscan las linternas y cogen sus gorras. Caminan y suben los peldaños que llevan hasta el Sagrado Corazón. De pronto, escuchan unas conversaciones. Son ingleses. Los municipales se acercan e invitan a los jóvenes a abandonar el parque «porque ya está cerrado». Los extranjeros se disculpan y se van. Los uniformados siguen recorriendo la explanada, cierran puertas y ponen candados. Por cada puerta cerrada dan un aviso. «Cerrar los parques públicos de la ciudad es una de las cosas que tenemos que hacer en el turno de noche. Son lugares oscuros y por lo tanto más propensos a que pasen cosas, no pueden estar abiertos», explica Iker, oficial de primera.

De un metro noventa, pelo oscuro y paso firme, este guardia municipal conoce bien el cuerpo. Lleva desde el 2003 ejerciendo y se muestra orgulloso de su labor. «Nos encargamos de la seguridad ciudadana, realizamos muchas labores de prevención», matiza. Es uno de los cerca de treinta policías municipales que durante la elaboración de este reportaje están a pie de calle inspeccionando todos los rincones de la ciudad. Evitan robos y con solo pasar por determinadas calles de la Parte Vieja ahuyentan el tráfico de drogas. Son los ojos que todo lo ven. Pero también son ayuda.

Avanza la noche. Las nuben van y vienen y comienzan a caer las primeras gotas. El monte Urgull está cerrado y ahora toca controlar los voladizos de La Concha, el Muelle y la plaza Zuloaga. Este binomio es el ejemplo perfecto de la complicidad entre compañeros. Saben cómo actúa cada uno, cuáles son sus puntos fuertes, los débiles, y confían el uno en el otro. «Es quien me cubre las espaldas si la situación se pone tensa», añade Iker. Apenas tardan unos minutos en aparcar el coche cerca de la playa de La Concha. La tranquilidad se ha quedado atrás y aparece el bullicio. Algunas calles están repletas de jóvenes que buscan un bar en el que acompasar los primeros pasos de baile de la noche. Quieren celebrar que las horas de estudio han llegado a su fin. La Selectividad ha terminado y tienen mucha energía para derrochar. Iker y Gorka caminan por el paseo de La Concha, llaman la atención a unos jóvenes que han improvisado un campo de juego y el balón rebota una y otra vez contra la barandilla e interrumpe el paso de los viandantes. Los cuatro chicos lo entienden y se mueven a otra zona del paseo donde no molestan. Los policías siguen su camino. Siempre atentos a lo que ocurre a su alrededor, hablan de lo que supone patrullar de noche y de los riesgos que conlleva su profesión. «No es lo mismo en invierno que en verano ni un día entre semana que un festivo. Los fines de semana son mucho más dinámicos. Sin embargo, un martes de febrero a las cinco de la mañana la persona que esté en la calle y que no sea un trabajador es por algo. A veces no te das ni cuenta pero solo con estar patrullando ya puedes evitar un robo. En verano, es diferente porque hay mucha más gente», detalla Iker.

Llegan a los relojes y el vocerío se hace cada vez más fuerte. Bajan por la cuesta que termina en los voladizos e inspeccionan el botellón. Prestan especial atención a que no haya menores. Piden el documento nacional de identidad a dos chicas y como son mayores de edad desde hace un mes les dejan seguir. «A los mayores de edad se les deja hacer botellón siempre y cuando no estén generando molestia. La cosa cambia si son menores. A estos se les identifica, se les retira el material y se informa a los padres», explica Iker. Recorren los doscientos metros y suben por las escaleras más cercanas a la Perla.

-¿Qué se ve de noche?

-De todo. Todo lo que puedes ver de día más drogas, alcohol y peleas. La heroína ha vuelto a estar de moda. Y lo preocupante es que las generaciones de ahora no han visto a gente tirada en la calle. Hubo una época en la que la heroína pasó a un plano secundario pero ha vuelto.

Continúan paseando. Calle arriba, calle abajo. Cada vez hay más gente, más ruido pero el tiempo ha dado una tregua. No llueve. Este binomio, que esta noche se encarga de vigilar la zona oeste de la ciudad, es decir, desde el río hasta el Antiguo, sigue con su cometido diario. «Todas las noches tenemos una lista de servicios que hay que hacer y luego vamos atendiendo las llamadas que vayan surgiendo. Por la noche, tenemos que controlar los asentamientos, la venta ambulante, graffitis, depósito de basuras y asegurarnos de que los mendigos sepan que pueden ir a determinados centros a pasar la noche», repasa Iker.

-¿Qué es lo que más os gusta de vuestra profesión?

-Volver a casa por la mañana después de haber hecho bien el trabajo. Nos jugamos la vida, hay peleas, atracos y nunca sabes cómo puede reaccionar una persona. Tratamos con todo el abanico de personalidades que existen, entramos en contacto físico con personas que no sabemos si tienen o no algún tipo de enfermedad y por la noche, la combinación de alcohol y drogas vuelve agresiva a la gente.

De camino al vehículo se topan con unos compañeros. Se saludan brevemente, se cuentan lo que han visto y a dónde se dirigen. Apenas son unos minutos en los que se intercambian información. Más tarde, Iker explica que son policías de paisano y que van como medida de protección a la salida del trabajo de una mujer maltratada que tiene una orden de alejamiento. Gorka arranca el coche y una voz al otro lado de la radio detiene la charla. «Han parado a un vehículo en el que iban once personas, hay dos patrullas en el lugar pero nos tenemos que acercar porque son once y los compañeros, cuatro. No sabemos si se pueden poner agresivos o cómo pueden reaccionar y vamos a proporcionales ayuda», explica Iker. Al llegar, al paseo de La Concha número 6, dos patrullas de la policía verifican los datos del conductor, le realizan un control de alcoholemia y le informan de la multa que tiene que abonar. El resto de ocupantes del vehículo espera en la acera. Bromean y se sacan fotos.

Son las primeras horas del sábado. Parece que el tiempo aguanta y el ambiente festivo sigue calando en la calles. «Vamos a acercanos con el coche al Antiguo para realizar el control de bares y de zonas conflictivas», explica Iker. Antes de arrancar el motor del Toyota Auris, Iker dedica unos segundos a analizar las incidencias, denuncias y servicios que han entrado en el sistema. Lo hace en una de las pantallas del salpicadero, que en realidad es un ordenador. «Está conectada -la pantalla- a la base de datos y podemos ver la misma información que desde la central. Por ejemplo, personas que están en busca y captura, sospechosos, vehículos robados, denuncias por ruidos, coches aparcados en zona de residentes, etc. Es muy útil para saber en todo momento qué pasa en San Sebastián y dónde están las diferentes patrullas», cuenta Iker. Y es que el coche cuenta con la última tecnología. Desde un puente policial, con panel doble de mensajes, abatible, con posibilidad de al menos 200 mensajes programables por el usuario; dos linternas, con sus correspondientes cargadores; equipos de transmisores para soportar las comunicaciones de la radio; hasta un cargador cuna para los equipos de radio portátiles.

En la calle Escolta Real pequeños grupos de personas entran y salen de un establecimiento. Desde el coche, Gorka no quita la vista a la carretera, va pendiente de la gente y cuando algo le llama la atención, mira por los retrovisores. Se asegura de que todo está en orden. «Se revisan los alrededores de cientos de bares que a veces pueden dar problemas por las personas que los frecuentan. Tenemos una lista y nos los repartimos con la Ertzaintza», relata Gorka. Con el hecho de que hablen ya es suficiente, invitas a la gente a salir. «La clave es mano izquierda y paciencia».

Aparte de las tareas rutinarias también tienen que atender los requerimientos de los ciudadanos que marcan el 092. «La gente llama a la Policía cuando hay algo que no es normal ya sea peleas, robos, molestias, gente borracha... Todos los días tenemos llamadas de vecinos quejándose ya sea por el ruido o por perros abandonados», explica Iker.

-¿Qué se os pasa por la cabeza cuando vais a una llamada?

-Depende de cómo sea. No es lo mismo ir a un robo que a pedirle a un vecino que baje la música.

-Pongamos que es una situación de tensión. Un robo con arma blanca, por ejemplo.

-Vamos pensando en cómo podemos proceder de la mejor manera posible. Hablamos de cómo va a actuar cada uno y el copiloto contacta con la central para intentar recabar el máximo de información para saber a qué nos atenemos y mientras le va cantando al conductor los cruces para evitar accidentes.

Ahora ya tienen experiencia. Llevan años en el cuerpo y han vivido situaciones muy dispares. Reconocen que lo más difícil es atender una llamada por gritos, estar oyéndolos y no saber de dónde vienen. «Tienes que ir puerta por puerta para encontrar a la persona que pide auxilio», añade Jon. Han pasado quince años desde su primer día. Entonces, intentaba seguir a rajatabla todo lo que le enseñaron en la academia, pero «luego te das cuenta que hay que aplicar lo aprendido a la situación». Ha pasado miedo y no tiene reparo en admitirlo. «Se viven momentos de tensión y adrenalina. Una vez tuvimos que atender una llamada porque había un robo con butrón en un establecimiento de la cadena BM . El sujeto era un albano-kosovar fuerte, alto, y eso impone. Además, le intervinimos diverso material».

«No podemos vivir obsesionados con el yihadismo» Gorka, policía de la guardia municipal

Gorka, sin embargo, vivió los últimos coletazos de ETA. «Nos afectó pero de manera colateral», rememora. Sintió tensión y, en parte, miedo en contadas ocasiones como cuando estalló un artefacto cerca de ellos. «Hemos sido más testigos de la kale borroka, del lanzamiento de objetos contra vehículos, de ataques a sedes políticas y edificios institucionales, del destrozo de mobiliario urbano y pintadas que del terrorismo de la banda», relata. Ahora, pueden ejercer con más tranquilidad, aunque siempre alerta por el auge del yihadismo. «No podemos vivir obsesionados con eso. Hemos tomado medidas como los bolardos en algunos puntos de San Sebastián y aumentamos la seguridad cuando consideramos que se puede aglomerar mucha gente, pero el terrorismo islámico no tiene un patrón que se pueda controlar tan facilmente», asgura Gorka. Ambos coinciden en que es un factor presente en su día a día pero contra él poco se puede hacer.

La noche continúa. Gorka e Iker siguen patrullando por la ciudad. Ahora tardan menos en llegar de un punto a otro. No hay casi tráfico y el suelo está seco. Ya es hora de que mucha gente coja el coche y vuelva a casa y por eso establecen el control de prevención de alcohol y drogas. Esta noche toca en el río. Las luces de los coches patrulla anuncian desde lejos la presencia de la Policía. Tienen todo listo para dar el alto a los vehículos que consideren.

El tiempo sigue su curso. Quedan pocas horas para que amanezca y como es habitual proceden a controlar y vigilar los apeaderos y la estación de autobuses. Después harán el servicio preventivo de vigilancia en las rutas utilizadas por ciudadanos al regresar a sus casas. «Hay ciertas calles que pueden ser más peligrosas y para evitar que se produzcan incidendes nos las repartimos con la Ertzaintza», detalla Iker. Y después de haber recorrido de arriba a abajo la zona que les tocaba de San Sebastián Gorka e Iker podrán volver a casa, satisfechos, de haber mantenido el orden y la seguridad una noche más.

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