Una minoría que gana presencia

Crece la población inmigrante en Gipuzkoa y uno de cada diez ciudadanos ya es extranjero. Cuatro testimonios de personas foráneas residentes en el territorio reflejan las distintas realidades detrás de la migración a otro país

Javier Freire y su pareja Juliana Pineda con dos de sus cuatro hijas, nacidas en Ordizia, junto a sus sobrinas y Janet, hermana de Javier. /ARIZMENDI
Javier Freire y su pareja Juliana Pineda con dos de sus cuatro hijas, nacidas en Ordizia, junto a sus sobrinas y Janet, hermana de Javier. / ARIZMENDI
AIENDE S. JIMÉNEZ

La población extranjera tiene cada vez más presencia y por lo tanto más peso en la sociedad guipuzcoana. La evolución del porcentaje de personas nacidas fuera del Estado que se han instalado en el territorio en los últimos años muestra una tendencia siempre ascendente y hoy ya suponen el 9,5% del total, o lo que es lo mismo, uno de cada diez guipuzcoanos ya es de origen extranjero. En algunos municipios como Arrasate, Errenteria o Tolosa la población inmigrante casi se ha triplicado en la última década y en otros como Ordizia o Beasain el número de vecinos extranjeros supera el 10% del total.

Los últimos datos del padrón a 1 de enero de 2018 revelan que la población inmigrante en Gipuzkoa se cifra en 68.288 personas. Y ninguna de las historias que existen detrás de cada una de ellas es igual. Son distintas las razones que les llevaron a dejar su país, la forma o medio por el que llegaron hasta aquí, así como las circunstancias que han rodeado su nueva vida una vez en el territorio. Conocemos cuatro de esas miles de historias, que son un reflejo de lo que supone ser una minoría en un sitio extraño al que han acabado llamando hogar.

«La gente piensa que tenemos hijos para vivir de las ayudas» Familia Freire-Pineda De Ecuador y Colombia,viven en Ordizia desde el año 2000

Cuando Janet y Javier Freire eran muy pequeños sus padres decidieron salir de Ecuador en busca de una vida y un futuro mejores para sus hijos. Ese sitio lo encontraron en Ordizia, donde la familia se instaló y lleva viviendo desde hace 18 años. Los niños, ya grandes, han creado sus propias familias. Javier tiene cuatro hijas con Juliana Pineda, una colombiana a la que conoció durante una Semana Grande en Donostia. Ella, que vivía en el barrio de Gros, se mudó a la localidad goierritarra.

Javier asegura que en su caso no le costó salir de Ecuador. Tenía ocho años, y reconoce que cuando volvió a su país años después de vacaciones no se acostumbraba a la vida de allí. En Ordizia estaban sus amigos, su casa y era feliz, aunque reconoce que al principio el euskera fue un reto muy complicado para él y sus dos hermanos.

Eso no le impidió acudir al Parlamento Vasco en el año 2000, donde recuerda que él y otro compañero de clase cubano leyeron unas frases en euskera delante de todos los miembros de la cámara.

Tanto él como su mujer creen que en Gipuzkoa «se ayuda mucho a la gente que viene de fuera», aunque Javier insiste en que «también debería ayudarse a los que son de aquí y lo están pasando mal». No obstante reconocen haber vivido situaciones en las que se les ha juzgado por el simple hecho de ser extranjeros. «Mucha gente no ve bien que tengamos cuatro hijas porque se piensan que lo hacemos para vivir de las ayudas. Una vez en un bar una señora señaló el carrito de nuestra niña y nos dijo: 'Eso que lleváis vosotros lo pagamos nosotros'», cuenta ella. «Es injusto», añade Javier, «porque los dos trabajamos y no recibimos ayudas de nadie». Bueno sí, de su suegra, quien les echa una mano para poder dar a basto en el cuidado de las cuatro niñas.

Javier ha conocido lamentablemente el lado más crudo del racismo, el que va ligado a la violencia. «Fue en Madrid, donde pasamos unos meses cuando llegamos a España. Unos chicos mayores del cole me metieron una paliza», cuenta.

Salvo esos hechos que consideran anecdóticos, toda la familia afirma ser «feliz» en Ordizia, «donde siempre nos hemos sentido bien». Tanto que Juliana nunca ha vuelto a Colombia. «¿Eso lo dice todo, no?».

Naziru Issah vive en Villabona y estudia carrocería.
Naziru Issah vive en Villabona y estudia carrocería.

«Dejé a mi familia con 16 años y aquí cambió mi vida» Naziru Issah, 19 años, Ghana Llegó en patera y vive en Villabona

Naziru Issah narra su historia esforzándose en encontrar las palabras en castellano que expresen todos los recuerdos que bombardean su memoria. El camino hasta llegar a Gipuzkoa no ha sido ni mucho menos fácil. Con 16 años, este joven, el hijo mayor de una familia ghanesa, decidió que tenía que hacer algo para ayudarles. «La vida allí no es fácil, así que dejé los estudios y decidí salir del país», explica.

Comenzó entonces un peligroso viaje desde Ghana a Níger, después Argelia, hasta llegar a Marruecos, donde pretendía embarcar en una patera con la que alcanzar la costa española. Asegura que él tuvo suerte, «porque conocía a un chico de mi barrio que se ocupaba de gestionar el paso de las personas y me ayudó mucho», señala Naziru «Murió, le apuñalaron», se apresura a añadir.

Porque para muchos inmigrantes el riesgo de morir cruzando las fronteras no está solo en el mar. Antes de embarcar, pasó un tiempo escondido en un campamento en un bosque con otras muchas personas que, como él, buscaban salir, aunque fuera arriesgando sus vidas. Él, recuerden, era tan solo un adolescente de 16 años que había dejado su casa y su familia muy lejos.

Por fin, llegó hasta Málaga, después de mes y medio de trayecto. «Fue muy rápido, hay mucha gente que se queda meses esperando en Marruecos para salir», cuenta. Allí pasó cuatro meses, compartiendo un piso que otro hombre ghanés había comprado en un pueblo malagueño del que no sabe ni el nombre «porque llegamos de noche y nos escondimos para que no nos pillara la Policía».

¿Cómo llegó hasta Gipuzkoa? «Después de un viaje tan largo pensé que no me podía quedar en la esquina de España, así que me fui hasta la otra punta». Como era menor de edad, primero pasó por el centro de menores de Uba, en Donostia, gestionado por la Diputación de Gipuzkoa. Más tarde se fue a un piso de acogida en Beasain, donde pasó dos años con otro chico marroquí. Una vez cumplió la mayoría de edad dejó de contar con esa protección foral y tuvo que buscarse la vida por su cuenta. «He pedido la RGI para poder vivir porque estoy estudiando carrocería y ahora vivo solo en Villabona», cuenta con orgullo.

Idas y venidas, en un país nuevo en el que se habla otro idioma, siendo menor de edad y muy lejos de su familia. «Ha sido duro, porque me he sentido muy solo, de hecho aún me siento así, pero he tenido suerte y vivo para contarlo». Explica que en su país la gente es «más sociable, más abierta», y coincide con el tópico de que los vascos son más cerrados. No obstante asegura que aquí ha hecho amigos, «no muchos, pero sí muy buenos».

Su mayor preocupación ahora es dominar el castellano, con el que se desenvuelve a la perfección aunque su exigencia sea mayor. El futuro se lo imagina aquí. Por una razón con un peso incontestable. «Aquí cambió mi vida. Aquí me han dado una educación mejor y me han dado una oportunidad para empezar de nuevo, y soy muy feliz».

Paco Sánchez, Milenka Mejía y Beltza viven en Ordizia.
Paco Sánchez, Milenka Mejía y Beltza viven en Ordizia.

«Como en todas las sociedades, hay gente racista y gente buena» Milenka Mejía, 61 años, Bolivia Casada con Paco Sánchez, de Ordizia

Cuando Paco Sánchez sale a dar una vuelta por su pueblo la gente que le conoce lo primero que le pregunta es: '¿Qué tal Milenka?'. Su mujer, que lleva catorce años viviendo en Ordizia, está totalmente integrada entre sus amigos y su entorno. Se conocieron por Internet, y tras un tiempo chateando Paco viajó a Bolivia para conocerla. «Yo era muy feliz allí, no tenía ninguna intención de irme, pero por razones de salud que afectaban a mi marido me vine con él a Ordizia», aclara Milenka Mejía. La inercia le empuja a dar explicaciones, consciente del estigma que aún existe hacia las mujeres latinas. «He vivido de todo, pero cuando llegué noté desconfianza, porque me ven como una sudamericana que viene a aprovecharse del dinero de uno de aquí», se queja.

Un cliché prejuicioso que queda muy lejos de la realidad. Con 18 años Milenka se fue de Bolivia para estudiar cinco años en Rusia, «porque me gusta conocer otras sociedades, otras culturas y aprender de gente nueva». Quizá por ello creyó importante que sus hijos, a quienes dejó en Bolivia cuando salió de allí con Paco, también volaran de su país para conocer mundo. Ahora los dos viven en Euskadi, uno en Barakaldo y la otra en Irun. «Vinieron empujados por mí, pero les avisé de que no venían al paraíso, sino a un lugar que era muy diferente a lo que conocían», señala.

Milenka cuenta que cuando llegó a Ordizia no le costó encontrar trabajo. Sabía donde buscar. «Era consciente de que mis opciones pasaban por limpiar pisos o cuidar de personas mayores», afirma. No se equivocó. Los datos revelan que las mujeres latinoamericanas conforman buena parte del nicho de trabajo del sector doméstico. Empezó así, como empleada de hogar, para después pasar a trabajar en un centro de día. Pero no era suficiente. «Me matriculé en la universidad, en Donostia, donde me saqué el título de Trabajadora Social. También me apunté a un máster, pero no lo llegué a terminar», relata con pesar.

Aunque ella tiene un círculo de amigos en Ordizia, admite que se ha encontrado de todo, «gente muy racista y gente muy buena, como ocurre en todas las sociedades, da igual que sean del primer, segundo o tercer mundo», afirma. Ella aplica la filosofía del 'vive y deja vivir'.

Cree que detrás de los comportamientos racistas está la falta de información. «Y de respeto», añade su marido. «La gente de un lugar exige a los que llegan de fuera que se integren, pero ellos no se preocupan por entender sus costumbres sociales y culturales, y al final lo que ocurre es que los inmigrantes acaban compartiendo el tiempo con otros inmigrantes».

Max Hu y su madre en su restaurante chino de Errenteria.
Max Hu y su madre en su restaurante chino de Errenteria.

«Tengo más amigos guipuzcoanos que extranjeros» Max Hu, 24 años, China Vive en Errenteria con su familia

En el restaurante La Gran Muralla de Errenteria, Max Hu coge los pedidos por teléfono y sirve las mesas. En la cocina su madre prepara los platos que aparecen en la carta. Su padre gestiona el restaurante. Esta familia china salió de una localidad cercana a Pekín hace diez años para instalarse en Gipuzkoa. Max, que ahora tiene 24 años, y su hermano pequeño, de 16, han crecido aquí. «Primero vivimos en Alicante unos años, pero después vinimos en Errenteria, donde mi padre montó el restaurante», cuenta Max, quien echa una mano en el negocio familiar.

Afirma que la vida como parte de la sociedad guipuzcoana «es mucho más tranquila y más fácil» de lo que era en China. Al llegar siendo apenas unos críos ni a él ni a su hermano les costó hacer amigos. «Hay gente racista, pero en general la gente es muy maja, sobre todo los jóvenes», asegura. De hecho, afirma que tiene «más amigos guipuzcoanos que extranjeros», rompiendo con ese otro cliché de que los chinos solo se juntan con otros chinos.

Max sigue manteniendo contacto con sus amigos de la infancia, que todavía viven en China. Hace unos años volvió a su país y lo encontró «muy cambiado, muy moderno». Su futuro, no obstante, lo imagina en Gipuzkoa. «Me quiero quedar».

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