«Con 700 euros, solo sobrevives»

Tres pensionistas relatan las razones por las que acudirán hoy a la manifestación de Donostia. Pili Aranburu, de 80 años, se ha tenido que ir a vivir con su hija porque con su pensión no puede hacer frente a los gastos de una casa

La donostiarra Pili Aranburu accede al portal del piso en el que se ve obligada a vivir con su hija en Zarautz. /ARIZMENDI
La donostiarra Pili Aranburu accede al portal del piso en el que se ve obligada a vivir con su hija en Zarautz. / ARIZMENDI
IRAITZ VÁZQUEZ San Sebastián

«¿Cómo se puede vivir con 700 euros al mes?». Es la pregunta que lanza al aire la donostiarra Pili Aranburu. La suya es una historia que muchas mujeres pensionistas están viviendo hoy en día. Al igual que ella, cientos de guipuzcoanos siguen luchando por conseguir lo que consideran que les pertenece, unas «pensiones dignas» para sobrellevar la jubilación de la manera más decorosa posible. «No me puedo dar ni medio capricho, con lo que cobro bastante tengo con sobrevivir en el día a día», reconoce con amargura.

«No puedo hacer frente a imprevistos. Para comprarme unas gafas pido dinero a mi familia»

A punto de cumplir ochenta años, Pili se ha visto obligada a irse a vivir a casa de una de sus hijas. No tiene más remedio. Su situación personal no le permite otra solución. Le ha dejado una habitación porque tal y como dice ella, «sola no podría hacer frente a todos los gastos que conlleva un piso», se sincera con entereza. ¿Y cómo se vive con 700 euros? Su respuesta es clara. «No se vive, se sobrevive». Y es que esta donostiarra ahora afincada en Zarautz hace encaje de bolillos para llegar al 30 de cada mes. Eso si por el camino no surge algún imprevisto. «Imagínate que me tengo que comprar unas gafas o un par de zapatos por algún gasto imprevisto. No puedo. Tengo que pedir dinero prestado a algún familiar».

Un trago amargo por el que a nadie le gusta pasar. A Pili tampoco. Esta octogenaria ha dedicado toda su vida en cuerpo y alma a su familia. No trabajó fuera de casa. Cuidar de los suyos era su trabajo. Cuando decidió separarse de su marido renunció a la remuneración que le correspondía. Ahora cobra 700 euros de la Renta de Garantía de Ingresos (RGI), una pensión no contributiva. «Mi familia me ayuda con todas sus ganas. Son estupendos, pero las cosas no deberían funcionar de esta manera», sentencia. Opina que el Estado debe garantizar unas pensiones «dignas» para que las personas puedan «vivir lo mejor posible. Ellos han sido elegidos por nosotros para distribuir la riqueza de la mejor manera posible, pero solo nos quedamos con las migajas».

Pili Aranburu no se cree el discurso de que no hay dinero para subir las pensiones. «Nos están metiendo miedo, pero la verdad es otra», reconoce. Para enfatizar en su discurso enumera varios proyectos que para ella no son prioritarios: «Estamos construyendo grandes infraestructuras como el Metro o la incineradora endeudando a la sociedad», sostiene con vehemencia.

Todo este cúmulo de circunstancias ha provocado que Pili Aranburu haya sido una de las miles de guipuzcoanas que han decidido tomar las calles para proclamar sus reivindicaciones. Hoy se acercará hasta Donostia acompañada de sus hijos y de sus nietos para unirse a la manifestación convocada por la Plataforma de Asociaciones de Mayores de Gipuzkoa -que cuenta con la participación de 13 agrupaciones del territorio-. Además de reclamar unas pensiones dignas para su generación, Pili también piensa en los que vienen por detrás: «Tengo todo el apoyo de la familia para participar en las convocatorias. A ellos les tocará después y también es importante que luchemos», dice.

La mitad de ingresos

Emiliana García es viuda y cobra 700 euros al mes
Emiliana García es viuda y cobra 700 euros al mes / LUSA

«Gobierne quien gobierne las pensiones no pueden estar modificándose porque sí»

La donostiarra Emilia García (73 años) también recorrerá las calles de la capital guipuzcoana junto a sus compañeros de la asociación Duintasuna. La historia de Emilia demuestra bien a las claras lo que ocurre con las mujeres mayores que se quedan viudas. Son el segmento de población que con más precariedad deben salir adelante. Y es que sus prestaciones se ven reducidas en un 48%, con todo lo que ello conlleva. «Te quedas con la mitad de los ingresos pero con los mismos gastos fijos de antes. Y eso si no surge algún imprevisto, porque a ver de dónde sacamos el dinero», manifiesta con enfado.

Emiliana García, después de una vida entera trabajando, también se ha quedado con una pensión que apenas llega a los 700 euros. En su caso, puede vivir con algo más de holgura que su compañera de asociación Pili porque «gracias a Dios teníamos el piso pagado de antes. Pero tengo amigas que, por ejemplo, deben realizar obras en las fachadas de sus domicilios y no pueden hacerlo porque no tienen recursos», reconoce. «Espero no tener que llegar a este extremo», se sincera.

En su caso, la mecha que prendió sus ansias de reivindicación fue la carta que le llegó en invierno. En ella le informaban que su pensión iba a sufrir una subida del 0,25%. La misiva le indignó. «Se iban a gastar más en sellos que en la subida», reconoce con tono jocoso. Su primera participación en una concentración se produjo frente al hotel Astoria, en el barrio donostiarra de Amara. «Vi a tanta gente reclamando lo suyo que pensé ¡Qué maravilla! Desde entonces formo parte de la plataforma».

Ambas muestran su disconformidad con que las pensiones centren el debate de los Presupuestos Generales del Estado (PGE). No quieren que sea motivo de riña política. A pesar de que el pasado miércoles fueron aprobadas las Cuentas y, de esta manera se garantizasen la subida del IPC del 1,6% en las prestaciones en 2018 y en 2019 y el retraso en la aplicación del factor de sostenibilidad hasta 2023, tienen claro que no van a modificar su discurso. «Gobierne quien gobierne lo que pido es que las pensiones no se toquen, es por lo que debemos luchar, y por que las pensiones sean de un mínimo de 1.080 euros», argumenta. Una opinión con la que también coincide Pili Aranburu. Y va un poco más allá. Cree que todo lo que se ha hecho estas últimas semanas «ha sido un juego político. Se ponen de acuerdo cuando quieren y para lo que quieren».

Durante esta semana, las asociaciones de pensionistas han elevado el tono de sus reclamaciones. No moverán un ápice sus demandas. Es más, las miles de personas que se prevén que se manifiesten hoy en Donostia reclamarán la defensa de unas pensiones dignas, que ninguna prestación quede por debajo del umbral de la pobreza, y en tercer lugar una pensión mínima de 1.080 euros en Euskadi. «Las pensiones no se deben utilizar como arma arrojadiza», reclaman los jubilados.

Futuras generaciones

Alfredo Rodríguez lleva 8 años movilizándose.
Alfredo Rodríguez lleva 8 años movilizándose. / ARIZMENDI

«Veo que poco a poco las generaciones venideras están perdiendo poder adquisitivo»

Unas demandas que también hace suyas el errenteriarra Alfredo Rodríguez (77 años). Desde hace 8 años es un miembro activo de la plataforma Duintasuna en Errenteria. Participa en todas las movilizaciones y no duda en colocar un par de altavoces en su coche para anunciar en Errenteria y en los pueblos de alrededor la manifestación de hoy. «Tenemos que movilizarnos», se justifica. Su pensión le sirve para vivir de una manera digna pero dice que esta tarde estará en las calles de Donostia porque «tengo hijos y quiero que en un futuro vivan dignamente. Veo que poco a poco las generaciones venideras están perdiendo poder adquisitivo».

Emiliana García también piensa en sus hijos y en sus nietos a la hora de salir a manifestarse. «Hoy estaré acompañada por ellos, también se solidarizan con lo que estamos pasando». A medida que los jubilados han ido tomando las calles del Estado cada vez más personas de distintos ámbitos se han ido sumando a sus reclamaciones, una circunstancia que le alegra. «Es muy bonito ver la de gente joven que se suma a nuestras marchas, hemos creado un ámbito de trabajo excepcional», se congratula.

Alfredo Rodríguez lleva casi una década reclamando unas pensiones dignas. Reconoce que al principio «costó mucho concienciar a la gente». Por eso, pone en valor que ha sido un proceso que se ha cocinado a fuego lento. «En un principio no éramos muchos los que nos reuníamos. Ahora la media es de unas 700 personas. Ojalá no pare. Nosotros por lo menos vamos a seguir con las movilizaciones». Este pensionista errenteriarra no duda en arremeter contra los políticos. «Nunca hablan de las prestaciones que cobran, con solo siete años en el Congreso se embolsan el 100%», se indigna.

Dar con la receta para salir de esta situación, desde luego, no es sencillo. Pili Aranburu da algunas claves que podrían servir para conseguirlo. Y es que ella cree que desde el ámbito más cercano se podrían gestionar mejor las prestaciones. Por eso, reclama que «la competencia pase a Euskadi, me parece que ya va siendo hora. El PNV tiene que ser valiente y pedírselo al Gobierno».

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