El reencuentro con sus 'ángeles de la guarda'

Los exconcejales Carlos Urrestarazu (PSE-EE) y Asun Guerra (PP) recuerdan junto a sus últimos escoltas sus vivencias bajo la amenaza de ETA

Los exescoltas Iker Romero de Lera e Imanol García -en las esquinas- posan en el Peine del Viento junto a sus últimos protegidos, los exconcejales Carlos Urrestarazu (PSE-EE) y Asun Guerra (PP), respectivamente/ARIZMENDI
Los exescoltas Iker Romero de Lera e Imanol García -en las esquinas- posan en el Peine del Viento junto a sus últimos protegidos, los exconcejales Carlos Urrestarazu (PSE-EE) y Asun Guerra (PP), respectivamente / ARIZMENDI
MACARENA TEJADA

«A pesar de todo el sufrimiento, no cambiaría nada de lo vivido. Imanol es la mejor persona que he conocido nunca». A Asun Guerra, exconcejala y exjuntera del PP, se le escapa una tímida sonrisa mientras mira de reojo a quien fuera su último escolta. Imanol García le ha protegido de la amenaza de ETA durante cinco largos años, desde 2012 hasta 2017, coincidiendo con el desarme de la banda terrorista. Si bien el primer día que trabajaron juntos la situación fue «muy tensa, porque de la noche a la mañana pasas a compartir tu vida con un desconocido», ahora no se imaginan el uno sin el otro. Ella se siente «muy agradecida» a quien durante un tiempo fue su 'ángel de la guarda'. Son ya «familia». El «'tío Imanol'», como le nombra cariñosamente la exconcejala. En septiembre, sin ir más lejos, la hija mayor de Asun quedó con el exguardaespaldas para tomar un café y despedirse antes de irse de Erasmus. Hasta entonces no se habían dicho adiós. «Despedir a un ser querido es siempre complicado», destaca la política.

Como el resto de sus excompañeros de partido, el exconcejal del PSE-EE en Andoain, Carlos Urrestarazu, también necesitó escolta en aquellos años de terror. El último que le vigiló la espalda fue el donostiarra Iker Romero de Lera. Carlos portaba un gran sombrero que le tapaba el rostro el primer día que se encontraron. Corría el año 2010. Iker le vio acercarse hacia su coche. Estaban a punto de verse las caras cuando rompieron a reír. Su nuevo escolta era su vecino, aquel joven que saludaba cada mañana en el ascensor.

La comunicación era esencial

Quizá impulsados por el azar, quizá no, jamás han tenido problemas entre ellos. En este trabajo, tanto la comunicación entre la pareja de escoltas -cada escoltado solía llevar dos guardaespaldas- como con el protegido «es esencial». «Con Carlos nunca tuvimos inconvenientes. Siempre seguía el protocolo establecido», explica Iker, y recuerda, entre carcajadas, los buenos momentos que han compartido. Sobre todo «en la carretera. La autopista pasó a ser nuestra zona de confort, donde hablábamos tranquilos y también nos desternillábamos. Hemos llorado de la risa». Carlos asiente: «Logramos establecer un equilibrio entre la diversión y la educación. No tengo malos recuerdos porque había una gran labor preventiva».

El secreto para evitar sustos era, «sin lugar a dudas», la «contravigilancia». Los cuatro recuerdan los cambios de rutina a los que se sometían casi a diario. El camino para ir de casa al trabajo y viceversa había que cambiarlo «siempre». Aunque tuvieran una época con horarios fijos, tenían que salir de casa cada vez a una hora distinta. «Esos diez minutos de margen le impedían a ETA actuar», explica Iker, que escoltó a Carlos junto a otro compañero, David, durante casi cuatro años. «Para proteger a alguien hay que conocer bien al enemigo. La banda terrorista tenía una manera muy marcada de actuar. Preparaba cualquier historia desde la huida. Nuestra labor era pensar que siempre nos estaban mirando», detalla el escolta.

El panorama se complicaba aún más cuando el protegido trabajaba en un ambulatorio pasando consulta, como era el caso de Asun, médico de familia por aquel entonces. Compaginaba su labor política con la Medicina, cubriendo bajas allá donde le surgiera la oportunidad. Imanol se recorrió, con «mucho miedo», todos los centros de salud guipuzcoanos en los que estuvo la exportavoz del PP en Andoain. Al tratarse de un lugar público, resultaba imposible controlar quién entraba y quién no. Imanol, además, no podía acceder a la consulta con su 'jefa', como le sigue llamando. Con su compañero, se limitaba a pasar «hora tras hora sentado dentro junto a la puerta. Teníamos que ver quién estaba en la sala de espera, nervioso, fuera de lugar...». Además, la mayoría de esas clínicas eran «sitios con fácil escapatoria, ideales para la huida. Asun pasaba consulta sola a puerta cerrada... Pasábamos pánico».

Los hijos, «condicionados»

Para situaciones de pánico, las que han vivido ambos exconcejales en algún momento de su vida. Asun no sabría describir aquella sensación que le invadió el cuerpo en las dos ocasiones en las que le llamaron para comunicarle que habían encontrado un comando con todos sus datos y los de sus hijas. Tenían apuntadas sus horas de entrada, de salida... Pero también las de sus niñas. «Sabían todo de ellas. Eso es lo que más duro y difícil se hace», reflexiona. Imanol, que le mira desde enfrente, hace una mueca de tristeza. «Los hijos de los protegidos siempre han vivido condicionados a llevar protección. La niña pequeña me ha llegado a decir si llevaba pistola, mientras señalaba mi cintura entre bromas. No tienen esa libertad de hacer lo que quieren», se lamenta. El último día que trabajó para Asun, su pequeña se agarró a su pierna «cual koala», no entendía que, «de repente», tuviera que irse. Incluso «le invitó a quedarse a vivir con nosotras», bromea la tolosarra.

Imanol nunca tuvo que usar su arma durante su etapa con Asun. Iker estuvo a punto de hacerlo, pese a que Carlos nunca lo supo. Hasta el día de la cita con este periódico. La voz del exguardaespaldas se entrecorta. Su protegido le mira curioso. Iker decide sincerarse. «Es la primera vez que te lo cuento», le dice al exedil socialista, y hace una pausa. A continuación, sin volver a detenerse, le comenta el miedo que pasó una mañana revisando su portal. El exconcejal del PSE-EE había recibido tiempo atrás una llamada para decirle que tenía que acudir a la Policía Nacional. Habían cogido a un etarra con la llave de su comunidad. «El próximo era yo», observa Carlos. Una mañana cualquiera su escolta Iker se encontraba realizando el barrido del edificio piso por piso. Entrar y revisar el buzón, coger el ascensor y subir hasta arriba... Entonces, al salir del elevador, vio «una sombra que salió corriendo. Ya te empieza a subir la tensión. Sabes que está ahí y que se está escondiendo adrede. Los dos sabíamos que estábamos ahí, pero él seguía escondido», relata. «Fui bajando y notaba que él también. Saqué el arma. Era él o yo».

Tenía la pistola desenfundada, preparada para disparar, pero no tuvo que usarla. Quien fuera su protegido en aquel momento no reacciona. Enmudece. Su escolta, Iker, no llegó a ver quién estaba tras esa sombra que jamás olvidará, pero recuerda a la perfección el pavor que sintió. Y que nunca compartió con Carlos, porque «de estos temas, del miedo, nunca hablábamos». Y eso que había épocas en las que «era muy difícil sobrellevar un atentado, pensabas que el próximo eras tú», se sincera Imanol. En concreto él fue objetivo directo de ETA con uno de sus protegidos.

«Nadie te agradece nada»

El exguardaespaldas Imanol no tiene ninguna traba para contar lo «mal» que se pasaba en ocasiones. Así, explica que «la idea era cargarse a mi compañero y a mí. Después, secuestrar al protegido». En ese momento «te quedas en shock. El mayor contratiempo de ser escolta es que ves un gran apoyo por parte de las instituciones a los políticos amenazados y a ti, que eres el que se está jugando la vida por otro, nadie te dice o te agradece nada», se lamenta. Iker, Asun y Carlos le dan la razón: «Es triste, pero eso es algo que va en el sueldo».

Si había un tema tabú entre ellos, ese era el del miedo. No intercambiaban ninguna palabra sobre los malos momentos que pasaban, y eso que no eran pocos. «Me querían matar, claro que temí por mi vida, pero no podías preocupar a tu escoltado». Fueron muchas las «noches sin dormir» que pasaron ambos escoltas, «pensando que el próximo podía ser tu protegido o tú. Hay momentos que piensas que te van a matar. Dices, hoy es el día. Luego sale el político y tienes que intentar tragártelo y hacer que no pasa nada», reflexiona Imanol, el último escolta de la edil popular.

¿Pero, hasta qué punto les quitaba el sueño que la vida de otra persona dependiera de ellos? «No lo piensas. Te concentras en hacer bien tu trabajo para que no le maten al escoltado, pero tampoco a ti. Para llegar a él lo primero es matarme a mí. Es la única manera», relata su compañero de profesión Iker. Y así ocurrió en algún que otro caso, como en el del dirigente socialista Fernando Buesa y su escolta de la Ertzaintza, ambos asesinados por ETA en Vitoria en el año 2000.

Ser escolta y proteger de la amenaza de la banda terrorista «no era tarea fácil». Encontrar la calma entre tanta tempestad era «verdaderamente difícil» para ambas partes. Uno de los mejores momentos juntos que recuerdan el exguardaespaldas Imanol y Asun, a quien 'protegió' hasta el año pasado, ocurrió en Bilbao. La hija pequeña de la exjuntera quería comer «una hamburguesa gigante». Su escolta conocía un sitio en la capital vizcaína donde podían «estar tranquilos, sin sentirnos vigilados». Fueron. La niña no pudo terminarse la comida, «¡era enorme!», ríen. Entre tanta tensión, era «esencial» encontrar momentos de descanso.

Incomodidades en el trabajo

En la actualidad ambas parejas de escoltas y protegidos se consideran «amigos», pero los 'vigilantes' Iker e Imanol no han tenido esta «buena relación» con todos sus escoltados. Han vivido en primera persona esas situaciones «desagradables» que «a nadie le gustaría experimentar». Iker se acuerda de un caso en concreto. No había ninguna comunicación con uno de sus protegidos: «Si se te ocurría preguntarle cuánto tiempo estimaba estar en el gimnasio, por ejemplo, no te respondía. Te miraba, se ponía las gafas y la música y se iba. No te decía nada, o incluso te respondía mal. Era humillante. Hubo días en los que llegaba a casa llorando».

«Rozaba el despropósito», expone. Nunca olvidará aquel día en el que le pidió que «sacara la basura» porque su anterior escolta lo hacía, o cuando le avisó de que «iba a asistir a un concierto media hora antes. Nosotros dependíamos de ellos completamente y había quien se olvidaba de eso. Con lo difícil que es adaptarse a otra persona... El protegido sigue haciendo su vida, pero el escolta siempre está amoldándose a él».

Sea como fuere, nadie cambiaría estos últimos años. Han pasado momentos muy duros, sí. Pero «pese al terrorismo también hemos conocido a gente espectacular». Y esa relación que tienen entre ellos no parece que vaya a cambiar. Iker e Imanol se conocían de vista. Cuando dejaron de ejercer de guardaespaldas, coincidieron como guardas de seguridad. Ambos trabajan en Ipurua. Ahora son muy amigos. Se mandan mensajes por Whatsapp casi a diario, pero ninguno de los dos sabía que iba a compartir este reportaje. Se ven y se funden en un gran abrazo. Se ríen. No hace falta explicación: la palabra del protegido siempre será el secreto mejor guardado del escolta.

«Nunca desconectas, incluso de fiesta sigues mirando atrás»

En 2003, cuando en Euskadi había más de 3.800 escoltas defendiendo a sus respectivos protegidos de la amenaza terrorista de ETA, «para los vigilantes de 'a pie' pasar a ser guardaespaldas era una recompensa de la empresa por hacer bien tu labor», explica el último escolta de la exconcejala del PP, Asun Guerra. Su compañero de profesión, Iker, y él eran dos de esas personas que trabajaban en seguridad privada y donde, con el fin de ETA, regresaron al uniforme. Iker, que protegió a otros cargos además de al exconcejal del PSE-EE Carlos Urrestarazu, se planteó ser escolta cuando su mujer se quedo embarazada y, acto seguido, la empresa para la que trabajaba ella le despidió. «En ese momento, seguramente motivado por el factor económico, decidí ser guardaespaldas», relata.

En aquella época, el 90% de los escoltas era de fuera. Iker e Imanol eran dos de los pocos donostiarras que vigilaban las espaldas de los políticos en Euskadi. Tenían cierta ventaja sobre sus compañeros, porque «conocíamos muy bien la zona, a diferencia de ellos. Y no teníamos problemas con el idioma».

Iker insiste en lo útil que le resultaba saber hablar euskera. «Había momentos en los que, por seguridad, tenías que desaparecer. Hubo ocasiones en las que tenía que pasar desapercibido y mientras Carlos estaba en reuniones yo me iba a una herriko taberna y pedía 'zurito bat, mesedez'», cuenta. Además, a los escoltas que venían de otro lugar «se les reconocía a la legua. También se les notaba cuando tenían miedo... A mí me ha pasado», añade Asun.

Para Iker ser donostiarra era positivo. Para Imanol, en cambio, era una de las peores cosas de su trabajo: «Trabajas y libras, pero no desconectas. Sigues emparanoiado, con la costumbre de mirar para atrás... No estás tranquilo ni en la playa. Si una vez te quisieron cazar, ¿por qué no va a haber una segunda?», reflexiona. En cualquier caso, reconocen que fueron unos afortunados.

Después de que ETA anunciara el cese de su actividad armada en 2011, los escoltas perdieron su trabajo. Desde que comenzó el plan de reducción de guardaespaldas del Gobierno, nueve de cada diez se quedaron en el paro. Los más venturosos consiguieron volver a trabajar como guardas de seguridad, pero la mayoría tuvo problemas para reubicarse. Incluso hay quienes siguen en el paro. Este colectivo quedó en el olvido para muchos, y aún en la actualidad reivindican sus derechos. Arriesgaron su vida por salvar la de otros, y piden que se acuerden de ellos.

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