Los últimos osos de Antzuola y Mañaria

El último plantígrado de Gipuzkoa fue abatido en 1867 en Antzuola, y el de Bizkaia, en 1871 en Mañaria. Podrían ser animales escapados a gitanos o comediantes porque el oso se consideraba ya extinguido desde muchos años antes

KEPA OLIDENARRASATE.
Los últimos osos de Antzuola y Mañaria

Úrsidos y humanos de diversas especies han convivido, competido y depredado unos sobre otros durante cientos de miles de años. Restos hallados en Lezetxiki atestiguan que hace 120.000 años hubo una alternancia entre humanos y osos cavernarios en la ocupación de las cuevas. Ambos carnívoros competían tanto por el refugio como por la comida. Y se cree, además, que los osos, pese a su temible tamaño y fiereza, figuraban en el menú de nuestros antepasados prehistóricos. Y viceversa.

El oso de las cavernas y el hombre de Neanderthal desaparecieron hace milenios para dejar paso a otras especies. El oso pardo, en su variedad autóctona pirenaica, y el homo sapiens (nosotros) continuaron compartiendo esta tierra durante muchos miles de años más. Las pinturas rupestres de la cueva de Ekain, apellidos y topónimos originados de la raíz 'arza' (de hartza, oso en euskera) y algunas crónicas de la antigüedad dan fe de la abundante población de plantígrados que hubo en Euskal Herria.

Pero como en tantos otros casos, la convivencia entre humanos y osos se saldaría muy negativamente para los segundos. La aparición de la ganadería extremó la rivalidad entre ambas especies y la proscripción de osos, lobos, zorros, gatos monteses, jinetas, garduñas... se tornaría en una persecución inmisericorde contra las 'alimañas' que amenazaban la precaria economía doméstica.

Hasta tiempos relativamente recientes, abatir 'alimañas' era recompensado por la Administración. Esta actitud que hoy nos parece tan reprobable nos puede llevar a pensar que «es mejor nuestra actitud actual hacia el medio ambiente que el que tuvieron nuestro antepasados pero no creo que tengamos derecho a reprocharles nada. No deberíamos olvidar que el bienestar de muchas familias dependía de que nadie les matase las ovejas y el nuestro de que funcione la central térmica y de que la refinería dispongan de su correspondiente provisión de crudo. No sé qué es peor» opinaba un ciudadano en las redes sociales.

El oso autóctono se dio por extinguido en Euskal Herria en el siglo XVIII. Pero curiosamente los dos últimos ejemplares fueron abatidos a mediados del siglo XIX muy cerca. El último oso de Gipuzkoa fue muerto en Antzuola en 1867 y cuatro años más tarde caía en Mañaria el considerado último oso de Euskal Herria. La subespecie de oso pardo pirenaico perduraría aún en lo más recóndito de esta cordillera hasta que al último macho, bautizado Camille, se le dio por muerto de puro viejo en 2010.

Los osos que actualmente pueblan los Pirineos son ejemplares reintroducidos pertenecientes a la subespecie centroeuropea así como algún híbrido entre ésta y la autóctona.

El exterminio del oso

Del inmisericorde exterminio a que fue sometido el oso guardan fiel testimonio los documentos que relatan cómo un grupo de vecinos de Orozko mató al último oso del Gorbea en 1819. Sus cazadores recibieron una recompensa de 600 reales por acabar con la alimaña. Un año antes, el Ayuntamiento de Zuia pagó 36 reales a un tal Prudencio Larrazabal por abatir a otro oso.

Siglos de persecución sistemática fueron diezmando la población de plantígrados en Gipuzkoa y Araba. Como documentaba José Antonio del Moral en su blog Gananzia a raíz de la muerte de Camille en 2010, en el siglo XVII se constata la presencia de estos animales en las sierras de Elgea y Aralar. Entre 1570 y 1605 se pagaron en Ordizia, Amezketa y Abaltzisketa recompensas por la muerte de 19 osos. Los últimos ejemplares de Araba fueron cazados en Altamira y Urgoiti en torno a 1830.

El último oso reseñado en Gipuzkoa fue cazado hacia 1735 en Zaldibia y, al parecer, hubo gran expectación durante la exhibición de su piel. Quizá fuera aquél el último oso salvaje guipuzcoano, pero no fue el último en ser abatido en este Territorio.

Barrio Lizarraga

El bisabuelo de Agustín Lete fue uno de los participantes en la cacería del último plantígrado abatido en Gipuzkoa. Juan Lete, avezado cazador y residente en el caserío Laskurainaundi del barrio antzuolarra de Lizarraga fue raudo a por su escopeta de pistón cuando el 4 de julio de 1867 corrió la alarma en el barrio: algún vecino había descubierto un oso en el lecho del río Lizarraga cuando cruzaba el desaparecido puentecito de madera de Iturralde, en un paraje situado entre los caserío Laskurainaundi y Laskuraintixi. Al parecer, se trataba de un «paso bastante frecuentado por los labriegos que acudían a refrescarse a una fuente próxima».

Agustín Lete (Antzuola, 1934) afirmaba haber escuchado siempre que su bisabuelo Juan mató al oso de un certero tiro «mientras permanecía aún en el río, no sé si porque el animal se hallaba herido y no podía huir».

Sin embargo, documentos de la época atribuyen la autoría del disparo que acabó con el oso a Francisco Aranguren en un relato no exento de cierto dramatismo. El historiador antzuolarra Iñigo Ramírez de Okariz reproduce en su blog Irinmodo una copia del acta de una sesión de las Juntas Generales de Gipuzkoa celebrada el 5 de julio de 1867. La representación de Antzuola solicitó a la Junta que se recompensase «con alguna gratificación a las personas que habían perseguido y muerto en aquella villa en la mañana de ayer (julio, 4) un oso enorme, y muy especialmente el intrépido joven de 18 años, Francisco Aranguren, que fue mordido por aquella fiera después de herirla mortalmente de un tiro».

La Junta accedió a la solicitud y «acordó que se entregasen al Ayuntamiento de Anzuola 2.000 reales a fin de distribuirlos de esta forma: 500 para el referido Aranguren; otros 500 para el que concluyó de matar al oso (que bien podría haber sido Juan Lete) y, los 1.000 restantes para los acompañantes que siguieron y contribuyeron a la muerte de dicho animal, de calidad de que éste fuese entregado a la escuela de Agricultura de esta villa de Oñati, por si deseaba disecarlo».

El último oso, en Mañaria

Cuatro años más tarde, en 1871, otro oso de procedencia tan misteriosa como el de Antzuola, sería abatido en la localidad vizcaína de Mañaria. Fue el último plantígrado muerto a manos del hombre en Euskal Herria.

Ocurrió una noche de luna llena el 30 de agosto de hace 143 años en el paraje de Ezkilarri, en la peña Ezkubaratz, un agreste roquedo que se yergue a la derecha de la localidad Mañaria según enfila la ascensión a Urkiola.

El escritor mañariarra Evaristo Bustinza 'Kirikiño' (1886-1929) dejó para la posteridad el relato que Néstor Goicoeche Araluce (1900-1978) transcribiría en su libro 'Montañas de Euskal Herria' (1968).

Una de las primeras personas que vieron aquel oso fue una muchachita de Arrueta, al ir por agua a la fuente Malau, que está en una estrecha hendidura al pie de unos ribazos o muñas. Al acercarse la muchacha salió el oso de la hendidura, y pausadamente marchó hacia arriba y desapareció. Ella no conoció qué animal era: quedó breves instantes mirándole, tomó el agua y regresó a su casa con inquietud. Allí contó que en Malau había visto un animal muy grande, que al principio le pareció un burro, pero después advirtió que era distinto. Salieron armados a buscarlo, pero no consiguieron encontrarlo.

Poco tiempo después vieron al oso, en distintas ocasiones y parajes, algunos testigos más.

Se observaba que el oso se retiraba siempre prudentemente cuando se encontraba con personas, y por eso, y porque no se notaban daños entre los rebaños, los hombres tampoco le perseguían, y convivieron todos en buena paz durante año y medio o dos años.

Pero en la primavera y verano de 1871 comenzó el oso a atacar al ganado; y tuvo la desgracia de matar a dos ovejas del 'etxejaun' del caserío Azkondo. Juan Cruz de Bizkarra era un enemigo terrible y astuto de toda clase de animales salvajes. Con sus trampas, lazos y cepos exterminó un gran número de «basakato» (gato montés), azkonarra (tejón), katamielga (garduña), katakuxe (marta) y azeri (zorro). De este último dicen cogió una vez en una sola noche cinco ejemplares.

Tras una larga vigilancia, Bizkarra descubrió dónde tenía el oso su cubil. De noche bajaba hacia Mañaria y al amanecer se retiraba prudentemente pasando por Ezkilarri. Y fue allí donde el 30 de agosto le tendieron una emboscada Bizkarra y 5 hombres.

Le pusieron de cebo una cabra vieja, y cuando el oso terminó de dar cuenta de ella antes de retirarse a su cubil, Bizkarra le descerrajó tiro que le penetró por el ojo derecho y le mató en el acto.

Se dice en Mañaria que el animal pesó ocho arrobas y ocho libras (aproximadamente 96 kilos, un peso bastante modesto para el oso pardo pirenaico, cuyos machos pesan entre 110 y 270 kilos y las hembras hasta 150 kilos); que su carne se vendió en Bilbao, a dos reales la libra, mucho más cara que la carne de buey en aquella época, y que la piel fue destinada a la clase de Historia Natural del Instituto Vizcaíno.

A Bizkarra le llovieron diplomas y recompensas como héroe salvador de niños y ganados. El Ayuntamiento le gratificó con una onza de oro (dieciséis duros, ochenta pesetas) y diploma que dice «El Ayuntamiento de la Anteiglesia de Mañaria a D. Juan Cruz Bizkarra (Azkondo) para perpetua memoria y como prueba de agradecimiento por el oso que mató en la peña de Ezkilarri a las cuatro de la mañana del día 30 de agosto de 1871».

De la Diputación le enviaron como premio once monedas de oro de a ochenta reales. Fue invitado a presentarse en Bilbao repetidas veces, mas nunca quiso ir. Era hombre muy sagaz y temía que le mareasen a preguntas sobre el arma que había empleado para dar al oso tan formidable tiro, inverosímil con escopeta de caza, y como en aquella época había mucho fusil oculto en las cuevas para el próximo levantamiento carlista...

Hace 25 años el club de montaña Tabira Mendizale Elkartea colocó una placa de mármol en Ezkilarri con la siguiente leyenda en euskera y castellano: «En este lugar mató al último oso de Vizcaya a las cuatro de la mañana, del día 30 de Agosto de 1871, Don Juan Cruz Bizkarra (Askondo). Recuerdo Tabira Mendizale Taldea. 1 de Octubre de 1989». A la lápida, actualmente rota, solo le faltaba el RIP por el eterno descanso del último oso abatido en tierras vascas.