Mamen no está sola

Sufre esquizofrenia paranoide y reside en Zumaia. Su vida es normal y repleta de amigos. Un día con Mamen Álvarez sirve para borrar muchos prejuicios sociales contra las personas con enfermedad mental

JAVIER GUILLENEA ,SAN SEBASTIÁN.
Mamen y Paciencia se miran en silencio a los ojos y se abrazan. Sobran las palabras. /Arizmendi/
Mamen y Paciencia se miran en silencio a los ojos y se abrazan. Sobran las palabras. /Arizmendi

Las voces que oye Mamen ya no están en su cabeza sino en las aceras de Zumaia, por donde no puede caminar mucho sin que alguien se acerque a ella y le dé dos besos. No siempre fue así.

Hubo un tiempo en el que un hombre y una mujer empezaron a repetirle lo hermosa que era y no dejaron de hacerlo noche y día. Intentó que se callaran pero no pudo hacerlo. Se tapó los oídos pero tampoco se hizo el silencio en su interior. Las voces que oía estaban en su cabeza. Y parecían reales.

Comenzó una batalla que ha conseguido ganar y que no le importa contar porque no le avergüenza decir que es «una persona con enfermedad mental». Mamen Álvarez ha accedido a compartir con DV uno de sus días para demostrar que la vida puede ser normal aunque se sufra esquizofrenia paranoide. El relato de esta jornada sirve también para retratar a los amigos y vecinos que han visto a Mamen tocar fondo y la han ayudado a salir a la superficie.

«Es la lucha del yo contra la enfermedad», resume mientras toma un descafeinado en la pastelería Ogi Berri de la plaza Amaia. Tiene cincuenta años y comenzó el combate a los 25. «Sufrí el primer brote psicótico en parte por genética y en parte por un fracaso sentimental». Empezó a recorrer entonces un largo camino en el que ha sufrido altibajos y que la ha llevado a ingresar en dos hospitales psiquiátricos: el de Usurbil y el de San Juan de Dios.

Cada recaída tuvo el mismo motivo. Dejó de tomar la medicación que le habían recetado y trató de buscar su curación con remedios naturales y con resultados catastróficos. «Antes del segundo ingreso en el psiquiátrico tuve un brote psicótico», recuerda Mamen, y cuando lo dice a su interlocutor le viene a la cabeza la imagen de una loca peligrosa que oye voces que le ordenan matar a cualquiera que se le ponga por delante. Es un prejuicio que afecta a buena parte de la sociedad, en la que ha arraigado la creencia de que quien sufre una enfermedad mental es peligroso, sobre todo si su enfermedad se llama esquizofrenia.

Pero no es así. La recaída de Mamen la convirtió en una especie de hada madrina dispuesta a hacer el bien a cualquier precio aun a costa de su desgracia. «Cuando dejas la medicación haces barbaridades y a mí me dio por ayudar a los demás. Compraba ropa para mis amigos, llevaba bocadillos al pub, empecé a gastar todo mi dinero y acabé endeudándome, me veía como una reina maga. Con la enfermedad se me disparó el altruismo, quería que los demás fueran felices aunque yo me sentía cada vez más desgraciada».

La vergüenza

Mamen habla sobre ella sin ahorrar en detalles. Quedaron lejos los tiempos en los que no se atrevía a contar a nadie lo que le ocurría, cuando ni siquiera se lo confesaba a sus padres o a su médico. Tener una enfermedad mental es aún hoy un motivo de vergüenza para quien la sufre y para su familia. Los enfermos son víctimas de un estigma social que muchas veces les conduce al aislamiento. «Antes no lo hablaba porque me daba vergüenza, no se lo decía ni al médico, me lo tragaba todo y creo que si no lo hubiera hecho no me habría vuelto crónica. Hace 25 años me llamaron loca y eso me hizo mucho daño».

Termina su descafeinado y compra una barra de pan en la panadería mientras bromea con las dependientas. «Han venido a hacerme un reportaje sobre mi enfermedad», les explica. Las bromas se extienden y se contagian al resto de la clientela; cuando sale de la tienda deja detrás un alboroto de carcajadas. «Ya os digo que no os vais a aburrir con esta», dice una mujer. «Hace 25 años nadie me entendía en Zumaia pero hoy todos me comprenden, me aprecian mucho. Hay que contarlo, buscar todos los apoyos», insiste Mamen, que se encamina hacia la segunda etapa de su recorrido.

En realidad no es una jornada normal para ella porque está de vacaciones. Habitualmente viaja a San Sebastián para acudir al centro de rehabilitación psicosocial Ibiltzen, de Agifes, la asociación guipuzcoana de familiares y personas con enfermedad mental, aunque a veces necesita un descanso y se toma unos días libres porque regresa agotada de Zumaia. «Gracias a ellos me estoy recuperando, tienes que poner que les quiero mucho», repite cada vez que habla de Ibiltzen y del Centro de Salud Mental de Zarautz, del que también recibe apoyo.

El control

Mamen entra en la frutería Margari, que es uno de los comercios más cinematográficos de los últimos tiempos, al menos su toldo, que aparece en la escena de la manifestación de la película 'Ocho apellidos vascos'. No ocurre lo mismo con su propietaria, Margari, que no se atreve a dejarse fotografiar y a la que solo le falta dar un abrazo a su clienta cuando entra en el comercio. «Ya sabemos lo que le pasa, la conozco desde pequeña y recuerdo que cuando ella andaba mal estaba como perdida, pero nunca la he visto como a una loca. Ahora la veo bien, es tan simpática...». «Ay, que me emociono», responde su amiga.

Cinco plátanos y medio kilo de fresas después, todos ellos gratis porque Margari invita, Mamen se encamina a la pescadería con la bolsa llena de fruta. Tiene pensado comer ensalada, katu arraia en salsa verde y fresas de postre. Hoy le toca cocinar para su hermana Maixabel, con la que vive y que es su tutora. «Yo quise que lo fuera», afirma. Cada catorce días toma una inyección de Risperdal Consta y todas las noches una pastilla de Haloperidol y dos de Lormatazepan que le ayudan a dormir «para descansar el cuerpo y la mente».

A pesar de que esta medicación mantiene controlada la enfermedad, siempre existe el riesgo de recaídas. «A veces me vuelvo muy susceptible o me entra mucha tristeza pero intento recuperarme. Pongo música alegre, estoy con mis amigos y, sobre todo, en cuanto veo que tengo un síntoma lo hablo con mi hermana o pido ayuda a los monitores de Ibiltzen. Eso es lo que hay que hacer, contarlo, no hay que callarse».

Algo parecido le dicen Lourdes y Marian, con quienes se encuentra después de visitar la pescadería. Las dos mujeres insisten en la importancia de «contar a alguien nuestros problemas» y no dejan de alabar a Mamen. «Igual está mejor que todos nosotros», «es una persona bellísima», «es la persona más alegre que he conocido», aseguran.

Tanto halago da que pensar. Uno de los peligros a los que se enfrentan las personas con enfermedad mental es el de la sobreprotección a la que pueden verse sometidas por parte de su entorno, lo que les hace perder autonomía. En ocasiones se les trata como a niños incapaces de comprender en su totalidad la realidad que les rodea, que es algo que a veces ha tenido que sufrir Mamen, aunque cada vez menos. Pero todavía se ve obligada a recordar que es «una persona adulta, normal y corriente».

El abrazo

Por sus manos han pasado las cabezas de medio Zumaia, todos ellos clientes de la peluquería que tenía en San Juan iturri. Cuando dejó el negocio, trabajó como camarera, cuidó niños y limpió casas. Ahora tiene la invalidez absoluta, lo que no le impide peinar de vez en cuando a sus amigos y buscar la manera de no estar quieta. «Quiero hacer cursillos, piscina, gimnasia, cosas que me hagan feliz». Sabe que no puede trabajar «tan duro como antes» porque su cuerpo le reclama descanso y tiene que acostarse a las ocho de la noche, pero quiere moverse. «Quiero hacer cosas de voluntariado, he solicitado trabajar de dependienta en un comercio de Aukera y estoy esperando la llamada», afirma.

Mientras habla atraviesa Ondartxo Plaza, donde es día de mercadillo. En un puesto de ropa se encuentra con Paciencia Eyang Ntutumu -«significa arco iris», recalca la vendedora-, una gran amiga de Mamen. «La conocí antes de que se pusiera mal, un día la gente empezó a decir que le había dado algo, que había salido desnuda a la calle, pero ahora la veo muy bien». Las dos mujeres avanzan hasta situarse frente a frente y es entonces cuando surge uno de esos momentos que se llaman mágicos, únicos o especiales y que merece la pena presenciar. Entre ellas se hace el silencio, se miran a los ojos un par de segundos y se funden en un abrazo. No hay voces.

Pero el silencio dura hasta que Paciencia se fija en el cigarrillo que sostiene su amiga entre sus dedos -porque Mamen ni bebe alcohol ni toma cafeína, pero sí que fuma- y comienza a regañarla. «Ahora me pongo dura contigo, ¿por qué no dejas de fumar?». De nada valen las débiles excusas que encuentra, porque Paciencia pierde el sentido de su nombre e insiste. «Tienes que dejar de fumar, puedes hacerlo, ¿me oyes?, te puede provocar enfermedades».

Con promesas vagas Mamen se retira estratégicamente del mercadillo y se dirige a comprar leche en el bodegón El Riojano. El local es un almacén en el que se mezclan licores y alimentos, todos detrás de una pequeña barra con aspecto de haber presenciado tertulias interminables y de ocultar más de un secreto.

Vicente, que conoce a Mamen de toda la vida, la recibe con una sonrisa y obsequia a los visitantes con dos San Miguel -«para estar más cerca de San Pedro»- y una cerveza sin alcohol. «Todos hemos aprendido de ella, tiene que seguir peleando sin perder la moral», dice. Durante la conversación surge la palabra 'loca' y Mamen le comenta al bodeguero que todavía muchas personas ven a los enfermos mentales «como bichos raros». Como suele decirse, la respuesta de Vicente es contundente y no deja lugar a dudas. «Si os ven como bichos raros es que ellos están peor y no entienden nada. Lo que tienen que hacer es ayudar y tú -señala a su clienta- no tienes que decaer, tienes que seguir hacia adelante sin mirar atrás».

Las voces

Después de comer y de un breve descanso, Mamen ejerce de guía turística para sus invitados. Ante San Juan iturri, frente a las ventanas rojas de la antigua peluquería, regresa al pasado y recuerda los gritos de los niños que, como ella, se juntaban en la plaza para ver a las pescateras. No muy lejos, los mismos niños montaban escándalo en el mercado, junto a los asnos que transportaban las hortalizas de las caseras. Las voces infantiles se multiplicaban en Itzurun zuhaitzbidea, bajo el arco de un pequeño puente que tiene la propiedad de amplificar el sonido. «Veníamos aquí corriendo porque había eco y nos poníamos a gritar palabras para que se repitieran».

De alguna manera el eco huyó de aquellas piedras y se instaló en la mente de Mamen, que años después empezó a oír las voces de un hombre y una mujer. «Me decían cosas bonitas, como que era preciosa, qué mujer o que era una cachonda mental, y nunca paraban. Así día y noche». Era tan real que costaba distinguir la verdad de la mentira. Despertaba por la mañana y abría la ventana para ver si alguien la vigilaba. Cuando encendía la televisión le parecía que los locutores se dirigían a ella. Cambiaba de canal y los dibujos animados también la miraban. Se tapaba los oídos pero las voces seguían hablando, no había forma de librarse de ellas. «Estaban dentro de mi cabeza, era algo real. Era terrible, muy duro».

El apoyo y los medicamentos han conseguido acallar a las voces. «Me veo como una mujer normal, muy coherente, me siento estupendamente bien. Al final te das cuenta de que puedes llevar una vida divertida». Mamen se dispone a terminar el día en el pub Intza, del que es clienta desde que tenía 13 años. Aquella adolescente que entró en el local por primera vez y la mujer que hoy se sienta junto a la columna son en el fondo las mismas, como la música que sale de los altavoces.

Jacqueline, de 21 años, recibe a Mamen con su canción favorita: 'Hey Joe', de Jimi Hendrix. Trabaja en el pub desde hace dos semanas pero ya trata a la clienta como a su amiga. «¿Por qué te hacen un reportaje?», le pregunta. «No te lo había dicho porque no había surgido el tema, pero es para hablar de mi enfermedad. Tengo esquizofrenia paranoide». Por toda respuesta, Jacqueline sonríe, sirve un plato de frutos secos y toma de la mano a Mamen.

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