«Para mí, la escultura es como los hijos, un motivo para vivir»

Es una persona muy conocida en muchos ámbitos irundarras y bidasotarras. Su dedicación laboral y artística están ahí

«Para mí, la escultura es como los hijos, un motivo para vivir»

Tiene 58 años que no aparenta y trabajó 34 en la conocida empresa &lsquoMármoles Ureche&rsquo, que acabó cerrando. Siempre ha estado unido al mundo del arte en general y al de la escultura en particular. Esta práctica es su auténtica pasión, la de Gabriel Narzabal González, irundarra que nació en el número 5 de la calle Bidasoa (cerquita de la Ertzainetxea) y que conoce muy bien Behobia y Anaka (Puiana), donde se estableció hace 17 años. Está casado con Soraya Gabilondo. La pareja tiene una hija encantadora (27 años), que está cerrando en la UPV su proyecto de fin de carrera en Arquitectura. Estudió en el Cincuentenario de San Marcial y en Martindozenea, donde terminó oficialía y maestría industrial, rama metal. Ha sido muy piragüista y muy mendigoizale, ahora no tanto. Le gusta salsear y saca excelentes &lsquonotas&rsquo con los trabajos manuales. Hace hasta lo que no sabe. Ahora mismo y desde 2009 está en situación de desempleo, pero nunca ha renunciado a hacer cursos de todo. Es un hombre que está dispuesto a hacer lo que le salga. Luce barba de artista y es un gran conversador. Tiene un memorión que llama la atención.

- Y te pusieron Gabriel...

- Sí, había dudas en casa, pero las resolvió una vecina. ¿Que cómo se llamaba? Pues Gabriela.

&ndashAhora eres de Anaka, pero has sido muy de Santiago, ¿no?

- Era lo que pillaba cerca de mi casa natal. Siempre estábamos cerca del agua, pescando corcones y anguilas o cogiendo almejas y andando en lanchas. Íbamos desde Santiago hasta el puerto y vuelta. Julián García, Cástor Bengoetxea y, entre otros, Juanjo Pujol eran mis amiguetes.

- ¿Cómo era aquel río Bidasoa?

- Muy limpio, con mucho verde y con musgo sobre las rocas. Contaminación, cero. Mi mundo era el río y la huerta familiar de Oxinbiribil. Mi afición por las piraguas empezó por ahí. Recuerdo las dos primeras embarcaciones que regaló la Federación para el Descenso del Bidasoa. Se guardaban en el garaje de mi tío Marcelino Lecuona. También solía ir mucho por Gal y por la base de los americanos. Allí aprendimos lo que era el béisbol. El Paseo Colón sólo lo conocíamos porque había que ir al &lsquocole&rsquo. Vamos, casi de postal.

- ¿Cuándo nace tu vena artística?

- Recuerdo que con doce años iba a la carpintería de nuestro vecino Faustino Gascón. Le pedía palos y maderas sobrantes y fabricaba mis propias herramientas. También aprendí mucho de mi difunto aitatxo (José Mari), que fue un auténtico superviviente, una persona sin estudios pero más listo que el hambre. Con sólo seis años salvó a toda su familia de una muerte segura. Habían comido setas envenenadas y sufrieron una grave intoxicación. ¿Sabes que hizo el aita?

- ¿Qué hizo el aita?, cuéntame.

- Ordeñar una vaca de la cuadra y darles de beber leche para provocar el vómito. Así ocurrió y devolvieron las setas, de manera que salvaron la vida. Pues eso, el aita sólo tenía seis años y actuó con la cabeza de una persona mayor. Por cierto, él también comió setas, pero fue el último en beber la leche. Dio como un pequeño gran ejemplo.

- ¿Cómo crece tu amor por el arte?

- Tuve la suerte de ver a Néstor Basterretxea y a Jorge Oteiza. Esta parejita iba a comer todos los días a la plaza Urdanibia. Siempre pasaban delante de nuestra casa y también siempre con unas broncas impresionantes. Gestuales y de voz. Fueron dos grandes referentes para mí. Luego vino el encargo de Remigio Mendiburu...

- Soy todo oídos.

- Pues nada, que trajo una maqueta para transformarla en escultura de piedra. Así que nos pusimos manos a la obra Leopoldo Blanco Torreadrado (jefe) y yo (ayudante) y terminamos en 400 horas lo que se había presupuestado en 500. Leopoldo me enseñó mucho. Además, no se guardaba nada y transmitía todo. Yo tenía base y ganas, pero me faltaba ese &lsquoplus&rsquo que él me proporcionó.

- Luego te relacionaste con Remigio Mendiburu, ¿No es cierto?

- Sí, a raíz de ese encargo al que le siguieron otros. Remigio era muy bueno, pero sólo trabajaba con madera. A mí me dejaba la piedra. Por esos tiempos me presenté al certamen de Artistas Noveles y gané dos premios, creo que en 1981 y 1983, con una estela funeraria de negro Markina y con &lsquoBostortza&rsquo.

- Ese fue el prólogo de tus lamias del bidegorri, ¿no?

- Claro, porque al poco tiempo &ndashcon Ricardo Etxepare como alcalde y Patxi Quiroga como concejal de Cultura&ndash el ayuntamiento creó el plan de &lsquoEscultura al aire libre&rsquo. Se enteraron de que yo era irundarra y que andaba en esas, así que me eligieron.

- Y ahora ¿qué haces?

- He terminado la escultura de &lsquoSoroxarta&rsquo y estoy en un proyecto relacionado con una entidad que tiene mucho que ver con Irun. Hasta ahí te puedo contar.

- O sea, que vas a tu velocidad, pero la verdad es que no paras...

- Son 35 años en la escultura y qué quieres que te diga... La escultura es como los hijos, un motivo para vivir. No te desvinculas nunca.

- ¿Y cómo está eso de vivir de la escultura?

- Eso lo podrán hacer algunos, pero yo no estoy en ese equipo. Mira, sólo he vendido en mi vida dos obras, una por 26.000 pesetas y otra por 25.000. Fue a primeros de los 80, lo demás todo han sido gastos.

- ¿No te animas a exponer?

- La verdad es que lo he pensado en más de una ocasión. En este sentido he conocido a Alberto Barrenetxea, un psicoanalista donostiarra que vive en Hendaia, que me dijo que en sus ratos libres quería esculpir. Pues ahí estamos los dos en mi taller. Y sí, me está empujando a hacer cosas. Es como un revulsivo.

- ¿Qué consideración tienes de ti mismo como escultor?

- La verdad es que no he tenido muchas oportunidades de demostrar lo que soy o lo que pueda valer. Siempre me he dedicado más a mi actividad profesional que a la artística y eso tiene sus consecuencias. Pero, en cualquier caso, nunca he dejado de hacer lo que me gusta. Sí te puedo decir que soy un buen conocedor de las técnicas escultóricas, pero al final eres lo que haces.

- ¿A tu hija Marina le gusta la escultura?

- Creo que sí, pero pienso que quiere que yo haga más cosas. No le pienso defraudar.

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