El acantilado de Getaria sucumbe a la erosión

En los últimos veinte años la pared ha retrocedido dos metros, según recientes estudios geológicos. Un informe sostiene que, si no se adoptan medidas de choque, en tres décadas se verán afectados los cimientos de las casas

JAVIER PEÑALBA| SAN SEBASTIÁN.
Las casas se construyeron hace 51 años muy cerca de la vertical. / LOBO ALTUNA/
Las casas se construyeron hace 51 años muy cerca de la vertical. / LOBO ALTUNA

El futuro de las viviendas que se asoman sobre el acantilado de la playa de Gaztetape, en Getaria, no es precisamente muy esperanzador. La erosión es inexorable. En los últimos veinte años, la pared de rocas donde se levantan las casas de la calle Iribarrena, en la que residen las doce familias que el pasado domingo tuvieron que ser desalojadas, ha retrocedido en algunas partes hasta dos metros, diez centímetros al año, según recientes estudios geológicos realizados. Los expertos aseguran que de continuar la progresión a este ritmo, salvo que se aborden medidas de protección y sostenimiento del talud, los cimientos de las edificaciones podrían verse afectados en un plazo de treinta años o menos. De momento, sin embargo, el suelo sobre el que se asientan las casas es firme. Para revertir este proceso de degradación será necesario acometer un costoso plan de afianzamiento de la ladera. Sólo así se podría frenar el progresivo deterioro.

A estas alturas, nadie duda de que las casas se encuentran en un área de elevado riesgo. Lo dicen los expertos y lo ven quienes habitan en ellas. Tampoco es nada nuevo. El acantilado en el que se produjo el corrimiento viene siendo objeto de diversos estudios, y durante épocas recientes ha sido sometido a medidas de corrección. Las casas que hoy se hallan en situación de riesgo se levantaron hace 51 años, muy cerca de la vertical. Orientadas al mar, tanto las edificaciones como la ladera han soportado en estas cinco décadas innumerables temporales del noroeste, con fuertes chubascos, granizo, vientos huracanados...

Todos estos agentes han hecho mella en la pared que, antes incluso de este último desprendimiento, ya había mostrado signos de cierto agotamiento, a pesar de que hace veinte años, durante la construcción de la empresa Viveros San Antón, situada en la base del acantilado, fuese sometida a un 'lifting'. En aquella ocasión el talud fue cosido con grandes bulones y anclajes y asimismo se desplegó una red metálica.

En fechas más recientes, vecinos del mismo grupo de viviendas ya tuvieron que salir de manera apresurada tras la caída de una roca. Sucedió, según afirman, hace unos cinco años. Entonces, un conjunto de piedras se desprendió de una parte del monte que todavía se eleva sobre las casas y afectó a algunas de ellas.

No ha causado sorpresa

Pero este no ha sido el único síntoma de inestabilidad que ha mostrado la ladera. Las mallas con cable metálico que cuelgan desde lo alto para evitar que el material que periódicamente se desprende cause males mayores sujetan en la actualidad numerosas rocas, varias de ellas de gran tamaño. El peso que en estos momentos soportan esas redes produce un efecto pernicioso, toda vez que desde los puntos en los que están ancladas no hacen sino tirar de la pared hacia abajo. «En estos momentos, son más perjudiciales que beneficiosas. Además, están sujetas a unos pernos situados en una zona inestable», afirma el geólogo Ladislao Aymat, de la empresa 'Aymat Geoteknia', que en estos momentos dirige los trabajos de saneado del acantilado.

A Aymat lo sucedido no sólo no le ha causado demasiada sorpresa, sino que vaticinó que podía suceder. El geólogo conoce a la perfección las condiciones en las que se encuentra el talud. Lleva estudiándolo desde hace años. Los vecinos demandaron sus servicios tras la caída de la gran roca de hace cinco años y la aparición de unas grietas. «Ya en 2010 vimos que la situación era compleja. Entonces hice una propuesta de estabilización y en 2012 redacté un informe pericial. Llegué a la conclusión de la que ladera tenía un periodo de vida de unos treinta años antes de que afectase a las viviendas».

Aymat, que goza de un reconocido prestigio en este sector, recuerda que el pronóstico fue sencillo de hacer. «Algunos de los bulones que se introdujeron hace veinte años permanecían al descubierto en dos metros de longitud. Significaba que se habían desprendido dos metros de roca. La regla de tres es sencilla, se está produciendo una erosión media de diez centímetros por año. Esto nos da una idea de la progresión del desgaste que sufre la ladera. Es un avance importante», afirma.

«Es el mismo efecto que se produce en la carretera de la costa. De ahí la cantidad de actuaciones que se están acometiendo en esta infraestructura», recuerda el experto. El geólogo explica que el acantilado está formado por estratos de areniscas y lutitas. «Para ser claros, digamos que unos son duros o los otros blandos. Mientras las capas duras tardan en erosionarse, las blandas, lógicamente, lo hacen con mayor rapidez. Es lo que denominamos 'erosión diferencial'. Así, en el instante en que las partes menos resistentes se desploman se producen caídas de bloques. Cuando la erosión avanza hacia el interior de la roca, llega un momento en el que se produce una línea discontinua en sentido perpendicular a los estratos que puede llegar a producir un desplome general, como así ha sido en este último caso. De una forma gráfica, diría que se ha roto el sandwich».

La pregunta que ahora se hacen los vecinos es ¿cómo se puede contrarrestar este avance? En esta fase inicial, según explica Ladislao Aymat, lo primordial es llevar a cabo un derribo controlado de las zonas que han quedado en peligro de desplome antes de la estabilización y protección definitiva. El geólogo señala que esta labor ha de hacerse de manera casi manual, «ya que la dificultad de acceso impide actuaciones con maquinaria pesada».

Con esta finalidad, varios operarios, expertos en escalada, han comenzado con las labores de saneamiento. Se ha procedido a demoler la solera y han comenzado a desmontar manualmente las zonas en voladizo como el muro de mampostería situado en la zona norte. «A la vez, se han realizado labores de auscultación mediante extracciones de muestras con sondeos de recuperación de testigos. También se lleva a cabo un control de la evolución de las grietas del terreno mediante la colocación de 'fisurómetros'. En estos momentos, la vigilancia ha de ser intensa por si producen nuevos movimientos», señala Aymat.

Los estudios que se llevaron a cabo el pasado año permitieron conocer que las casas de la calle Iribarrena se encuentran cimentadas en roca mediante 'zapata corrida'. Ello significa que los muros de la fachada están asentados en el terreno en toda la superficie que ocupan. Así, el peso del edificio se reparte sobre dicho terreno de forma más extendida, con lo que, en teoría, soporta el peso del edificio de forma más relajada.

Qué hacer

Algunos tramos de esta zapata se hallan sobre grandes cantos que sirvieron para regularizar el terreno y así salvar las depresiones que había en la roca. «Se puede decir que en la zona en la que se ha producido el desplome la cimentación es segura a corto plazo, hasta que se tomen las medidas correctoras, lo que permitirá una cimentación segura. El borde de dicha cimentación hasta la línea del acantilado se encuentra a un metro y medio y la roca que ha quedado de sustento se halla bastante sana».

En esta situación, el equipo conformado por expertos se inclina por que se desmonte la zona de riesgo como un «castillo de naipes». Para ello, sería necesario ejecutar los trabajos previos de protección de los viveros con máximo cuidado, para que los bloques no se proyecten sobre las instalaciones. «Una vez provoquemos el desplome controlado y saneemos el frente de la ladera, habría que tomar medidas de protección para evitar la erosión, mediante mallazos, anclajes... De lo contrario, el proceso de degradación seguirá. Con estas acciones, la vida de la ladera estará asegurada», afirma Ladislao Aymat.

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