Javier Aguirresarobe: «Trabajar con Woody Allen ha sido un lujo»

El Servicio Dorado de Kutxabank otorga al fotógrafo el premio ‘Una vida de cine’

MARÍA JOSÉ LÓPEZ
Koldo Okariz, Javier Aguirresarobe, José Luis Rebordinos y Carlos Ruiz, en la entrega del galardón en la sala de Kutxa. :: JOSÉ MARI LÓPEZ/
Koldo Okariz, Javier Aguirresarobe, José Luis Rebordinos y Carlos Ruiz, en la entrega del galardón en la sala de Kutxa. :: JOSÉ MARI LÓPEZ

Pintar con un pincel de luz. La fotografía, un arte injustamente tapado, que en manos del prestigioso Javier Aguirresarobe (Eibar, 1948) ennoblece una profesión sin parangón. Merecido destinatario del Nacional de Cinematografía en 2004 de seis Premios Goya, entre otros reconocimientos internacionales, el director de fotografía más laureado de nuestro panorama cinematográfico recibió ayer el sexto galardón Una vida de cine, una distinción, concedida por el Servicio Dorado de Kutxabank en el marco del Zinemaldia, de la que anteriormente fueron receptores Antonio Mercero, Elías Querejeta, Pedro Olea, Xabier Ellorriaga e Imanol Arias.

Recién llegado de Nueva York, donde se encuentra actualmente inmerso en un nuevo trabajo, Aguirresarobe es el claro ejemplo, como también lo es el de los montadores, del papel trascendental que juegan muchos profesionales del cine tras la cámara, más allá de alfombras rojas y focos humeantes. El director de fotografía apuntó, en un encuentro con los medios, que la manera de trabajar durante los últimos años ha cambiado a causa de la aparición de los medios tecnológicos, que se caracterizan por «ser mucho más manipulables que los analógicos». En este sentido, Aguirresarobe consideró que se ha producido un retroceso, cuando se trabajaba con el negativo «nuestra labor era mágica y muy personalizada». El antiguo soporte tiene unas exigencias de revelado que son mucho más arduas que el digital, de tal modo que el fotógrafo antaño «controlaba mucho más su trabajo».

Mágicos contrastes

Las luces y las sombras tienen en la obra del eibarrés un protagonismo inusitado, casi obsesivo. De los claroscuros de Beltenebros a las gamas cromáticas y los mágicos contrastes de Tierra de Julio Medem, pasando por su inequívoca impronta en sendas obras de John Hillcoat o Woody Allen. Una etapa de suma importancia para el guipuzcoano, ya que confesó que colaborar con Woody Allen fue un «auténtico lujo», y, además, resaltó el talante creativo del cineasta.

Graduado en la Escuela Oficial de Cine en 1973, siendo partícipe de una generación a la que también pertenecen Ángel Luis Fernández o Julio Madurga, inició sus pasos en el fértil cine vasco de la década de los setenta, antes de establecerse en Madrid y consagrarse como una de las figuras más destacadas de su campo.

Tras el acto de entrega de la escultura Bilbe en el salón de actos de Kuxta en la calle Andia de San Sebastián, se proyectó la película Secretos del corazón.