«Me dejó una huella tan profunda que le dediqué una novela»

GERARDO ELORRIAGA
Gibson trabaja en la biografía de Luis Buñuel. ::
                             ALBERTO AJA/EFE/
Gibson trabaja en la biografía de Luis Buñuel. :: ALBERTO AJA/EFE

Tan solo disponía de un año para hacerse con un castellano fluido y el primer libro que tenía que leer en su nuevo idioma resultaba ser de un tal Rubén Darío. Así, por imperativo académico, fue como aquel joven estudiante irlandés descubrió 'Azul', la obra que cambiaría su vida. «No había encontrado nada igual en mi adolescencia», explica Ian Gibson (Dublín, 1939). «Había color, pasión, erotismo, todo lo que necesitaba entonces porque yo provenía de una familia protestante puritana». El hispanista ha elegido al autor nicaragüense como su referencia ineludible. «Me dejó una huella tan profunda que incluso le dediqué una novela y sigo creyendo en su condición de gran escritor, aunque el modernismo quedó sepultado por otros ismos».

Eran tiempos de primeras veces. Conoció Madrid en 1957 recién estrenada su mayoría de edad. «No sabía nada de la dictadura ni quién era Franco». Recuerda que los españoles no habían pegado el estirón. Pero los 'grises' destacaban por su envergadura y la contundencia que empleaban en sus enfrentamientos con los estudiantes: «Me empezaron a contar cosas de la guerra, pero había miedo, la gente decía que las paredes oían».

A pesar del clima de represión y la nostalgia de cierta novia dublinesa, su adaptación a España fue un proceso fácil. Se enamoró del sol, de las tapas, de Toledo y Segovia, de una cultura fabulosa, aunque se hallara rota por la contienda civil y desperdigada en la diáspora. «Me topé con tal variedad de paisajes y paisanajes, con toda una península llena de secretos y enigmas». Curiosamente, ese feliz descubrimiento tuvo un origen mucho más banal: «Cuando estudiaba en el Trinity College pocos estudiantes elegían el español». La mayoría se decantaba por el francés, a pesar de que el departamento dedicado a nuestro idioma estaba formado por buenos profesores, y el aspirante, sencillamente, optó por la mejor relación entre oferta y demanda.

El impacto se amplificó cuando comenzó a leer 'Romancero Gitano'. «Sin él mi vida habría sido diferente. La conexión es telúrica, una palabra que le gustaba mucho a Federico García Lorca». Gibson percibió una conexión entre el poemario y 'Jinetes a la mar', de John M. Synge, obra esencial de la literatura irlandesa que tradujeron al castellano Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí antes de darla a conocer al genio granadino. «Me complace pensar que algo vinculaba a Irlanda y Andalucía. También, que la primera etapa de Lorca se nutre de Darío».

La patria literaria

Pero hay algo más íntimo y personal que facilitó la conversión de Ian Gibson en un español de adopción. «Como protestante nacido en un país católico me sentía un intruso, sufría una profunda angustia, un problema de identidad que me ha ayudado a entender el problema de las minorías». Gibson habla de un sueño recurrente que se llamaba Europa. «Estaba en una isla aislada, aunque suene mal, y alimenté la idea del origen celta, de la nostalgia de una tierra de la que proveníamos, situada al sur del continente».

El joven escritor no podía sospechar que el territorio que reclamaba carecía de fronteras materiales. «En la literatura hallé mi patria». Desde entonces, vive en sus libros, atrapado por la aventura del hispanismo, un fenómeno que reúne a decenas de miles de investigadores. Incluso dejó el magisterio por su vocación por el ensayo y la ficción. Su último fruto es 'La berlina de Prim', una recreación de la muerte del general en la que se especula con las causas y culpables del magnicidio.

El azar definió la vida de Gibson, quien tiene claro que, como indicó Antonio Machado, nadie elige su amor, aunque él ha cultivado sus pasiones. El estudio de la generación del 27 atraviesa transversalmente su fecunda trayectoria sin menoscabo de aquel idilio primaveral con Darío. El escritor lo relee a menudo, no solo los versos, sino también sus exquisitos trabajos periodísticos, caso de 'Los raros', dedicados a personajes como Paul Verlaine, Lautréamont o Ibsen. «Se le ha olvidado. Solo se ven los lagos y los cisnes, los lectores no reparan en el halo misterioso, lo nocturno, en la profundidad de su obra».

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