Quince años del secuestro más largo

Tal día como hoy, Ortega Lara fue liberado tras 532 días de encierro en un zulo de ETA, en una nave de Arrasate. El jefe de la Guardia Civil que lo rescató asegura que cualquier error «le hubiera condenado a muerte»

J. ARTOLASAN SEBASTIÁN.
Ortega Lara, tras ser liberado./
Ortega Lara, tras ser liberado.

Hace quince años el funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara fue liberado por la Guardia Civil de un zulo en Arrasate donde ETA le había tenido secuestrado desde el 17 de enero de 1996. En total fueron 532 días que convirtieron su secuestro en el más largo de los efectuados por la organización terrorista en sus más de cincuenta años de historia. Diez días después de la liberación, ETA secuestró y mató al edil del PP en Ermua Miguel Ángel Blanco.

La imagen de Ortega Lara tras su rescate dio la vuelta al mundo. Su gesto de sufrimiento cuando caminaba lentamente sujetado por sus familiares era el reflejo del inhumano cautiverio que tuvo que soportar tanto tiempo en un zulo de dimensiones reducidas. Con barba larga y delgadez extrema, Ortega Lara vio la luz de la calle con miedo. Parecía un náufrago con la mirada perdida.

Ortega Lara elude hablar de su secuestro en público. La última vez que lo hizo fue en Bilbao en una cumbre católica que se celebró en el Palacio Euskalduna. «Espero conseguir perdonar antes de morir», confesó en la jornada de clausura de aquella reunión.

José Antonio Ortega Lara, de 53 años, casado y exmilitante del PP, fue secuestrado el 17 de enero de 1996 por tres etarras en el garaje de su vivienda en Burgos, cuando regresaba de su trabajo en la cárcel de Logroño. Los terroristas le introdujeron en el maletero de su coche y luego le transportaron en un camión hasta el zulo, escondido en una máquina especialmente preparada. ETA, que por primera vez secuestraba a un funcionario de prisiones, exigió para liberarle el reagrupamiento de sus presos en las cárceles vascas en vez de la habitual contrapartida económica.

Lazo azul

En los meses siguientes, se multiplicaron las muestras de solidaridad, mientras las concentraciones y el simbólico lazo azul se alternaban con las polémicas políticas sobre la dispersión de los reclusos de ETA.

Ortega Lara vivió bajo tierra, en un espacio de dos por tres metros de superficie y una altura de un metro ochenta. Con problemas de visión y sin apenas luz, pasó su cautiverio sin poder leer y sufriendo la humedad que rezumaba del río Deba, que pasaba cerca, y padeciendo fiebres, hongos y diarreas.

Según su testimonio posterior, la desesperación por el cautiverio le llevó a planear su suicidio el 5 de julio, fecha de su aniversario de boda, ya que nunca perdió la noción del tiempo. Pero, afortunadamente, cuatro días antes de la fecha marcada, una operación llevada a cabo por quinientos guardias civiles y coordinada por el juez Baltasar Garzón puso fin a su sufrimiento.

Tras ser liberado, Ortega Lara causó baja por incapacidad laboral en el cuerpo de funcionarios de prisiones y se convirtió en una de las voces más críticas con las políticas antiterroristas de posteriores gobiernos.

El operativo

Ahora, quince años después, el jefe del equipo de investigación de la Guardia Civil que participó en la liberación rememora, en una entrevista a Efe, la operación policial, y reconoce que cualquier error le habría «condenado» a una muerte segura. «Fueron más de 500 días de secuestro, más de 500 días de chantaje que el Estado supo aguantar. Su liberación fue una victoria tremenda», destaca.

Aquel 1 de julio de 1997, el actual teniente coronel jefe de operaciones en la lucha contra ETA era el responsable del operativo que tenía, como única misión, encontrar vivo a Ortega Lara y detener a sus captores.

Durante aquel año y medio largo de secuestro, la Guardia Civil siguió sin éxito decenas de pistas, hasta que una nota encontrada en una agenda intervenida a un cabecilla de ETA detenido en Francia encendió una luz de esperanza en los investigadores. La inscripción «Ortega 5K», seguida del monosílabo «BOL», llamó la atención de los agentes, que estaban convencidos de que la nota significaba el pago de «5 kilos» -5 millones de pesetas- a un tal «BOL» para el mantenimiento del secuestro. A partir de ese momento se inició una carrera contrarreloj para identificar a «BOL». Le localizaron, y comenzaron la vigilancia con extrema cautela porque cualquier «patinazo» hubiera alertado a los secuestradores y puesto en peligro a Ortega Lara, afirma.

Efectivamente, los terroristas acudían varias veces cada día a la nave industrial y compraban comida que después no consumían. Y, en plena noche y en presencia de Garzón, activaron el operativo y entraron a la nave. Pero no había rastro del secuestrado. Y uno de los captores detenidos, lo negaba todo con «absoluta sangre fría». «Las horas pasaban y cundía el desánimo», recuerda el guardia civil, que reconoce que solo el empecinamiento de los agentes, que inspeccionaron palmo a palmo el edificio, impidió que muriera abandonado.

Tras horas de búsqueda, un guardia forzó una pieza en una de las máquinas y abrió una pequeña rendija en el zulo. «En ese momento el etarra se derrumbó y confesó que allí estaba Ortega Lara», recuerda.

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