Un guardia civil mató en 1976 al músico Alberto Soliño a la salida de un concierto en Eibar

A. G. E. SAN SEBASTIÁN.

El 12 de junio de 1976, Alberto Soliño salió de casa por la tarde para ir con su grupo musical a tocar la batería a un concierto en la discoteca Jai Alai de Eibar. Se cambio de ropa después de trabajar en la tienda de electrodomésticos que tenía en Pasaia y le dijo a su mujer, Maribel González, que igual no volvería hasta las tres de la mañana. Ella no sabía que esas eran las últimas palabras que escucharía de su marido.

El concierto se desarrolló sobre lo previsto. Al finalizar, le dijo al cantante que fuera metiendo el órgano en el coche, pero las puertas estaban demasiado cerca de otro vehículo que bloqueaba el paso. Alberto salió y observó a su compañero discutiendo con otra persona, que resultó ser el conductor del otro coche y que además le estaba colocando una pistola en el vientre. Según relata Maribel González, su marido le intentó tranquilizar. Le preguntó a ver qué pasaba y le dijo: «Hablando se entiende la gente». «En ese momento, el dueño del vehículo, el guardia civil Luis Carpintero Taravilla, que se encontraba fuera de servicio, disparó al suelo. Alberto torció la cabeza, el agente le dio con la culata y le fracturó el cráneo. Le sacó los sesos, pero no se quedó contento porque todavía le dio el tiro de gracia», rememora con amargura Maribel. «Nadie pudo echarse encima de él porque iba armado. Fue el mismo guardia civil quien metió a Alberto moribundo en su coche y lo dejó tirado delante del cuarto de socorro después de decir que le había matado», relata.

Maribel, que tenía tres hijos pequeños, el mayor de cinco años, y vivía en Pasaia, no supo hasta la tarde de aquel día que su marido había muerto asesinado. Su madre le pidió que fuera a su casa y le dijo: «Alberto ha tenido un accidente». Fue su hermana la que finalmente le dio la noticia. Se trasladó a Eibar y vio a su marido muerto. «Estaba, como encogido, en una caja. Al verlo lo levanté, le cogí la cabeza y los sesos se me quedaron en la mano. Mi hermana me decía: ¡Déjale, déjale!». Al comentar que quería otro ataúd, unos guardias le dijeron que «cuando matan a un policía lo meten en una caja de 7.000 pesetas». Maribel logró enterrar a su marido en otro ataúd en el cementerio de Altza, en Donostia.