Historias de un toldo

Generaciones de donostiarras se han refrescado a su sombra. Este es un relato de recuerdos, amigos y muchos veranos de memoria. Siete historias para tratar de explicar por qué los parasoles son un elemento tan codiciado

¿Por qué un pedazo de sombra genera tanta controversia? Dicen que los asuntos locales los comprenden las gentes del lugar. «No trates de entenderlo», dice la sabiduría popular. Toldos, sombrillas y carpas. Ansiados por miles de ciudadanos. Accesibles al menos hasta ahora para no tantos. Bisabuelos, abuelos, hijos, nietos, biznietos. Sagas enteras de familias han pasado gran parte de su vida veraniega entre la sombra del toldo y la playa. Unos hablan de recuerdos, de memoria, de sentimiento, de vecindad y de amistades labradas a lo largo de toda una vida. Otros de estorbo y sinsentido. Ésta es una pequeña porción de la enorme tarta de historias generadas alrededor de un toldo.

Marta A. El número 213

«Para despedir el verano comíamos turrón»

El invento de las pulseras identificativas que desde el año pasado los niños llevan en la playa de La Zurriola tuvo un precursor hace más de 30 años, y los toldos tuvieron mucho que ver. Marta era una niña cuando su madre le colgó al cuello una chapita en la que podía leerse 213. El número no era más que una garantía para evitar el mal trago de tener que buscar a la niña en caso de pérdida. Quien la encontrase no tenía más que seguir la pista del colgante y ayudarla a regresar a la sombra del toldo número 213. Situado a la altura del hotel Niza, en la playa de La Concha, el toldo perteneció a la familia de Marta durante más de 60 años. Primero a su abuela y más tarde a sus tías, hasta que por recomendación de Costas el Ayuntamiento retiró parte de los parasoles. «Ibas viendo cómo las familias cambiaban, se multiplicaban de verano en verano», explica. Durante un tiempo además del de sus tías, sus padres, junto a un grupo de amigos, tuvieron una carpa en la playa de Ondarreta. «Nos juntábamos cinco familias y en septiembre para despedir el verano compraban turrón y nos lo comíamos por si no se llegaba a Navidad», rememora con la media sonrisa de quien hace mucho tiempo que no evoca un recuerdo feliz. Con el tinto de verano que su padre llevaba a la playa en un termo aún en la memoria y ya convertida en madre, Marta continúa yendo a La Concha, donde a pesar de no tener toldo toda la familia se sigue reuniendo en el mismo punto. Bajo el hotel Niza.

Idoia Alustiza. En familia

«Con siete hijos parece que voy de acampada»

La conversación fluye sin detenerse desde el comienzo del encuentro con Idoia Alustiza. Gesticula y habla dicharachera, y la verdad es que no cuesta imaginársela animando el ambiente en el entorno próximo a su toldo de la Concha. «Soy la más conocida de la zona, ¡no muchos tienen siete hijos!», ríe divertida. Cada verano cambia su hogar por la sombra de un toldo cercano al Eguzki. Llega a las 10.30 de la mañana cargada con almuerzo y comida, platos, cremas, ropa, etc., para su particular regimiento. «Es un punto de referencia para los niños. Dos son mayores, pero los otros tienen 2, 4, 7, 9 y 11 años», explica. Idoia y su familia se dedican al mundo de la hostelería, y ella defiende con fervor la lucha contra el bocadillo playero. Sus hijos comen de plato en un improvisado comedor que monta todos los días en el espacio que queda libre entre los toldos: «Nuestros vecinos son solidarios y nos dejan sus sillas para que los niños las utilicen como mesas. Si no tuviésemos toldo, todos con bocata». Sus hijos mayores a pesar de tener 19 y 23 años respectivamente siguen considerando el toldo como el punto en el que cada mes de junio se reencuentran con cuatro hermanos venidos de Pamplona que conocieron siendo tan solo unos niños. «Es un punto de encuentro, de vida social, una excusa para salir de casa. En estos 12 años he hecho amistades muy buenas gracias al toldo», explica Idoia. A las 21.00 de la noche recoge sus bártulos y vuelven a casa. ¿Mañana? «Bajo a la playa aunque esté nublado. Es bajar, y no tener que escuchar ¡Ama!, ¡erosi hau! en todo el día».

Juan Amillano. Vecindad

«Al perderlo, me quedé sin un cacho de vida»

«Cuando era un chaval quedaba con la cuadrilla en el reloj del Boulevard para ir al guateque, y luego ya con las novias empezamos a ir a la playa. Allí el toldo era como el reloj, quedábamos sin decir nada, era el punto de partida de todo». Juan Amillano se emociona. Durante 40 años tuvo un lugar en el mismo toldo entre el Eguzki y la Caseta Real, pero lo perdió hace dos: «No sé cómo explicarlo, me dio mucha pena, me quitaron un cacho de mi vida». Defiende con fervor el concepto de «vecindad» que tantos usuarios asocian a los toldos:«Conocías los problemas del otro, su vida... Era tan natural como salir a la calle. ¡Si me toca un toldo en otra zona sería como si me cambiasen el portal de mi casa! No sabría cómo ir».

Reyes y Mari Jose. Zurriola

«Es un punto de sociabilización tremendo»

Mari Jose Otegui y Reyes Taracena comparten toldo desde la construcción de la playa nueva, la de La Zurriola. Todos los años con motivo de la llegada del verano Mari Jose se encarga de recordarle a su amiga el madrugón y la larga espera que tuvo que padecer para hacerse con uno de los ansiados parasoles:«¡Imagínate la de gente que había que aunque fui a las siete de la mañana nos tocó en la cuarta fila!». El par de amigas explica, con la naturalidad que da ser experta en la materia, las bondades de resultar poseedor de un toldo situado en las filas delanteras. «No tiene nada que ver. En la primera fila no te agobia el de adelante y corre la brisa. Si no el toldo es un achicharradero», argumenta Reyes. Por cuestión de horarios pocas veces coinciden bajo la sombra del toldo, y a falta de amiga con la que charlar no dudan en sociabilizar con el entorno. «Es un punto de sociabilización tremendo, además de una sombra necesaria para mayores, niños y discapacitados», comenta Reyes, a la que en seguida Mari Jose toma la palabra:«Todavía hoy me paro con gente que conocí cuando llevaba a mis hijas al toldo de mi suegra». «Son amistades playeras, vidas», sigue Reyes, que las lleva acumulando desde que era tan solo una niña:«Mi madre me cosía el número del toldo a la braguita y me decía:Si te pierdes no llores, solo señala la braguita y dí aquí para que te puedan traer de vuelta». Confían en que este año tendrán toldo, porque si no «vendríamos mucho menos a la playa».

Carmen de Olazábal. Un nieto anfibio

«Si un niño se pierde todos le buscamos»

No lo sabe, pero la citamos en una cafetería junto a dos de sus vecinas veraniegas. Carmen de Olazabal ocupa desde hace unos años uno de los toldos dispuestos en la cuarta fila de La Zurriola cercano al de Mari Jose y Reyes. No tardan en sumergirse en una conversación ágil e incluso pasional cuando se refieren al sorteo pero poco a poco el brío inicial desencadena en un diálogo pausado lleno de recuerdos. Carmen siempre adoró el sol, y cuando era apenas una jovencita que se atrevía con el biquini pasaba horas y horas tumbada en el «tostadero» de la Zurriola:«Soy como un lagarto». Con el tiempo cambió la playa de Gros por la de La Concha, donde hace más de 35 años pagaba por un toldo para su familia: «Cuando quitaron los toldos y nos llevaron a la zona del Hotel Londres aguantamos unos años, pero decidimos borrarnos, ¡con la marea te quedabas sin toldo! Y hace unos ocho años, ya por los nietos, me apunté para La Zurriola». Sus nietos utilizan el toldo como punto de referencia ante cualquier despiste, aunque reconoce que hay niños más revoltosos que otros y que en que más de una vez toda la fila se ha puesto a la búsqueda «de un tal Telmo», un niño más huidizo de lo normal. Carmen y su marido adoran relajarse a la rica sombra mientras su nieto se zambulle en el agua. «¡Es medio anfibio», bromea. En la charla le vienen a la memoria las amistades cultivadas en los veranos bajo el sol: «Hice muy buenas amistades». Carmen, Reyes y Mari Jose se despiden con la confianza de volver a verse el día 15, ya como adjudicatarias de un toldo en La Zurriola. No se intercambian los teléfonos, en la playa no se necesitan.

Asun. Otra época

«Las hermanas Goyanes, Alfredo Landa...»

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