Una bonita fiesta

EMECÉ

Siempre es un puro gozo el disfrutar de la puesta en escena de esta ópera donizettiana, con libreto de Felice Romani, escrito sobre la obra 'Le Philtre' de Eugene Scribe. Música inspiradísima, con melodías que han traspasado la barrera de los años sin perder frescura alguna, un argumento cómodo de digerir, un número reducido de personajes, lo que aligera el barullo escénico, y la necesidad de dos cantantes de primera línea, como fue en esta ocasión para los dos personajes principales: el bobalicón Nemorino y la bien acomodada Adina.

Todos esos componentes se dieron, y más, en la representación que aquí se valora, de ahí que el título de esta crítica sea una válida definición. Empezando por la puesta en escena, bien puede decirse que la concepción de Mario Gas es atractiva, ubicada en los primeros años del fascio italiano, pero sin apenas hacer hincapié en dicho predicamento ideológico, salvo la uniformidad de los soldados y la del sargento Belcore. Un vestuario muy de la época y una iluminación correcta. Dado que la decoración es única para toda la obra bien puede decirse que el costo de esta producción está en unos límites aceptables dentro del estado general de crisis, extremo que honra a la política presupuestaria de la Abao.

Celso Albelo es una joven promesa -ya de consolidado recorrido- que le va que ni pintiparado su personaje de Nemorino. Fue brillante y emotiva su 'Furtiva lacrima', que cantó con gusto y cuidando mucho el pasaje de voz. Mariola Cantarero, con ostensible pérdida de peso, hizo una Adina deliciosa, dejando ver la muy alta bondad del color de su voz.

Correctos y a buen nivel de Simone como Dulcamara, Salsi como Belcore con buenas dotes histriónicas y de Unda en su cometido correcto pero efectivo de Gianetta. El coro tuvo una general intervención meritoria, destacando, en esta ocasión, su falta de estatismos y su movilidad escénica.

La Orquesta Sinfónica de Euskadi puso todo su empeño en hacer una digna labor, pese a las dificultades que para ello le puso la joven batuta y -por lo visto y escuchado- un tanto inexperta del debutante José Miguel Pérez Sierra, que en varias ocasiones desnudó al orgánico orquestal en la concertación, moviendo los tiempos a base de arreones en momentos muy sensibles de la obra.

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