«La calle es mía»

Los sangrientos sucesos de 1976 en Vitoria y Montejurra marcaron la biografía de Fraga, azote del nacionalismo vasco

PEDRO ONTOSO
«La calle es mía»

Si en algún escenario la frase de Manuel Fraga «la calle es mía» -que él nunca ha patentado como suya- cobraba mayor sentido era, sin duda, en el País Vasco, donde la efervescencia política y laboral caracterizó los últimos años del franquismo y los primeros balbuceos de la Transición, y donde el terrorismo de ETA acumulaba ya más de 20 años de dolor y sufrimiento. Como ministro de Gobernación hizo suyo el lema de «mando y orden» durante su gestión, en la que sobresalen dos episodios que han marcado su biografía para siempre, sobre todo, en Euskadi, donde se ha gritado con más fuerza aquello de 'Fraga, el pueblo no te traga'. Los sucesos de Vitoria del 3 de marzo de 1976, en los que murieron cinco personas bajo fuego policial, y los de Montejurra, en los que dos personas fueron asesinadas por la ultraderecha, han marcado su perfil como 'ministro de la porra' en la memoria selectiva de muchos vascos.

Para entonces, Fraga era ya una persona 'non grata' por su pasado como ministro de Franco, en un territorio que había perdido la guerra. Su regreso a España desde la embajada de Londres como el 'mirlo blanco' de la derecha que recibe a la oposición democrática y se deja querer como escriba de la necrológica del régimen, en Euskadi pasa más desapercibido. La diabólica ecuación acción-represión que propicia la actividad de ETA encuentra acomodo en una parte de la sociedad vasca, ansiosa por romper amarras con cuarenta años de dictadura. Son tiempos de sangre y de estados de excepción. En diciembre de 1973 un comando de ETA había asesinado con 80 kilos de goma-2 al almirante Carrero Blanco, lo que obligó a Franco a cambiar sus planes políticos.

En 1974 hay una veintena de víctimas mortales por el terrorismo. El régimen endurece la legislación antiterrorista y establece la pena de muerte para asesinos de las fuerzas de seguridad. El 2 de marzo se aplica el garrote vil al anarquista catalán Salvador Puig Antich. El 27 de septiembre son ejecutados cuatro miembro de ETA y uno del FRAP. El 1 de octubre los Grapo firman su primer atentado sangriento y asesinan a tres policías en Madrid. En 1975 se contabilizan 36 muertos por la violencia de ETA. En ese periodo también mueren etarras en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad y se suceden las detenciones. El denominado 'espíritu del 12 de febrero', el discurso del presidente Arias Navarro, se diluye. Reformistas e inmovilistas libran su batalla particular para hacerse con la herencia de Franco, que muere el 20 de noviembre de 1975.

El nuevo Gobierno de Arias Navarro incorpora a Fraga con la misión de mantener el orden en el país al frente del Ministerio de la Gobernación, en el que actuó algo más de medio año con mano dura. «Fueron los peores siete meses de mi vida», confesaría tiempo después sobre su gestión, también como vicepresidente de Interior, al que se pedía muestras de firmeza y de escarmiento. Uno de los sucesos más dramáticos se produjo el 3 de marzo en Vitoria, cuando agentes de la Policía Armada -los 'grises'- reprimieron un encierro de trabajadores en huelga en la iglesia de San Francisco, en el barrio de Zaramaga, con gases lacrimógenos y fuego real. En el asalto al templo cinco personas resultaron muertas y hubo decenas de heridos.

Aquella tarde, que ha quedado grabada en la memoria de los alaveses, Fraga estaba en Londres en una campaña diplomática. Días después se presentó en Vitoria para visitar a los heridos y desactivar los efectos de la trágica carga, que alentó la actividad de la oposición democrática con la emblemática canción de Lluis Llach 'Campanades a morts'. Las mujeres de los heridos reclamaban justicia; Fraga, también, pero después de orden y paz. Hace tan solo tres años, declinaba cualquier culpa en aquellos sucesos. «No tuve ninguna responsabilidad en ese asunto. Llegué cuando los hechos ya se habían producido y lo que hice fue ir a arreglarlos. Lo pasé muy mal y me llevé un enorme disgusto. Es un recuerdo malo, terrible», reconoció. La nómina fúnebre se cerró cinco días después: en una manifestación en la localidad vizcaína de Basauri con motivo de una jornada de huelga general para protestar por los sucesos de Zaramaga murió Vicente Antón Ferrero por un disparo de la Guardia Civil.

El 9 de mayo la crónica sangrienta se trasladó a las faldas de Montejurra, monte emblemático para los carlistas, que celebraban en su cima su fiesta anual. Seguidores de Sixto de Borbón, tradicionalista a ultranza, atacaron a partidarios de Carlos Hugo, empeñado en modernizar un movimiento que, tras apoyar a Franco en la contienda civil, inició una ciaboga a posiciones democráticas y de izquierda. Ultraderechistas españoles y mercenarios italianos, argentinos y franceses -alguno de ellos estuvo implicado luego en asesinatos de los GAL- participaron en la operación, que se saldó con la muerte de dos personas por disparos de pistola y ametralladora. Los condenados fueron amnistiados en 1977. También en este caso se relacionó a Fraga con la trama que organizó el ataque, que el entonces ministro de Gobernación calificó de incidentes entre dos facciones. «Fue un enfrentamiento por el carlismo que no tenía sentido. Fue un asunto desagradable. En aquello toreé con los disgustos porque era mi obligación», zanjó.

Contrario al Estatuto

Pero si en cuanto al orden público fue expeditivo y polémico, en la gestión política y el debate ideológico tampoco hiló fino y sí fue muy categórico. Siempre consideró a los nacionalistas traidores a la Constitución, una Carta Magna que ayudó a constituir, pese a su rechazo del Título VIII, el que se refiere a la organización territorial del Estado, como ha recordado ahora el senador del PNV Iñaki Anasagasti, quien ha destacado «el daño que ha hecho al País Vasco». Galleguista 101 por 100, combatió el nacionalismo como amenaza a la unidad de España. Por eso votó en contra del Estatuto de Gernika, lo que el nacionalismo vasco no ha olvidado. «No estamos en el laudatorio de una persona como Manuel Fraga», declaró ayer Iñigo Urkullu.

En efecto, Fraga no escatimó reproches al nacionalismo, sobre todo, al vasco, una posición que estaba en la esencia de su pensamiento, contrario a realizar lo que entendía como concesiones. Con Juan de Ajuriaguerra, figura emblemática de la historia jeltzale, se llevaba bien, pero Xabier Arzalluz le «crispaba». «Se puede ser galleguista sin ser nacionalista, que es una traición a España y la Constitución», solía repetir. A Ibarretxe, al que se negó a recibir en Santiago, también le dedicó algún dardo. «Un hombre que es capaz de plantear una consulta soberanista que ha echado abajo con gran acierto y extraordinaria unanimidad el Tribunal Constitucional, se borra a sí mismo de la lista de políticos serios».

Su discurso sobre ETA era firme, pero, a veces, también contradictorio, como su propia figura. En 2007, en el libro 'Cuerpo a cuerpo' (Aguilar), de María Antonia Iglesias, la periodista le preguntaba por aquella frase suya de que era capaz de acabar con el terrorismo en seis meses. «Habría que dar facilidades para que, cumpliendo el Estado de Derecho, se llegase a un acuerdo. Una vez abandonadas las armas y abandonando todo tipo de violencia, se podría facilitar el acercamiento de presos, la reducción de algunas condenas, la aplicación del código del 93.... Pero siempre partiendo de una rendición clara e incondicional de ETA», contestaba. En otra entrevista reciente agradecía el tributo de Nicolas Sarkozy, con el que ha cambiado completamente la colaboración en la lucha contra ETA. «Están cayendo como moscas», valoraba. El presidente francés recibió ayer en Madrid el Toisón de Oro por ese mismo motivo: «En la batalla contra ETA no existen los Pirineos». Lo mismo que pedía Fraga.

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