Patética Europa

La prepotencia y la arrogancia con que han actuado Merkel y Sarkozy pueden causar a la larga más daño que beneficio haya traído el acuerdo alcanzado

JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

El aislamiento del Reino Unido ha desviado la atención del acuerdo que el pasado viernes alcanzaron los jefes de Estado y Gobierno de la Unión Europea sobre austeridad fiscal en la zona euro. Diríase incluso que el descuelgue de los británicos ha contribuido a dar más valor al pacto alcanzado por los otros veintiséis países, como si éstos se hubieran sentido -¡por fin!- aliviados de ese pesado lastre que los impedía avanzar hacia la meta deseada. Sin embargo, si se analiza el acuerdo y, sobre todo, los caminos que se han seguido para llegar a él, las razones para sentirse aliviados se revelan de mucho menor peso que las que se dan para declararse profundamente preocupados y apesadumbrados.

Dejando de lado los contenidos del acuerdo, sobre cuya eficacia sólo el tiempo y los mercados habrán de juzgar, lo que resulta descorazonador para quienes todavía creen en la bondad de la Unión Europea es la torpeza que estos dos personajes que se han autoproclamado líderes de una 'Europa refundada' -la canciller Merkel y su edecán Sarkozy- han exhibido a lo largo de todo este proceso que dura ya más de dos años. Destacaré sólo dos rasgos de su comportamiento.

Llaman, en primer lugar, la atención la prepotencia y la arrogancia con que ambos han tratado a sus socios, así como a los países que éstos representan. Desde el momento en que se declaró la crisis, en vez de trabajar mediante el diálogo discreto y persuasivo, se han dedicado a lanzar, desde la posición de fuerzas dominantes que nadie les discute, públicas amenazas y perentorios ultimatos con la única finalidad de meter el miedo en el cuerpo de todo el mundo y crear en la población un estado de necesidad que justificaría cualquier decisión que ellos impusieran como acertada. Si terror era lo que querían causar con frases como «el euro explota», «la Unión se diluye», «la última oportunidad» o «ahora o nunca», ha de confesarse que lo han logrado, pues, en verdad, no hay nadie que no se sienta acojonado. Sólo desde el miedo, en efecto, y hasta desde la angustia, puede entenderse, por ejemplo, que países de tradición democrática hayan aceptado sin rechistar el derrocamiento de sus gobiernos, pese a no recibir de quienes lo han provocado otra explicación que la inevitabilidad de hacer lo que el 'diktat' franco-alemán, junto con los mercados, exigía.

Por otra parte, no han tenido el más mínimo recato, a estos autoproclamados líderes de la nueva Europa me refiero, en ningunear y hasta humillar a las instituciones de la Unión. Hoy es el día en que los medios de comunicación no acaban de aclararse, a la hora de transmitir una determinada noticia, en qué sede se toman las decisiones o a quién representan realmente, si a la Unión en su conjunto o a los Estados miembro por separado, las incontables cumbres que vienen celebrándose. Y no vale siquiera de mala disculpa apelar a las anodinas personalidades de los actuales presidentes de la Comisión y del Consejo Europeos, pues fueron aquellos autoproclamados líderes los que impusieron en su día su elección con el fin precisamente de poder ahora anularlos en sus funciones por el mangoneo que sobre ellos se dedican a ejercer.

La prepotencia arrogante, de un lado, y el humillante ninguneo, de otro, van a causar, en el largo plazo, mucho más daño que beneficio haya podido propiciar, en el corto, el acuerdo que se acaba de alcanzar. A causa de ese continuo ninguneo, las instituciones de la Unión han quedado seriamente tocadas tanto en su objetividad como en la imagen que de ellas se ha formado la población como de organismos incapaces de resolver los problemas que la crisis ha planteado. Si su prestigio no era ya muy alto antes de que ésta se presentara, el golpe que ahora han recibido, por la falta de tacto y el desprecio a las formas que han mostrado los líderes antes citados, puede tener consecuencias desastrosas.

Y en cuanto a la arrogancia y la prepotencia exhibidas, nada sino resentimiento puede esperarse de ellas por parte de quienes las han sufrido. Helmut Schmidt se ha dado perfecta cuenta de ello en lo que se refiere a Alemania, y de sus consecuencias le puso el otro día sobre aviso a Angela Merkel, recordándole con cuánto tacto tiene que proceder su país en los asuntos europeos a causa de las deudas de solidaridad que aún le quedan por saldar con casi todos los miembros de la Unión.

No parece, sin embargo, que la destinataria de esta advertencia sea capaz de hacerse cargo de todo su sentido. Criada y educada en un país, la extinta República Democrática Alemana, que se sacudió sus deudas históricas sin autocrítica ni catarsis, como si la mera pertenencia al bloque comunista se las hubiera liquidado de raíz, no da signos de haber percibido que el suelo que pisa es en extremo frágil y puede un día hundírsele bajo sus pies. Porque no es precisamente arrogancia o prepotencia lo que sus socios esperan de Alemania, sino el espíritu europeísta y la solidaridad activa que sus líderes de la posguerra, desde Adenauer hasta Schröder, pasando por Ludwig Erhard, Willy Brandt, Helmut Schmidt y Helmut Kohl, han hecho gala de poseer y se han enorgullecido de ejercitar. No estaría mal que la nueva canciller aprendiera de su ejemplo y cuidara un poco más, cuando menos, las formas.