El marqués que dedicó su vida a la fotografía

1956 Cuando «no se conocía en España la película» empezó a sacar fotos el marqués de Santa María del Villar

MIKEL G. GURPEGUI
Diego de Quiroga y Losada, durante una entrevista. ::
                             KUTXA FOTOTEKA/
Diego de Quiroga y Losada, durante una entrevista. :: KUTXA FOTOTEKA

Tiene usted unos momentos para hablar de fotos? -preguntamos al marqués de Santa María del Villar.

- Para hablar de fotografías y de caza, mis dos grandes aficiones, siempre tengo tiempo».

Así comenzaba la entrevista que el 9 de diciembre de 1956 publicó nuestro periódico con Diego de Quiroga y Losada (Madrid, 1880 - San Sebastián, 1976), más conocido por su título de marqués de Santa María del Villar. El marqués era una fanático de la fotografía como documento con valor histórico y etnográfico. Visitante asiduo a nuestra ciudad, recorrió buena parte de la geografía española a pie, en bicicleta, en moto o en automóvil. Durante tres primaveras recorrió para fotografiarlos todos los monasterios cistercienses de España. Especialmente intensa y minuciosa fue su colección de fotografías tomadas en tierras navarras, posteriormente adquirida por el Archivo General de Navarra.

En la entrevista que publicó DV hace 55 años, el marqués de Santa María del Villar evocaba los inicios del arte fotográfico que él vivió: «Mire usted, cuando yo comencé a hacer fotografías no se conocía eso de los laboratorios para aficionados, ni hacer trabajos para éstos. Todo nos lo teníamos que hacer nosotros, desde cargar en el cuarto oscuro las placas de cristal, porque no se conocía en España la película, a impresionarlas, revelarlas, secarlas y luego hacer las pruebas en papel, que las hacíamos impresionándolas a la luz del día, en papeles citrato y que luego, tras unos lavados, los virofijábamos, se lavaban y a secar».

La prehistoria de la técnica fotográfica, vamos. «Después vinieron los papeles bromuro, por contacto a la luz artificial y las ampliadoras a la luz del día, unos conos que se ponían al negativo en la parte superior delante del objetivo, y en el fondo se colocaba el papel. Se sacaba este artefacto a la luz del día, no al sol, se tenía X tiempo, según la intensidad del negativo, y a revelar el papel, lavarlo, fijarlo y colgarlo a secar. Esto era muy divertido y cuando aparecieron las ampliaciones de luz artificial, con arco voltaico, o con lámparas de petróleo, la diversión era mucho mayor».

Una caja con todo

Recordaba entonces Diego de Quiroga y Losada que su primera cámara fue «una caja que llamaban vedemécum, que tenía de todo: aparato, cubetas, una caja de placas, etc. etc., pero todo tan malo que nos la cambiaron por una máquina seria El vademécum me lo había regalado una parienta nuestra, tía mía, que pasaba grandes temporadas en San Sebastián y tuvo fincas en Hernani».

En DV le preguntaban cuánto dinero habría gastado en su afición. Contestaba el marqués: «No lo puedo decir. Además, no quiero que me llamen loco. Lo que siento es la pérdida de los 76.000 negativos que me destruyeron los rojos», y que valoraba en siete millones y medio de pesetas.

¿Cuántos negativos tendrá usted ahora? «Pocos. Alrededor de los veinte mil», respondía el marqués de Santa María del Villar, quien probablemente hubiera sido feliz con las posibilidades de la actual fotografía digital.