Modelo PNV

La dirección jeltzale viene elaborando una propuesta electoral que busca enfrentarse con la izquierda abertzale en el terreno del 'nacionalismo utilitario'

JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

Cuando en mayo de 2009, a raíz del acuerdo postelectoral entre socialistas y populares, el PNV quedó excluido, por primera vez en los últimos treinta años de vida democrática, de la gobernación del país, muchos temieron que los nacionalistas se inclinarían por ahondar en la estrategia soberanista iniciada y desarrollada durante los mandatos del lehendakari Juan José Ibarretxe. El temor era fundado. De un lado, el modo en que habían sido desalojados del Gobierno, tras una rotunda victoria en las elecciones, invitaba, aunque sólo fuera por despecho, a la adopción de una política de continuidad y huida hacia adelante. De otro, el éxito electoral que la línea marcada por su candidato acababa de alcanzar, tanto en número de votos y escaños como en la absorción de todos aquellos electores aledaños que la habían avalado (EA y EB), empujaba en la misma dirección. Finalmente, y por si lo dicho fuera poco, la situación de ilegalidad que por entonces vivía la izquierda abertzale dejaba un vacío electoral que tendía al nacionalismo institucional la trampa de intentar llenarlo con un discurso abiertamente soberanista.

Muy pronto quedó claro, sin embargo, que la dura, por no decir despiadada, oposición que el PNV se disponía a hacer al Ejecutivo vasco y, antes que nada, a la persona de su lehendakari, Patxi López, no iba a ser en absoluto incompatible con una política de moderación doctrinal y de responsabilidad institucional. El «gobernaremos desde la oposición», pronunciado por los jeltzales el día en que quedaron desalojados del poder, se impuso a la política de tierra quemada que hizo temer en un principio aquella otra calificación de «golpe institucional» con que, por el mismo tiempo, definieron la alianza entre PSE y PP. Los nacionalistas empezaron muy pronto a mover todas las piezas que aún les quedaban a su disposición -diputaciones y grupos parlamentarios en Vitoria-Gasteiz y, sobre todo, en Madrid- para demostrar que su objetivo no pasaba en modo alguno por desgañitarse en estériles proclamas soberanistas, sino por dejar constancia de su relevancia política y hacer valer su influencia tanto en el ámbito vasco como en el español.

La coyuntura política y económica no sólo les favoreció a la hora de hacer esta estrategia asumible a un electorado en extremo enrabietado, sino que apenas les dejó margen de elección. La crisis estaba ya instalada con alarmante fuerza en el país y el Gobierno de Zapatero daba muestras de una debilidad inquietante. El PNV vio en esas dos circunstancias la oportunidad de reponerse del varapalo sufrido en Euskadi. De un lado, aprovecharía la extrema precariedad del Gobierno central para obtener, a cambio de su apoyo, los máximos beneficios para el País Vasco en términos de transferencias tanto económicas como estatutarias. Y, de otro, mostraría a la opinión pública vasca y española su rostro más responsable en un momento de máxima incertidumbre social. Para colmo, y como de rebote, saldría de la difícil situación en que él mismo se hallaba afianzado en el centrismo y moderantismo al que aspiraba regresar.

Porque, si bien es verdad que la coyuntura le fue favorable y apenas le dejó opción alternativa, no puede dejar de reconocerse que la reubicación en la centralidad que ha logrado el PNV desde su desalojo del poder es, sobre todo, el resultado de una estrategia deliberada de su liderazgo. La nueva dirección surgida en 2008, tras la renuncia de Josu Jon Imaz a competir de nuevo por la presidencia, era consciente de que los buenos resultados electorales de marzo de 2009 tenían mucho de coyuntural y que la ausencia de la izquierda abertzale de la contienda constituía una anomalía que más pronto que tarde sería corregida. La insistencia en políticas soberanistas llevaba, de otro lado, al aislamiento o, cuando menos, estrechaba muy seriamente el margen de maniobra política. La opción de volver a posicionar el partido en los términos en los que lo había intentado sin éxito el anterior presidente del EBB era, sin lugar a dudas, la mejor ahora que la gran referencia soberanista, el que acababa de presentarse como candidato a lehendakari, la hacía posible con su retirada de la escena política.

Con vista al futuro más inmediato, esta opción está comenzando a consolidarse dentro del partido bajo el nombre aún tentativo y no del todo consagrado de «modelo PNV». Pero lo que es todavía un eslogan irá sin duda llenándose de contenido político de aquí a las elecciones autonómicas y profundizando en lo que ya anticipaba aquella otra ponencia un tanto fallida que los jeltzales denominaron 'Ados'. Ya es claro, de momento, que la opción ha renunciado a competir con la izquierda abertzale, una vez desaparecida la violencia, en el terreno del soberanismo puro y duro, y que se inclina, a cambio, por confrontarse con él en el que podría definirse como del 'nacionalismo utilitario'. La idea de 'construcción social' irá prevaleciendo, en consecuencia, sobre la de 'construcción nacional'.

Como está viéndose estos días, la nueva orientación encuentra resistencias territoriales, fuertes en Gipuzkoa y residuales en Álava. Pero, en ambos casos, los que se atrincheran en ellas se enfrentan a la enorme desventaja de no poder presentar una cuenta de resultados electorales tan brillante como la de Bizkaia. En cualquier caso, mientras no se sepa el resultado de los próximos comicios autonómicos, no se sabrá tampoco cuál será la opción que prevalezca en el PNV para los próximos años.